9.5.10

Un huracán de lava

Ayer se presentó en la inauguración de la Feria del Libro de Alcorcón una obra colectiva en la que diversos artistas plásticos y escritores hemos intentado ofrecer un humilde -pero sentido- homenaje a la figura de Miguel Hernández. En mi caso, mi granito de arena ha sido el artículo que aquí transcribo, en el que trato de recrear desde la pasión -la erudición prefiero dejársela a los expertos en el tema- algunas de las sensaciones -y recuerdos: cuántos poemas suyos leídos en tantos y tan especiales momentos- que me inspira su obra.

Y, por cierto, aunque ya escribiré con más calma sobre eso..., si alguien quiere pasarse este jueves 13 por la Feria, a las 18 h. presentaré en el C.C. Los Pinos mi texto El sexo que sucede, junto con otros cuatro autores locales. De momento, volvamos al gran Miguel Hernández. Hoy, este post, es todo suyo...



«Un huracán de lava»
Se puede escribir poesía desde la técnica. Desde la obsesión por lo métrico y lo retórico. O se puede optar por el clasicismo y dejar que el verso se ahogue en rancias tradiciones. También, cómo no, se puede elegir la transgresión y el afán de ruptura para reinventar algo que, de puro moderno, acabará siendo anodino y olvidable. O, simplemente, se puede vivir la poesía con tanta fuerza que el verso nazca libre y ajeno a toda convención. Un verso abrumado por la música de quien sabe travestir en palabras sus emociones. La rebeldía. El amor. La espera. La ausencia. La muerte. La esperanza. Palabras que se convierten en piel –fuerte y áspera- ante los ojos de un lector sorprendido al comprobar la corporeidad de lo abstracto. La carnalidad –física y exuberante- de unos poemas impregnados de imágenes. De sensaciones. Y de vida.


Tan humanos como el rayo indómito de sus sonetos, los poemas de Miguel Hernández nos convierten en cómplices en su búsqueda del amor, en su experiencia de la tragedia –individual y colectiva-, en su lucha por todo lo que defendió dentro y fuera del verso. Sin embargo, no se trata solo de su coherencia vital, ni de su afán de su superación, ni de sus orígenes humildes. No son estas las únicas razones que lo convierten en un autor excepcional. Todos esos datos podrían haberse quedado en una anécdota curiosa y edificante de la Historia de la Literatura, un episodio pintoresco con el que llenar los libros de texto y aleccionar a nuestros alumnos. Pero nunca fue así, porque más allá de los logros de su propia biografía, se alza una obra poética plena e incomparable. Una obra ecléctica que recoge los hallazgos del 27 y los personaliza hasta conseguir una voz propia de la que nacen algunos de los mejores sonetos en lengua castellana, así como su estremecedor Cancionero y romancero de ausencias.

Ya juegue a ser gongorino, ya neopopularista, su poesía está siempre llena de vehemencia, de la pasión desgarradora de quien no sabe escribir sin mancharse las manos, sin dejar en cada palabra huellas y jirones de sí mismo. E igual que su rayo, atados y sujetos por cadenas de tiempo y de olvido, también nosotros intentamos romperlas con la misma fuerza con la que su verso llega hasta nosotros. Un verso carnal y viril donde la rima solo es la consecuencia última de su voluntad de expresarse, no el ornamento inútil del métrico ni el conjuro trillado del mal escritor. En Miguel Hernández la rima golpea nuestras conciencias, nos clava y nos desclava, con el mismo tesón con el que el enamorado persigue –con o sin esperanza- al objeto último de su deseo.

Y tan intensas como la rima, sus metáforas. Sus símiles. Sus gigantescas hipérboles. Quizá por eso su poesía sigue seduciendo a cada generación de nuevos lectores, porque no hay adolescente que no se crea interpelado por sus poemas, que no se sienta rayo enclaustrado, rayo que desea salir y ser visto para escoger –por fin- su identidad. Algo parecido ocurre con quienes volvemos a sus versos. Leyéndolos sentimos cómo pugna por burlar nuestros límites el yo adolescente, el yo inconformista, el yo hiperbólico y apasionado al que hemos silenciado para ¿madurar? El yo que sobrevive debajo de la máscara del tiempo y de lo cotidiano, que se oculta tras el gris de la rutina y de las renuncias. El yo al que la felicidad de lo visible no le resulta suficiente, porque la sabe llena de convenciones y de renuncias, tímido espejismo de esa otra felicidad –esa otra vida- que fluye bulliciosa por debajo del huracán de lava y que nos impulsa a ser más libres. A asumir nuestros miedos. A desterrar la frialdad de los conceptos, para sentir, intensas e ígneas, las palabras.

Tan intensas como cada una de las poesías de Miguel Hernández. Un escritor incomparable más allá de la técnica. Del autodidactismo. De la cárcel y la persecución. Porque todos sus poemas son hijos del aliento y del desconsuelo, del amor y de la muerte, de la piel y de las sábanas de esa casa a la que jamás pudo regresar y que todavía sigue pintada –no vacía- del color de las grandes pasiones y desgracias. Poesía teñida de algo tan excepcional como la vida. La suya. La de todos. La de cualquiera que siga sabiéndose rayo o huracán y encontrando presidios de los que huir. Revoluciones que hacer estallar. Y guerras –las del día a día, las de la justicia, las de la honestidad- en las que, infatigables, batallar.

Fernando J. López

Abril 2010

1 comentario:

Arual dijo...

Qué increíble homenaje a un increíble poeta... lástima que nos dejara tan joven, lo que podría haber producido si hubiese vivido más...