23.6.10

Del cliché deconstruido al cliché previsible

En la primera temporada de Glee, programa revelación del año, conviven -en realidad- dos series diferentes.
Y es que frente a la frescura de los primeros episodios -con su fabuloso desenlace en la competición local- se contrapone una continuación en la que se pierde gran parte de la maldad inicial a favor del almíbar que, hasta entonces, se había contenido. La serie gana en sofisticación formal -especialmente, en su puesta en escena: el vídeo de Vogue es un claro ejemplo- y juega con criterios musicales más o menos logrados, con hallazgos como el episodio centrado en Madonna, el constituido por canciones que contengan la palabra hello o, sobre todo, el que resucita temas con "mala reputación", como el megahit de los por entonces famosos Milli Vanilli. A cambio, rebaja la intensidad de las tramas y, sobre todo, se olvida del humor y de la ironía inteligente que definía a los personajes. Y esto -que conste- lo dice un fanático de Glee, que tiene todas y cada una de sus canciones en el ipod y que es incapaz de coger el coche sin poner el cd de su banda sonora. Pero, por eso mismo, me he quedado con la sensación de que Glee habría sido estupenda si se hubiera acabado en el episodio 13, dedicando mucho más tiempo a elaborar los siguientes guiones, reinventándose, en vez de repitiéndose.

En cuanto a los personajes, la segunda mitad de la serie desaprovecha a Emma -deliciosa en la primera parte de la temporada y casi olvidada en esta-, a Kurt -que se vuelve un adorno en vez de un carácter: qué poco desarrollan sus tramas-, a casi todos los secundarios -salvo Rachel, no sabemos muy bien qué pintan allí- y, para colmo, no saben cómo reubicar a la esposa de Mr. Shue -que sigue estando guapísimo y cantando muy bien, pero que permite mucho más juego dramático-, una zorra astuta y cruel que daba mucho interés -malévolo y cómico- a la función.

Glee funciona porque une la música, el humor, el azúcar -claro que se requiere un happy end, eso no lo discuto- y, a la vez, le da la vuelta al género. Era como Nip Tuck, del mismo creador, donde se empleaba el lujo para hacer la antiserie del glamour desde el glamour mismo. Y así nació Glee, como una gozada para quienes amamos el musical y las series de instituto, pero con el sano proposito de deconstruirlas sin complejos. Sin embargo, sus guiones han acabado muriendo de éxito y cayendo en el tópico, con la única excepción de la fabulosa Sue, que se mantiene fiel a su personaje, si bien se ha echado en falta un mayor antagonismo con su casi homófono Mr. Shue.

Así que, aunque sigo siendo un fan radical de la serie (la veré y la volveré a ver, qué remedio: no tengo voluntad para resistirme a ella), me quedo con las ganas de ver una mayor evolución y confío en que, la segunda temporada, sabrá identificar las flaquezas de este desangelado final -qué pobre el personaje de la madre de Rachel, el noviete de Vocal Adrenaline, etc, etc, etc-, y reconducir Glee al lugar que se merece. El del éxito, sí, pero desde la inteligencia y el cachondeo más sano. Y, cómo no, más adultescente.

2 comentarios:

Arual dijo...

De la segunda parte sólo he visto dos episodios, voy a ritmo Fox, pero desde luego estoy de acuerdo con que la primera parte ha sido fantástica, y sí soy muy muy fan de Glee, como dejé bien claro en un post reciente.

SisterBoy dijo...

Bueno mi comentario se ha ido al cuerno así que digo simplemente que también soy fan y que espero explicar por qué próximamente