19.7.10

Del sentimiento ¿colectivo?

Hace solo una semana el triunfo español en el Mundial -lo siento, pero llamar a la selección la Roja me parece un insulto a una gran parte de la Historia reciente de este país- desataba una ola de buenrollismo patrio y de supuesta exaltación de valores como el trabajo en equipo, el esfuerzo colectivo o el compañerismo. Los medios de comunicación se lanzaron a la demagogia de extrapolar el éxito deportivo a la vida cotidiana y confundieron fútbol con crisis y goles con mejoras socioeconómicas.

Lamentablemente, esa euforia ya ha remitido y poco queda de ese canto a la colectividad que parecía que reinaba en la macrofiesta de Príncipe Pío. Ahora, volvemos a la realidad de un país en el que cada cual vela por su propio interés y antepone el yo a eso que se llamaba bien común y de lo que, admitámoslo, no queda ni rastro.

Como funcionario, no puedo decir que me haga feliz el recorte de mi salario, pero en su momento decidí no hacer huelga porque me pareció sensato dar ese porcentaje si con ello se ayudaba a estabilizar al país en un momento realmente grave. Sí hubiera agradecido que alguien nos asegurase a los funcionarios que, cuando se acabaran las vacas flacas, se nos repondría esa pérdida en nuestro nivel de vida, algo que jamás se produjo. Lo que me indignó de esa huelga, sin embargo, fueron dos posturas muy bien diferenciadas: las de aquellos trabajadores públicos que, tras protestar durante semanas contra la medida, luego se negaron a la huelga para que no les quitaran el día de sueldo (toma ya coherencia) y los que, en vez de mostrarnos solidaridad o comprensión, se alegraron de la bajada a los funcionarios, llenando los periódicos con artículos de opinión incendiarios donde se leía un "os lo merecéis" que clamaba al cielo. Claro que los funcionarios no nos quedamos atrás y, en vez de levantar una voz común, nos dividimos en subgrupos afirmando que no todos somos vagos y salvando a unos colectivos frente a otros. Pues me temo que hay vagos en lo público y en lo privado. En todas partes. E ineptos. E incompetentes. Así de fácil... Por otra parte, ahora que vivo otra vez el trámite de las oposiciones a través de algunas de mis mejores amigas, me parece que ese paso -y ese enorme esfuerzo: ¿todo el mundo se cree capaz de afrontarlo?- merecen ciertas ventajas a cambio. Y si no, prueben a opositar y luego me cuentan.

Pero el despropósito no acaba aquí, porque en una revancha (injustificada) ahora escucho de boca de más de un funcionario que no secundará la huelga general de septiembre para vengarse de los que no nos apoyaron antes. Y de nuevo, no juzgo el hecho de hacer o no la huelga (faltaría más: yo mismo tampoco lo tengo claro todavía, tengo que meditarlo), sino la motivación que justifica una decisión tan seria como esa. Una muestra más de que nos faltan décadas de cultura democrática y de que, mientras que sigamos siendo tan palurdos y tan cortos de vista, poco se puede hacer.

Entretanto, y haciendo gala de ese maravilloso sentimiento colectivo postmundialista, los controladores aéreos han hecho otra de sus cobardes huelgas encubiertas. Ellos, a pesar de sus elevados sueldos, no pierden ni un día de su retribución (hacer una huelga en serio va contra su acendrado sentido de la usura), así que se piden bajas en masa (¿nadie inspecciona eso?) y fastidian las salidas vacacionales de otros tantos curritos que han de esperar a que alguien se digne a subirles, por fin, a su avión.

Y ya puestos, hacemos también una huelga salvaje de metro -sin servicios mínimos- para colapsar Madrid y obtenemos, a cambio, una rebaja del 1% en el sueldo, frente al 5% de los demás. ¿Que estamos en crisis? Pues nada, que se jodan, debieron pensar los sufridos metrofuncionarios. Pero aquí ni se renuncia a una huelga brutal ni se negocia nada, que le quiten el dinero a los demás, por supuesto. La crisis, que nos la arreglen otros. Eso sí, luego nos llevaremos las manos a la cabeza cuando en la telebasura se acuse a quien sea del más mínimo escándalo, como si nosotros fuéramos ejemplos de civismo y compromiso social.

Quizá por eso me cabrea tanto esta ola buenrollista que nos invade desde el domingo de la final (y no por el triunfo deportivo que, por si hay alguna duda, también vi e incluso celebré). Lo que me enerva es que todo eso no es más que una máscara del egoísmo más puro que recuerdo haber visto en mucho tiempo. Un egoísmo que tratamos de maquillar con el beso de Iker o el gol de Iniesta. Puede que cuando dejemos que el fútbol sea solo fútbol, nos preocupemos de cuestiones algo menos trascendentes que darle a un balón pero -quién sabe- tal vez de cierta importancia..., como la política, la economía o los deberes individuales. Esos deberes que todos olvidamos -qué fácil es no arrimar el hombro- pero que forma parte de eso que los griegos llamaron democracia y que nosotros hemos convertido en un triste sálvese quien pueda.

6 comentarios:

Peter P. dijo...

Triste... pero cierto lo que escribes.

Momentos malos los que vivimos en estos tiempos. Ojalá cambie el panorama porque esto de momento no pinta nada bien.

Arual dijo...

Yo fui muy feliz la semana pasada con la victoria española en el Mundial, me gusta el fútbol y disfruté de los siete partidos que disputó nuestra selección como nunca.
Ahora bien tenía claro que aquella euforia es como la que puedes tener cualquier día que sales de fiesta y te lo pasas bien... pero luego viene la resaca. Y confundir aquella alegría con otras cosas no tiene ni sentido ni sirve de nada.
El lunes 12 de julio todos los españoles teníamos los mismos problemas que antes. Eso sí nos dolía un poco más la cabeza. Nada más.
Y en mi caso en particular mucho peor lo tenía, había ido de boda el finde (resacón postnupcial y postfiestón) y regresaba al trabajo tras una semana de vacaciones que había pasado en gran parte en Mallorca la mar de fresquita y relajada, y al llegar a la oficina el aire acondiconado se había estropeado... bufff... no comment!! Qué lunes!!!

inquilino dijo...

A mí, que me gusta el fútbol, me produjo una desidia total el final del Mundial. No lo puedo evitar: mi interés por el deporte decrece irremediablemente conforme aumenta el nivel de forofismo. Seguí el Mundial con interés, me vi todos los partidos que pude -jugara quien jugara- hasta las semis. Y he de decir que no jugamos bien (ah,anatema!!!). Un juego conservador y resultadista, con mucha posesión de balón, sí (otra cosas sería insultante dada la calidad del equipo), pero nada incisivos y sin bandas durante demasiados minutos. El final del partido contra Chile fue una vergüenza por parte de ambos equipos.
No vi el partido contra Alemania que, por lo que he oído, sí hizo honor a lo que España puede y debe mostrar. En cuanto a la final, poco menos que me obligaron a verla. Discretita, pero es lo normal en una final.
Toda la histeria colectiva de después me deja fría. Me temo que soy inmune a las catarsis colectivas. Y, ojo, no lo digo con orgullo. Ya me gustaría a mí obtener tal grado de felicidad ante el éxito ajeno, pero soy incapaz. Me alegro. Eso es todo. Y esa prima absurda y desproporcionada me escuece. Un derroche más de este país de hidalgos.
En cuanto al tema de la huelga salvaje de metro, no pretendo romper una lanza por el sindicato de conductores, ya que en otras ocasiones ha dado sobrada muestra de irresponsabilidad e hijoputez. Ahora bien, cuando el principal garante de la legislación vigente -esto es, el gobierno de turno- se salta a la torera la Ley y el Estado de Derecho difícilmente se puede esperar que el ciudadano de a pie -en este caso el trabajador- la cumpla. Y es que, en este país, todavía y a Dios gracias, es ilegal bajarle el sueldo a un trabajador. Lo dice bien claro el Estatuto de los Trabajadores y toda la legislación laboral. Al Gobierno central no le ha quedado otra que rebajar el sueldo de los funcionarios, pero para ello ha debido elaborar un decreto que ha sido convalidado en el Parlamento (y que, por cierto, tiene bastantes posibilidades de ser echado atrás por parte de los Tribunales). Ese decreto afectaba a trabajadores de la Funcion Publica, no así a los de las empresas públicas, que se rigen por el Estatuto de los Trabajadores y sus convenios colectivos. Un convenio colectivo no puede ser modificado unilateralmente (¡faltaría más!), que es al fin y al cabo lo que a hecho doña Espe. Al final, los que pagamos somos siempre los mismos. No sé si hubiera evitado la huelga salvaje, pero es inadmisible que un gobierno se salte todos los tramites y cauces legales.

Cinephilus dijo...

De acuerdo en casi todo, my dear inquilino :-) Solo un matiz: por supuesto que la huelga de metro me parece justificada y legítima (igual que la de funcionarios o la general), lo que no acepto -ni aceptaré bajo ningún concepto- son sus salvajes métodos, que sientan un peligroso precedente, y su nulo compromiso social durante la negociación. Estoy cansado de vivir en un país donde solo se escucha la palabra derechos y jamás términos como responsabilidad, esfuerzo o sacrificio. Eso, como bien dices, nos toca a los cuatro tontos de siempre...

SisterBoy dijo...

En todos los trabajos hay vagos y parasitos, lo malo de la función pública es que no hay forma de deshacerse de esos parasitos, de hecho es lo único que cambiaria del estatuto del funcionario, lo demás todo igual, de hecho ojalá todos los trabajadores tuvieran ese estatuto.

Anónimo dijo...

Tienes toda la razón del mundo, pero por lo menos sabemos que queda gente como tú en el mundo que se preocupa por enseñarnos todas estas cosas que nos ayudan a aprender a ser mejor personas día tras día. (:
Un beso.