11.5.10

Espejos

Hay gente que tiene facilidad para definirse. Se miran al espejo y reconocen, de inmediato, su identidad. A veces esa identidad ni siquiera existe, pero ellos se otorgan el estatus que más les conviene desde una certeza inaudita. Y se denominan pintores, o poetas, o novelistas, o diseñadores, o -cuando el ego excede la prudencia- artistas en el sentido más amplio y polifacético de la palabra.

A veces me gustaría preguntarle a esos seres autoconvencidos de su yo dónde compran los espejos en los que se observan, porque quizá todo sea una simple cuestión física y no una enrevesada cuestión psicológica. Quizá lo que yo necesito es un cristal semejante al suyo, uno en el que dibujar mi reflejo lejos de las dudas y las sombras que me atenazan cada vez que me siento frente a las teclas de mi ordenador con el propósito de escribir algo. Lo que sea. Esas mismas dudas que me surgen cuando afronto una clase -da igual las que haya habido antes- y me pregunto si lo que digo es correcto o pertinente, si lo que aporto es necesario o motivador, si lo que cuento es válido o mínimamente inteligente. Si tuviera un espejo más firme -o más opaco, no lo sé- puede que no hubiese interrogante alguno que cerrar, sino tan solo un sinfín de oraciones atributivas entre admiraciones (¡soy...!, ¡soy...!) con adjetivos o sustantivos contundentes en vez de titubeantes puntos suspensivos.

Esos puntos se me antojan más incómodos -y visibles- en ocasiones como este jueves, en el que me han convocado para dar una charla sobre mi obra literaria (la cursiva permite, al menos, desrealizarlo un poco) en un acto de la Feria del Libro de Alcorcón. Seremos cinco autores locales y cada uno de nosotros presentará, además, una de sus obras. En mi caso, y mientras espero a la publicación en enero de La edad de la ira, presentaré oficialmente la edición de El sexo que sucede, uno de los textos con los que más me identifico y donde más veo reflejadas muchas de mis obsesiones como -cursiva, please- autor.

Y ahí, justo en ese momento, surge la necesidad del espejo: en la palabra (siempre cursiva) autor. O en la convocatoria en sí del propio acto. Porque no puedo evitar preguntarme si realmente tengo que estar allí. Si hay algo que yo pueda contar. Si en el fondo no es más que otro espejo en el que se reflejará un yo que tal vez no es real. Un yo que todavía -siempre- se sigue construyendo. Quizá todo eso se intensifique justo ahora que se aproxima un nuevo estreno. Tan solo un mes antes de que Tour de force -un más díficil todavía- salte al escenario y se enfrente al público. Puede que la suma de tanto evento -incluso cuando son positivos- haga que mi inseguridad se retroalimente y magnifique. O puede que, simplemente, todo eso no sea más que un catalizador de una inseguridad constante que solo, a ratos y en contadas ocasiones, se disipa.

Así que, mientras espero que alguien me haga llegar un buen stock de espejos autoafirmantes y narcisistas, espero a que llegue este jueves para hablar de por qué escribo, o de cómo lo hago, o de qué intento contar en esas piezas teatrales. En esas novelas. Incluso en estos posts. Y, como mi espejo es tan difuso, seguramente no llegue a conclusión alguna en mi charla, pero quizá por eso mismo merezca la pena mirarse en él. Para seguir dibujando los contornos de un futuro en el que la inseguridad evite la duermevela y continúe siendo una fuente de crecimiento personal, aunque -admitámoslo- lleve aparajeda siempre una inevitable dosis de insomnio y de autolesión.

3 comentarios:

Arual dijo...

Mucha suerte!! Ojalá estuviera cerquita para poder venirte a ver, esto de los kilómetros que nos separan es un rollazo...

diva dijo...

La inseguridad es una compañera molesta, incómoda y se te acerca cuando menos te lo esperas. Bueno, los que la sufrimos en silencio :-) sí que sabemos cuándo va a dar el primer golpe. Son ya demasiados años conviviendo con ella... Ahora bien, si eres capaz de que no dilapide tu autoestima más de lo necesario, sí que es verdad que te hace más fuerte y, sobre todo, logra que aprecies más cada pequeño (o gran) triunfo personal. Además, los de los espejos empañados somos mucho más interesantes, dire, dónde va a parar ;-)
1besazo!

3'14 dijo...

Déjate de cursivas.. si tú lo haces, tú eres el autor, el artista, el artesano... llámalo como quieras. La pomposidad de las palabras la marca con la boca con que se pronuncian... si es más grande o pequeña, si se te llena más o menos al hablar... Pero lo que somos simplemente es lo que es. Aquello que hacemos, pero también lo que extrañamente transmitimos aun sin ser en muchas ocasiones, conscientes de ello. En eso eres grande (si necesitas una dosis de adulaciones desinteresadas, que de las vacuas líbrame, para ensanchar tu ego), aunque en mi opinión, no creo que lo necesites, creo que sabes perfectamente quien y como eres, amigo mío. Aunque incluso al ser más seguro de si mismo no le viene mal que le pasen la mano por el lomo de vez en cuando, ¿cierto?

Un beso!
(y una caricia con todo mi cariño)