28.7.10

Objetivo CAM: destrozar la educación pública

Acabo de regresar de Londres (un viaje magnífico, por cierto) y me encuentro -cómo no- con la polémica sobre la prohibición de las corridas de toros en Cataluña (medida que suscribo plenamente, por cierto). Entretanto, la Comunidad de Madrid sigue destrozando -sin paliativos- la educación pública sin que nadie diga nada al respecto. Para qué polemizar sobre algo tan accesorio como la educación, en realidad.

Así que, aunque a nadie le interese este tema, me he decidido a dejar aquí constancia de algunos atropellos -concretos y tangibles- de la CAM contra la Secundaria y el Bachillerato en los institutos públicos. Entre ellos, podemos mencionar cómo a los profesores -a los que, recordemos, se nos ha recortado el sueldo- se nos amplían las horas de clase semanales así como la ratio de alumnos por aula, medidas ambas que no contribuyen, precisamente, a mejorar la calidad de la enseñanza sino, más bien, a lo contrario. Y no estoy defendiendo al colectivo docente, con el que soy profundamente autocrítico -es más, creo que debería haber muchas más inspecciones y tomarse medidas contra todos los que no desempeñan bien sus funciones-, sino exigiendo unas condiciones mínimamente dignas para que podamos hacerlo adecuadamente. A mí me encanta este trabajo y no me importa dedicarle muchas horas, pero por eso mismo necesito que no sigan empeorando mi situación laboral, salvo que quieran que empiece a improvisar en las clases por falta de tiempo para preparar, planificar y corregir todo cuanto me va a corresponder hacer a mí solo.
Descendiendo a un nivel más concreto aún, en mi caso el año que viene iba a sumar una nueva actividad (voluntaria y no remunerada) a las que ya hago (voluntarias y no remuneradas también: es triste, pero en la enseñanza no se remunera ni un solo extra, salvo correcciones de Selectividad y otras memeces que nada aportan a la formación real de los alumnos de Secundaria y Bachillerato). Tenía pensado sumar a la dirección de la revista del centro -que, como se puede suponer, requiere muchas horas de trabajo y esfuerzo-, la creación de un grupo de teatro del centro, al que dedicaría horas fuera de mi horario lectivo y que tendría, sobre todo, tres objetivos: favorecer el interés por el teatro, dar cabida a los alumnos con inquietudes artísticas y, sobre todo, trabajar a favor de la convivencia y la integración, aspectos que tienen mucho que ver con la dinámica de un grupo teatral. Ahora, al aumentarme las horas, seguramente tenga que preparar -al menos- una materia más, lo cual puede que me disuada de esta actividad extra con la que pretendía cargarme.
Además, como la crisis es una excusa estupenda para desmantelar lo público, se han recortado las plazas y se han prescindido, en muchos centros, de orientadores (esenciales en un sistema como el actual) y profesores de Compensatoria. Estos últimos, para quienes no estén al tanto, se ocupan de alumnos con problemas de aprendizaje a los que, en los centros en los que no estén, se les meterá sin cortapisas en el llamado grupo de referencia, de modo que su integración consistirá, básicamente, en resistir y en hacer lo que puedan por adverso que les resulte el ambiente y el aula.

Por otro lado, se ha dado la orden de no autorizar ni una sola comisión de servicios que se hubiera solicitado por primera vez -es decir: se ha denegado dar solución a cualquier necesidad que pudiera haber surgido para el siguiente curso- y tampoco se disponen de plazas suficientes para el acto de adjudicación que tendrá lugar mañana entre aquellos candidatos que hayan aprobado las oposiciones este año. Es decir, hay más aprobados que puestos de trabajo, gracias a los recortes brutales con que ha tenido a bien ahorrarnos la DAT.

Volviendo a descender a lo concreto, gracias a estos recortes salvajes, una de mis amigas y compañeras ha visto cómo no le renovaban su comisión -basada en la creación de una Ecoescuela- por motivos grises, administrativos y burocráticos. Su proyecto, por cierto, consistió en involucrar a toda la comunidad educativa en actividades de protección y cuidado del medioambiente, lo que no solo ha redundado en un beneficio de la conciencia ecológica de nuestros alumnos sino que, sobre todo, ha creado y favorecido un clima de trabajo y colaboración sorprendente entre todos ellos. Si al final no renuevan su comisión no solo habrán perjudicado a una profesional excelente, sino que habrán desmantelado una iniciativa que funcionaba y que permitía motivar a muchos chicos y chicas del instituto, interesados por algo tan esencial y prioritario como la defensa de nuestro entorno.

Luego, en cuanto empiece el curso, empezarán los exámenes de la CAM, con los que solo buscan titulares sensacionalistas en los que se deje constancia de lo mal preparados que están nuestros alumnos. Nos dirán que estamos a la cola de Europa y todo el mundo se llevará las manos a la cabeza por ello. Entretanto, alguien en la CAM se frotará las manos y se reirá con gusto, al comprobar que sus medidas -siempre contra la calidad de la enseñanza- están obteniendo sus frutos. Y, mientras ellos se ríen, los profesores que sí que creemos en esto -y que, sobre todo, creemos en nuestros alumnos- seguiremos enfrentando gigantes y molinos de viento aunque a nadie le interese este tema. Estarán demasiado ocupados, supongo, debatiendo sobre toros, embarazos de actrices y otros asuntos de profundo calado social.

Lo siento, pero jamás habrá calidad de enseñanza mientras no se invierta -de verdad- en educación. Así de simple. Y ahora, debatan y toreen cuanto quieran, pues está visto que en este país, salvo el folklore y el fútbol (qué hartazgo, por cierto), no nos interesa lo más mínimo todo lo demás.

19.7.10

Del sentimiento ¿colectivo?

Hace solo una semana el triunfo español en el Mundial -lo siento, pero llamar a la selección la Roja me parece un insulto a una gran parte de la Historia reciente de este país- desataba una ola de buenrollismo patrio y de supuesta exaltación de valores como el trabajo en equipo, el esfuerzo colectivo o el compañerismo. Los medios de comunicación se lanzaron a la demagogia de extrapolar el éxito deportivo a la vida cotidiana y confundieron fútbol con crisis y goles con mejoras socioeconómicas.

Lamentablemente, esa euforia ya ha remitido y poco queda de ese canto a la colectividad que parecía que reinaba en la macrofiesta de Príncipe Pío. Ahora, volvemos a la realidad de un país en el que cada cual vela por su propio interés y antepone el yo a eso que se llamaba bien común y de lo que, admitámoslo, no queda ni rastro.

Como funcionario, no puedo decir que me haga feliz el recorte de mi salario, pero en su momento decidí no hacer huelga porque me pareció sensato dar ese porcentaje si con ello se ayudaba a estabilizar al país en un momento realmente grave. Sí hubiera agradecido que alguien nos asegurase a los funcionarios que, cuando se acabaran las vacas flacas, se nos repondría esa pérdida en nuestro nivel de vida, algo que jamás se produjo. Lo que me indignó de esa huelga, sin embargo, fueron dos posturas muy bien diferenciadas: las de aquellos trabajadores públicos que, tras protestar durante semanas contra la medida, luego se negaron a la huelga para que no les quitaran el día de sueldo (toma ya coherencia) y los que, en vez de mostrarnos solidaridad o comprensión, se alegraron de la bajada a los funcionarios, llenando los periódicos con artículos de opinión incendiarios donde se leía un "os lo merecéis" que clamaba al cielo. Claro que los funcionarios no nos quedamos atrás y, en vez de levantar una voz común, nos dividimos en subgrupos afirmando que no todos somos vagos y salvando a unos colectivos frente a otros. Pues me temo que hay vagos en lo público y en lo privado. En todas partes. E ineptos. E incompetentes. Así de fácil... Por otra parte, ahora que vivo otra vez el trámite de las oposiciones a través de algunas de mis mejores amigas, me parece que ese paso -y ese enorme esfuerzo: ¿todo el mundo se cree capaz de afrontarlo?- merecen ciertas ventajas a cambio. Y si no, prueben a opositar y luego me cuentan.

Pero el despropósito no acaba aquí, porque en una revancha (injustificada) ahora escucho de boca de más de un funcionario que no secundará la huelga general de septiembre para vengarse de los que no nos apoyaron antes. Y de nuevo, no juzgo el hecho de hacer o no la huelga (faltaría más: yo mismo tampoco lo tengo claro todavía, tengo que meditarlo), sino la motivación que justifica una decisión tan seria como esa. Una muestra más de que nos faltan décadas de cultura democrática y de que, mientras que sigamos siendo tan palurdos y tan cortos de vista, poco se puede hacer.

Entretanto, y haciendo gala de ese maravilloso sentimiento colectivo postmundialista, los controladores aéreos han hecho otra de sus cobardes huelgas encubiertas. Ellos, a pesar de sus elevados sueldos, no pierden ni un día de su retribución (hacer una huelga en serio va contra su acendrado sentido de la usura), así que se piden bajas en masa (¿nadie inspecciona eso?) y fastidian las salidas vacacionales de otros tantos curritos que han de esperar a que alguien se digne a subirles, por fin, a su avión.

Y ya puestos, hacemos también una huelga salvaje de metro -sin servicios mínimos- para colapsar Madrid y obtenemos, a cambio, una rebaja del 1% en el sueldo, frente al 5% de los demás. ¿Que estamos en crisis? Pues nada, que se jodan, debieron pensar los sufridos metrofuncionarios. Pero aquí ni se renuncia a una huelga brutal ni se negocia nada, que le quiten el dinero a los demás, por supuesto. La crisis, que nos la arreglen otros. Eso sí, luego nos llevaremos las manos a la cabeza cuando en la telebasura se acuse a quien sea del más mínimo escándalo, como si nosotros fuéramos ejemplos de civismo y compromiso social.

Quizá por eso me cabrea tanto esta ola buenrollista que nos invade desde el domingo de la final (y no por el triunfo deportivo que, por si hay alguna duda, también vi e incluso celebré). Lo que me enerva es que todo eso no es más que una máscara del egoísmo más puro que recuerdo haber visto en mucho tiempo. Un egoísmo que tratamos de maquillar con el beso de Iker o el gol de Iniesta. Puede que cuando dejemos que el fútbol sea solo fútbol, nos preocupemos de cuestiones algo menos trascendentes que darle a un balón pero -quién sabe- tal vez de cierta importancia..., como la política, la economía o los deberes individuales. Esos deberes que todos olvidamos -qué fácil es no arrimar el hombro- pero que forma parte de eso que los griegos llamaron democracia y que nosotros hemos convertido en un triste sálvese quien pueda.

7.7.10

En construcción

Todo comienza con una comida. Un japonés a las tres de la tarde. Pero las tres se me hacen las cuatro, porque el tiempo –últimamente- se niega a estar bajo mi control. Así que aparezco tarde. Estresado. Con la sensación de que el reloj siempre acaba venciéndome. Me relajo. Me río. El día mejora. Me dejo llevar por la conversación y por las risas. Por las confidencias y por la complicidad. Hasta le doy la vuelta a mi reloj. O no del todo. A las ocho he de estar en otro lugar. En otra parte.

Esta vez llego bien –sin excesos, pero casi puntual. La plaza de Chueca está tan llena como cada verano. Espero a que lleguen dos buenas amigas. Aparecen pronto, así que no me da demasiado tiempo a fijarme en el paisaje humano que me rodea. Tipos con los que, salvo excepciones, cada vez me identifico menos. Demasiado cliché. Y demasiado catálogo. Me agota la uniformidad. Me distancio del espacio y me centro en la conversación. La disfruto (otra vez, el reloj bocabajo). La tarde se sigue prolongando. Se hacen las diez. Las once. Así hasta que a las doce y media –la una menos cuarto- nos despedimos. Y allí, en plena Hortaleza, comienzo a andar.

La ciudad está llena de taxis, pero no me apetece subirme a ninguno. Hace calor, ese calor sofocante del que todos se quejan y que a mí me entusiasma. No soporto el frío. Ni el invierno. Y este último fue tan duro como para no recibir con euforia un verano como este. Así que camino con el ipod a todo volumen. El búho hasta mi casa ya pasó. El siguiente, en casi media hora. Una excusa perfecta para seguir andando. No vivo tan lejos. Tan solo será un rato a buen paso, escuchando éxitos desfasados del pop de los noventa. Es extraña esta vacuna acústica pronostalgia. Recordar cómo fuimos hace no tanto. Cómo éramos cuando todo parecía mucho más fácil. Me sienta bien (o no, qué más da). Me ayuda a pensar, o a no hacerlo, no sé. A unir ideas –confusas y erráticas- después de unos meses intensos. Agotadores.

Me gusta caminar con mis sandalias nuevas –pensar en que fueron un regalo reciente, un guiño de la única persona que sabe anticiparse a mis subidas y mis bajadas de ánimo, incluso antes de que yo mismo me encuentre en una de ellas. Me gusta sentirlo hoy también junto a mí, caminando a mi lado esta noche, con su voz adormilada –cómo me gusta escuchar ese tono tan suyo, tan tierno- al otro lado del teléfono. No han sido meses fáciles tampoco para él, animándome y soportando mi estrés, mis nervios, mi cansancio, mis cambios de humor, mi ansiedad. Y, cómo no, la ausencia de Verdi. La buscaré en cuanto llegue a casa -me pasa siempre- y me derrumbaré de nuevo cuando descubra que hoy tampoco está.

Sigo caminando como si no estuviera cansado, como si me encontrara a punto de llegar a mi destino. La Gran Vía, a estas horas, es un extraño mosaico. Un carnaval pintoresco donde nada es lo que parece. Un par de adolescentes en bicicleta. Un ejecutivo sospechosamente bebido con una mujer sospechosamente desvestida. Unos cuantos saldos del gay pride que siguen con sus indelebles camisetas de tirantes. Un par de señoras bien pensantes que me miran con cierto desagrado (¿por qué los homófobos tienen un radar tan infalible?). Un chico que aprieta a su novia contra un portal. Un par de hippies con interminables trenzas e inexplicables mocasines negros. Y más de un banco habitado por la cara terrible –y directa- de esto que llamamos capitalismo y que no es más que un eufemismo para miseria. Para desigualdad. Para fracaso. Conforme llego a la plaza de España me voy encontrando con menos transeúntes. Tan solo algunos grupos de guiris muy jóvenes –universitarios y erasmus, supongo- que corren hacia ningún lugar. O hacia todos ellos, qué se yo.

En mi cabeza, siguen los pensamientos de estos meses. El cansancio. La apuesta hecha –a base de horas de insomnio- por el trabajo. Por la escritura. Por el teatro. Los meses de ensayos contrarreloj. La satisfacción de lo conseguido y, cómo no, la inseguridad eterna ante todo y ante todos. No sé cómo, pero justo el año que más metas se han ido sumando, ha sido también el momento en el que más frágil me he sentido. Más vulnerable. Sin espejos que me devolvieran una imagen clara. Definida. Una imagen que me diese cierta seguridad cuando, entre tanta duda, siento que el suelo se abre bajo mis pies.

Y quizá es el vértigo de mi trabajo docente, la eterna pregunta de si dar clase merece la pena, de si aporto algo en esas aulas, de si realmente transmito lo que debería transmitir o si mis métodos –y mis ideas- son válidas y necesarias. O quizá es la angustia del estreno, de los nervios de cada función, de ese despiadado duende del teatro que me hace sentir tan minúsculo en tantas ocasiones. O quizá es la novela, a la que solo le faltan unos meses para llegar a las librerías y hacerme un poquito más transparente, o el hecho de firmar mañana mismo un nuevo contrato como autor –debo aprender a reconocerme en el yo que se va construyendo este año-, o quizá es que mi inseguridad ataca cuando más creo –sea lo que sea- y, por tanto, cuando más me desnudo.

¿El precio de la creación? La locura. La depresión. La ciclotimia. Algo así escribí hace no mucho. Algo así siento. Los vaivenes emocionales de un año en el que todo ha sido vehemente. Todo visceral. Con grandes picos. Altos. Bajos. Y con grandes viajes en esos altos. Me evado un minuto a Nueva York mientras paso por delante de mi antigua autoescuela. Otro pequeño gran trauma superado, sonrío, y pienso en el mini –british green fue mi elección- que ahora saco a menudo para ir a ensayar. O para ir a casa de mi familia. No me gusta conducir, lo admito, pero al menos también vencí ese miedo. Ahora me quedan otros. Menos superficiales. O menos evidentes. Por eso me siento al llegar a casa, aunque esté cansado y, tras ver un capítulo más de The wire (¿por qué esta segunda temporada me enamoran tanto parte de sus personajes y me espantan y aburren tan profundamente otros?), escribo esto.

Esto son los taxis que, mientras yo caminaba frente a la entonces desierta plaza de los cubos, seguían pasando con sus estridentes luces verdes, esas que nunca se encuentran cuando uno sale ebrio de noche y de alcohol. O los bancos que sirven de hogar improvisado a quienes los habitantes de esta ciudad ya apenas vemos (tenemos la mirada demasiado resistente al horror cotidiano). O los grupos de amigos impares –tres, cinco, siete- donde se vislumbran una, dos o hasta tres parejas más un ex amigo despechado al final de la noche. Y pienso en esto mientras intento disfrutar del paseo, respirar, mirarme las sandalias –preciosas, color tabaco, de estilo romano- intentando evitar las líneas que unen las baldosas, pisando de lleno en cada rectángulo sin rozar los bordes, como cuando era un niño. Debe ser una versión madrileña de Wicked. O del Mago de Oz. O de cualquiera de esas mitologías cuentísticas que, como la de Peter Pan, siempre llevo conmigo.

Lejos, mientras escribo esto, se escucha el mar. Intenso y profundo. Ya casi inminente. El mar donde desembocaremos en breve y en el que espero dejar temores, inseguridades y fantasmas. El mar donde confío en poder ver ese yo que estoy construyendo –que siento que se ha definido un poquito más a lo largo de estos meses- y que, como en todo crecimiento, siempre provoca vértigo. El de no reconocerse o el de tener miedo a reconocerse en una silueta equivocada. Quizá es que estoy cruzando el espejo y me da pavor saber qué es lo que hay al otro lado. O quizá hace unos meses que estoy en ese lado y todavía no me he atrevido a abrir los ojos. Seguramente de lo que se trata, una vez más, es de mi manía a evitar decepciones poniéndome zancadillas que me eviten caer en la ilusión. Así es más sencillo. Si uno pisa con saña las líneas entre las baldosas se encarga de estropear la esperanza de que su juego pueda terminar bien. Y tal vez llevo unas semanas pisando encima de esas líneas. Saboteándome. Tal vez solo me hacían falta las sandalias adecuadas. El mar preciso. Y la voz adormilada y suave al otro lado del móvil. Tal vez por eso esta noche, aunque siga sin verme bien en los espejos, sé que voy a dormir mucho mejor. Porque en mis sueños aparecerá el mar. Las calles céntricas de Madrid. Y el skyline, urbano y eterno, de nuestro Nueva York.