7.7.10

En construcción

Todo comienza con una comida. Un japonés a las tres de la tarde. Pero las tres se me hacen las cuatro, porque el tiempo –últimamente- se niega a estar bajo mi control. Así que aparezco tarde. Estresado. Con la sensación de que el reloj siempre acaba venciéndome. Me relajo. Me río. El día mejora. Me dejo llevar por la conversación y por las risas. Por las confidencias y por la complicidad. Hasta le doy la vuelta a mi reloj. O no del todo. A las ocho he de estar en otro lugar. En otra parte.

Esta vez llego bien –sin excesos, pero casi puntual. La plaza de Chueca está tan llena como cada verano. Espero a que lleguen dos buenas amigas. Aparecen pronto, así que no me da demasiado tiempo a fijarme en el paisaje humano que me rodea. Tipos con los que, salvo excepciones, cada vez me identifico menos. Demasiado cliché. Y demasiado catálogo. Me agota la uniformidad. Me distancio del espacio y me centro en la conversación. La disfruto (otra vez, el reloj bocabajo). La tarde se sigue prolongando. Se hacen las diez. Las once. Así hasta que a las doce y media –la una menos cuarto- nos despedimos. Y allí, en plena Hortaleza, comienzo a andar.

La ciudad está llena de taxis, pero no me apetece subirme a ninguno. Hace calor, ese calor sofocante del que todos se quejan y que a mí me entusiasma. No soporto el frío. Ni el invierno. Y este último fue tan duro como para no recibir con euforia un verano como este. Así que camino con el ipod a todo volumen. El búho hasta mi casa ya pasó. El siguiente, en casi media hora. Una excusa perfecta para seguir andando. No vivo tan lejos. Tan solo será un rato a buen paso, escuchando éxitos desfasados del pop de los noventa. Es extraña esta vacuna acústica pronostalgia. Recordar cómo fuimos hace no tanto. Cómo éramos cuando todo parecía mucho más fácil. Me sienta bien (o no, qué más da). Me ayuda a pensar, o a no hacerlo, no sé. A unir ideas –confusas y erráticas- después de unos meses intensos. Agotadores.

Me gusta caminar con mis sandalias nuevas –pensar en que fueron un regalo reciente, un guiño de la única persona que sabe anticiparse a mis subidas y mis bajadas de ánimo, incluso antes de que yo mismo me encuentre en una de ellas. Me gusta sentirlo hoy también junto a mí, caminando a mi lado esta noche, con su voz adormilada –cómo me gusta escuchar ese tono tan suyo, tan tierno- al otro lado del teléfono. No han sido meses fáciles tampoco para él, animándome y soportando mi estrés, mis nervios, mi cansancio, mis cambios de humor, mi ansiedad. Y, cómo no, la ausencia de Verdi. La buscaré en cuanto llegue a casa -me pasa siempre- y me derrumbaré de nuevo cuando descubra que hoy tampoco está.

Sigo caminando como si no estuviera cansado, como si me encontrara a punto de llegar a mi destino. La Gran Vía, a estas horas, es un extraño mosaico. Un carnaval pintoresco donde nada es lo que parece. Un par de adolescentes en bicicleta. Un ejecutivo sospechosamente bebido con una mujer sospechosamente desvestida. Unos cuantos saldos del gay pride que siguen con sus indelebles camisetas de tirantes. Un par de señoras bien pensantes que me miran con cierto desagrado (¿por qué los homófobos tienen un radar tan infalible?). Un chico que aprieta a su novia contra un portal. Un par de hippies con interminables trenzas e inexplicables mocasines negros. Y más de un banco habitado por la cara terrible –y directa- de esto que llamamos capitalismo y que no es más que un eufemismo para miseria. Para desigualdad. Para fracaso. Conforme llego a la plaza de España me voy encontrando con menos transeúntes. Tan solo algunos grupos de guiris muy jóvenes –universitarios y erasmus, supongo- que corren hacia ningún lugar. O hacia todos ellos, qué se yo.

En mi cabeza, siguen los pensamientos de estos meses. El cansancio. La apuesta hecha –a base de horas de insomnio- por el trabajo. Por la escritura. Por el teatro. Los meses de ensayos contrarreloj. La satisfacción de lo conseguido y, cómo no, la inseguridad eterna ante todo y ante todos. No sé cómo, pero justo el año que más metas se han ido sumando, ha sido también el momento en el que más frágil me he sentido. Más vulnerable. Sin espejos que me devolvieran una imagen clara. Definida. Una imagen que me diese cierta seguridad cuando, entre tanta duda, siento que el suelo se abre bajo mis pies.

Y quizá es el vértigo de mi trabajo docente, la eterna pregunta de si dar clase merece la pena, de si aporto algo en esas aulas, de si realmente transmito lo que debería transmitir o si mis métodos –y mis ideas- son válidas y necesarias. O quizá es la angustia del estreno, de los nervios de cada función, de ese despiadado duende del teatro que me hace sentir tan minúsculo en tantas ocasiones. O quizá es la novela, a la que solo le faltan unos meses para llegar a las librerías y hacerme un poquito más transparente, o el hecho de firmar mañana mismo un nuevo contrato como autor –debo aprender a reconocerme en el yo que se va construyendo este año-, o quizá es que mi inseguridad ataca cuando más creo –sea lo que sea- y, por tanto, cuando más me desnudo.

¿El precio de la creación? La locura. La depresión. La ciclotimia. Algo así escribí hace no mucho. Algo así siento. Los vaivenes emocionales de un año en el que todo ha sido vehemente. Todo visceral. Con grandes picos. Altos. Bajos. Y con grandes viajes en esos altos. Me evado un minuto a Nueva York mientras paso por delante de mi antigua autoescuela. Otro pequeño gran trauma superado, sonrío, y pienso en el mini –british green fue mi elección- que ahora saco a menudo para ir a ensayar. O para ir a casa de mi familia. No me gusta conducir, lo admito, pero al menos también vencí ese miedo. Ahora me quedan otros. Menos superficiales. O menos evidentes. Por eso me siento al llegar a casa, aunque esté cansado y, tras ver un capítulo más de The wire (¿por qué esta segunda temporada me enamoran tanto parte de sus personajes y me espantan y aburren tan profundamente otros?), escribo esto.

Esto son los taxis que, mientras yo caminaba frente a la entonces desierta plaza de los cubos, seguían pasando con sus estridentes luces verdes, esas que nunca se encuentran cuando uno sale ebrio de noche y de alcohol. O los bancos que sirven de hogar improvisado a quienes los habitantes de esta ciudad ya apenas vemos (tenemos la mirada demasiado resistente al horror cotidiano). O los grupos de amigos impares –tres, cinco, siete- donde se vislumbran una, dos o hasta tres parejas más un ex amigo despechado al final de la noche. Y pienso en esto mientras intento disfrutar del paseo, respirar, mirarme las sandalias –preciosas, color tabaco, de estilo romano- intentando evitar las líneas que unen las baldosas, pisando de lleno en cada rectángulo sin rozar los bordes, como cuando era un niño. Debe ser una versión madrileña de Wicked. O del Mago de Oz. O de cualquiera de esas mitologías cuentísticas que, como la de Peter Pan, siempre llevo conmigo.

Lejos, mientras escribo esto, se escucha el mar. Intenso y profundo. Ya casi inminente. El mar donde desembocaremos en breve y en el que espero dejar temores, inseguridades y fantasmas. El mar donde confío en poder ver ese yo que estoy construyendo –que siento que se ha definido un poquito más a lo largo de estos meses- y que, como en todo crecimiento, siempre provoca vértigo. El de no reconocerse o el de tener miedo a reconocerse en una silueta equivocada. Quizá es que estoy cruzando el espejo y me da pavor saber qué es lo que hay al otro lado. O quizá hace unos meses que estoy en ese lado y todavía no me he atrevido a abrir los ojos. Seguramente de lo que se trata, una vez más, es de mi manía a evitar decepciones poniéndome zancadillas que me eviten caer en la ilusión. Así es más sencillo. Si uno pisa con saña las líneas entre las baldosas se encarga de estropear la esperanza de que su juego pueda terminar bien. Y tal vez llevo unas semanas pisando encima de esas líneas. Saboteándome. Tal vez solo me hacían falta las sandalias adecuadas. El mar preciso. Y la voz adormilada y suave al otro lado del móvil. Tal vez por eso esta noche, aunque siga sin verme bien en los espejos, sé que voy a dormir mucho mejor. Porque en mis sueños aparecerá el mar. Las calles céntricas de Madrid. Y el skyline, urbano y eterno, de nuestro Nueva York.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Que des clases merece la pena ( mucho más recibirlas) y transmites el interés y entusiamo que muy pocos profesores consiguen. Supongo que a veces hasta los mejores necesitan que se lo recuerden.

Anónimo dijo...

Créeme cuando te digo que eres una gran persona, y que eres el primer profesor al que veo dar clase con tanta devoción y con tantas ganas de enseñar. No solo te preocupas por que aprendamos de memoria veintemil cosas que dentro de unas semanas (por no decir días), se nos pueden haber olvidado, sino que te esfuerzas por hacernos entender y razonar. Pero además de eso, no se como lo haces de verdad, consigues enseñarnos mucho más que nada tiene que ver con la asignatura. Puede que muchos no lleguen a entender lo que se llega a agradecer tener un profesor como tú. Ten claro siempre que si no lo hacen no es por tu culpa, simplemente no llegan a más o no están interesados.

Anónimo dijo...

Créeme cuando te digo que eres una gran persona, y que eres el primer profesor al que veo dar clase con tanta devoción y con tantas ganas de enseñar. No solo te preocupas por que aprendamos de memoria veintemil cosas que dentro de unas semanas (por no decir días), se nos pueden haber olvidado, sino que te esfuerzas por hacernos entender y razonar. Pero además de eso, no se como lo haces de verdad, consigues enseñarnos mucho más que nada tiene que ver con la asignatura. Puede que muchos no lleguen a entender lo que se llega a agradecer tener un profesor como tú. Ten claro siempre que si no lo hacen no es por tu culpa, simplemente no llegan a más o no están interesados.