30.8.10

¿Joyas?

¿Un reality show de Telecinco dedicado a enseñar buenas maneras? Ojiplático debió de quedarse más de uno cuando escuchó la última propuesta de la cadena amiga, siempre dispuesta a inventarse nuevas fórmulas con las que redescubrir -por enésima vez- el más que quemado formato de su Gran Hermano. En este caso, había excusa mediática -Carmen Lomana- y hasta pedagógica, al intentar convencernos de que iban a transformar a doce chicos -diamantes en bruto, dijeron- en doce joyas al más puro estilo de My fair lady. La idea, bautizada como Las joyas de la Corona, se ha resuelto como sigue.

En primer lugar, se seleccionó a un presentador borde -Jordi González- para que se riera convenientemente de los alumnos seleccionados. Durante las galas -ese formato tan inevitablemente telecinco- regaña y abronca a quienes no saben cuanto él les pregunta, transformándose así en una versión edulcorada del otro telecinquero de pro, Jorge Javier Vázquez, experto en ridiculizar a entrevistados y colaboradores de cuantas perversas y deplorables formas se le ocurren.

Además del presentador, se coloca a una directora de la Academia bendecida por el aplauso mediático y abocada a quemarse si sigue participando en shows de esta índole. En este caso se trata de Carmen Lomana, una mujer que nos caía simpática -sí, incluso a pesar de que nos costara entenderla cuando habla por culpa del botox- antes de formar parte de todo este tinglado y que, gracias a telecinco, empieza a resultar de lo más cargante. Aún así, al menos acude al plató bien conjuntada y sus comentarios -salvo cuando le da el arrebato pepero a mitad de la gala- son de lo único humano que se escucha allí, demostrando -a menudo- un sentido común del que carecen todos los demás miembros del programa.

Para completar la plantilla, se contrata a unos supuestos profesores de glamour cuya finalidad es desasnar a sus pupilos. Los profesores en cuestión van desde lo meramente hosco y graciosete -como el tal Nacho, con un currículum tan impresionante como haber sido tertuliano en los debates de GH- hasta lo cursi y moña -como el pobre José Liberto, ejemplo de lo que jamás debería hacerse ni decirse en público por mero respeto a la inteligencia y el pudor ajenos. Junto a ellos, una Miss Mundo muy mona y muy simpática que les da clases de conversación (¿...?, en adelante, que los profes de lengua no sean filólogos, sino mister España: no aprenderán nada, pero se lo pasarán bomba viéndolos), una monitora de baile que les enseña cosas tan prácticas como bailar foxtrot o vals (¿quién no ha tenido que afrontar un vals cualquier viernes noche?) y una profesora de arte histérica que les enseña cuadros como quien les pasara cromos de la Liga.

El alumnado, por supuesto, no tiene desperdicio (si bien no distan nada de lo que tienen en los demás programas supuestamente no maleducados de la casa: ¿qué diferencia hay entre ellos y los de Mujeres y hombres o cualquiera de los seres que se sientan en Sálvame?). A los jóvenes se les trata como idiotas -uno de ellos lo dijo: por supuesto, lo echaron en esa misma gala- y se mofan de ellos -con mal estilo y mucha mala baba- cuanto pueden y les dejan. Lo triste es que los alumnos no solo no tenga educación -que no la tienen: son un bonito ejemplo del triunfo de la LOGSE en nuestro país- sino, sobre todo, que no tengan dignidad para enfrentarse a semejante caterva de aprovechados y dejarles con un palmo de narices de una vez. Esto, sin embargo, es imposible, ya que el premio al que aspiran -la fama, que no la formación- es demasiado jugoso en nuestros días. Mejor ser un friky famoso -y de esos andamos sobrados: la Esteban, la Trapote, el Rafa Mora, los Matamoro, la Patiño y otros tantos que solo merecen ser citados con un sonoro artículo delante- que ser alguien anónimo con un mínimo de dignidad.

Entre los alumnos, cómo no, destaca el sector yo soy la juani, con dos ilustres miembros: el dúo parla-lega, lega-parla (Lara y Azahara), compuesto por dos seres supuestamente humanos -sabemos que pertenecen a nuestra raza porque emiten sonidos cercanos al lenguaje natural y tienen los mismos miembros y órganos que cualquiera de nosotros- y que ejemplifican el chonismo no ya como una realidad, sino como una verdadera y profundísima religión. Junto a ellas, una estudiante de cuarto de derecho que desconoce palabras tan insólitas como lujuria o venia, otra concursante entre psicópata y bipolar que habla consigo misma en cuanto pueda o un tipo que presume de ser capaz de improvisar canciones de Camela si alguien le da seis palabras para ello. Quién no querría una habilidad como esa, por cierto.

En la última gala, sin embargo, ocurrió algo imprevisto cuando uno de los favoritos -Julián: un tipo guapo, cachas y educado que nunca supimos qué pintaba allí, salvo contentar a la audiencia femenina y gay con sus planos sin camiseta- fue nominado junto con otra compañera. Al ver cómo salvaban a los otros ejemplares choni-pseudohumanos, el chico se negó a responder las preguntas que le hubieran permitido salvarse. Fue el primer caso de autoexpulsión en un reality y, sobre todo, una protesta más que coherente ante un circo -otro más- que dejó claro hasta dónde llega el nivel de tongo argumental del mismo. Básicamente porque en esa misma gala decidieron incluir entre los concursantes a una tal Cari -solo su nombre ya es de juzgado de guardia- que resultó ser amiga -y clon- de una de las máximas chonis del reality. Así pues, esta última no solo no podía ser nominada, sino que había que conservarla allí como fuera, a a la espera de jugosos y polémicos vídeos donde la viésemos repetir algunos de sus momentos más glamourosos.

En definitiva, una auténtica -manipulada y tramposa- joya de la telebasura que, confiamos, seguirá perdiendo audiencia (si es que le queda alguna tras su flojísimo estreno) y para la que esperamos que no haya una segunda edición. O quizá sí, una edición donde los concursantes sean el tal Jordi, o el Jorge Javier, o cualquiera de esos personajillos que han hecho de la ridiculización pública y del rumor sobre la vida ajena un espectáculo. Como decía la otra noche una buena amiga mía, esto es lo que trae consigo el lamentable "belenismo". Y llevaba razón.

29.8.10

Conocerás... No, no conocerás

Recién llegado de Estambul (impresionante...), tocaba afrontar el último estreno de mi -otrora admirado- Woody Allen. Y es que su manía de estrenar una película al año le está llevando en caída libre hacia unas cuotas de insulsez a las que, honestamente, no nos tenía nada acostumbrados.

En Conocerás al hombre de tus sueños repite -por enésima vez- temas, argumentos y arquetipos que ya nos había contado antes -y con mucha más gracia- en películas anteriores: el autor en crisis, el hombre maduro que se niega a asumir su edad, la esposa insatisfecha que no sabe cómo reconducir su vida... En este festival de la repetición destaca el fallido (pese a los elogios que le ha dedicado cierto sector de la crítica) personaje de Charmaine, una suerte de clon del que en su día hiciera Mira Sorvino en Poderosa Afrodita, con la única excepción de que, en este caso, no hay un solo gag brillante o no previsible.

El desarrollo de la película es simplón y superficial, con alguna que otra frase ingeniosa, sí, pero con un descuido absoluto de la psicología de los personajes, meros esqueletos movidos caprichosamente por el director a través de una voz en off (¡basta de narradores omniscientes en el cine, por favor!) que nada aporta, salvo la consabida cita shakespeariana como justificación intelectual de una película más que menor.

En cuanto al reparto, digamos que hacen lo que pueden con unos personajes archiconocidos y algo endebles, aunque llama la atención la desgana de Banderas (como mera curiosidad, ¿a qué se debe su pésimo inglés en esta cinta? ¿exigencias por la naturaleza latina de su personaje?), la escasa habilidad interpretativa de Freida Pinto (guapísima, eso sí) y lo antipática que resulta Naomi Watts. A cambio, Josh Brolin y Anthony Hopkins ofrecen un trabajo convincente que, al menos, salva la función del aburrimiento absoluto.

El tema -si admitimos que este vodevil bajo en ideas tiene algún tema- podría ir ligado a los placebos y autoengaños que se asumen para seguir viviendo. El problema es que la resolución premia a la reina de dichos placebos -el espantoso personaje de Helena: insufrible- y el conjunto de la película no aporta gran cosa al respecto, salvo una parodia facilona y algo insulsa del ocultismo -ya visto en La maldición del escorpión de Jade-y lo new age.

Su próxima -y parisina- película, con Carla Bruni incluida, no pinta mucho mejor. Lástima que no ruede en Nueva York y, sobre todo, que no se tome un pequeño descanso para pensar, reflexionar y volver a crear (así, con mayúsculas). Estamos hartos de sus obras menores (puras medianías) y echamos de menos al gran Allen. ¿Seguirá por ahí aún?

20.8.10

The secret of Kells

En verano a veces irrumpe en la más que deplorable cartelera (llena de tonterías como El equipo A, Karate Kid, The expendables o Salt) alguna película especial de esas que, sin hacer mucho ruido, saben conquistar a quien se sienta frente a ella... Ese es el caso de The secret of Kells, una pequeña joya de la animación europea que plantea un tema tan apasionante como difícil de trasladar a una película de dibujos animados: la preservación y la difusión de la cultura. Y, sin embargo, sus autores consiguen superar con creces el reto.

Tomando como excusa el famoso Libro de Kells -exacto, el custodiado en el Trinity College-, se crea una historia de acción, magia y aventura (no exenta de crueldad: terrible el ataque vikingo contra el monasterio, por ejemplo) en la que, de paso, se explica de modo didáctico -y amenísimo, nada pedante ni ex cathedra- cómo se trabajaba en los scriptoria medievales. A su modo, podría servir como una revisión infantil -que no pueril- de El nombre de la rosa, con un protagonista del que resulta difícil no enamorarse, un miniaturista que representa la defensa a ultranza del libro como fuente de sabiduría y conocimiento, y un hada que recoge en su verde y traviesa mirada toda la tradición de las xanas, anjanas y demás personajes mágicos de la mitología céltica. Todo ello dentro de un festival de imágenes tan creativas como poderosas, tan espectaculares como íntimamente ligadas al tema y al contexto de la acción. Una joya que, desde luego, ningún amante de la animación debería dejar pasar y que, en mi caso, pienso usar -en cuanto se edite en dvd- en mis próximas clases de Literatura Medieval. Ya lo sabéis, chicos (que sé que algunos os dejáis caer de vez en cuando por aquí), el año que viene la vemos en el insti ;-)

Y, con el buen sabor de boca de The secret of Kells (anímense, no se arrepentirán), pongo un paréntesis necesario al blog. Este verano ha sido estupendo -Marbella, Londres, París...- y ahora, como cierre, nos toca (qué ganas) descubrir Estambul... A mi regreso, un post sobre el verano y, si se tercia, sobre la miniserie de The prisoner que, pese a haber desatado opiniones desiguales y variopintas, a mí me ha satisfecho mucho más de lo que pretendía... Sean buenos en mi (turca) ausencia. O. al menos, inténtenlo.



P.S. Ah, y propongo que se vete a ciertos padres a ver este tipo de películas con sus hijos. Entiendo que pregunten cuando no entienden algo. Entiendo que tengan que ir al baño. Entiendo que puedan dar un poquito la tabarra. Pero no entiendo que se distraigan con un concurso de "imitación de pedos y eructos" y sus padres, lejos de reprenderlos, se rían con ellos. No entiendo tener que pedirle a un adulto que regañe a sus retoños por mucho que le aburra una película donde no se use el 3D y en la que, para colmo, se habla de un tema tan aburrido como la cultura. Con lo bien que se lo habrían pasado en cualquier sandez de vampiros adolescentes todos ellos... En fin, que hay mucho vikingo suelto (me temo).

17.8.10

Un Segismundo de andar por casa

Hay diversos modos de conseguir que un macguffin pueda resultar útil desde el punto de vista narrativo. Personalmente, los resumiría en dos opciones:
a) El macguffin está lo suficientemente oculto como para que el espectador no se dé cuenta de que realmente es solo un elemento accesorio dentro de la trama.
b) El macguffin es evidente, pero los personajes -y su mundo- poseen un carisma tal que al espectador no le importa entrar en el juego, ya que lo que le interesa es tener una excusa -sea cual sea- para seguir formando parte de ese mundo.

En el caso de Inception, la última película de Christopher Nolan, no se cumple ninguna de estas premisas. Aquí el macguffin es obvio desde el inicio (a nadie le importa la trama del hijo del multimillonario) y los personajes carecen de carisma alguno que pueda importarnos. Todos somos conscientes desde la primera escena de que el auténtico viaje que nos propone el director es la regresión al pasado del protagonista, un Leonardo di Caprio a años luz de sus buenas interpretaciones (como su fantástico personaje en Revolutionary Road) al que le han colgado, para colmo de males, a una de las actrices con más tics y mohínes del cine actual, Marion Cotillard, con un personaje del que lo sabemos todo antes de que empiece incluso a hablar. Su historia de amor no tiene la suficiente fuerza como para sostener la trama ni, mucho menos, el interés del espectador, por no hablar del trillado asunto de la culpa y su expiación, contado aquí con la misma profundidad que se analiza la adolescencia en un episodio de Hannah Montana.

Por lo demás, es una película de estructura absolutamente clásica y previsible, que se esfuerza en ser clara y nítida en todo momento -nada que ver con las libertades narrativas de su excelente Memento- y que, por si fuera poco, trata de adentrarse en el mundo de los sueños utilizando reglas. Desde ese momento, el film pierde todo su interés, al normalizar -y normativizar- algo tan anárquico como lo onírico. Para colmo, su supuesta coartada intelectual -la confusión entre el sueño y la realidad- es un tema tan viejo como la propia literatura, y lo encontramos desde en cuentos de Las mil y una noches hasta en La vida es sueño, obra que seguramente nadie del equipo de Nolan ha leído. Una pena, porque el tal Calderón se les adelantó unos cuantos siglos, la verdad.

En cuanto al argumento, estamos ante la enésima versión de un "atraco perfecto" con sus cuatro momentos típicos y esperables : 1. un golpe fallido que nos explica cómo funciona el grupo de ladrones, 2. la formación de la banda ideal, 3. el diseño del plan y 4. el gran golpe. Nada que no hayamos visto mil veces con actores mucho más inspirados y guiones mucho menos pretenciosos. Porque lo malo de Inception no es que dure dos horas y media (!!!!), ni que cada dos por tres se nos regale una escena de acción comercial entre correcta (las del hotel) y cutre (las de la nieve: ¿¿¿quién ha rodado ese horror???, horror muy parecido, por cierto, al aburrido procedimiento de aprendizaje del héroe de manos de Liam Neeson en Batman begins), ni que el guión caiga una y otra vez en la incoherencia al saltarse sus reglas cuando le viene en gana..., no, lo malo es que Nolan trata de vendernos un thriller intelectual -léase con ironía- que pareciera que hubiera nacido de una lectura de Freud por Terelu Campos. La película, con su Segismundo reconvertido en Jason Bourne, no deja poso alguno (es tan profunda como un cuestionario de la revista Vale) y su error consiste en creer que sí lo hace.

Por lo demás, el plano final no es más que una previsible vuelta de tuerca -otra más- para darle -con calzador- un par de niveles de interpretación a un desenlace casi tan sonrojante como el de The prestige, cima -esta sí- de lo peor que ha dirigido Nolan (a su lado, la meliflua El ilusionista era toda una joya del cine...). En definitiva, ciento cuarenta minutos para una película convencional que el marketing ha conseguido vender como lo que no es. Al menos -algo es algo- sale Ellen Page. Su papel es tontísimo y su participación en la trama, más tonta aún..., pero ella sigue teniendo gracia. Confiemos en que no haya una saga Star Wars o similar que nos la destroce como intentaron hacer con mi otrora querida Natalie Portman.

15.8.10

I love you, Phillip Morris

Ni un bodrio ni una película memorable. En realidad, no es más que una comedia ágil -divertida a ratos, previsible casi siempre- que se deja ver con facilidad y que, de no ser por la historia (gay) de amor, habría pasado absolutamente desapercibida. El argumento, que recuerda mucho a la fórmula de Atrápame si puedes, se sustenta en la interpretación de Jim Carrey, quien se esfuerza por controlar su histrionismo (y lo logra, aunque su trabajo no sea tan estupendo como nos quieren hacer creer), y -sobre todo- en la presencia de Ewan Mc Gregor, que sí consigue hacernos creer todo cuanto dice y mira (¡esos ojos!) su personaje. Es una pena que la película no aporte gran cosa en cuanto a la relación entre ambos -se echan de menos muchos más minutos de Mc Gregor en pantalla- y desentonan unos cuantos chistes de brocha gorda muy al estilo de esa nueva comedia made in USA que, honestamente, me aburre mortalmente (Resacón en las Vegas y similares).

Lo que no entiendo -lo confieso- es por qué no se ha estrenado este film en Estados Unidos, pues no encuentro nada en toda la película que me permita explicármelo. Nada de sexo explícito -es una cinta de lo más recatada.. una pena- y nada de transgresión real, tan solo una comedieta simplona que nos hace caer en la cuenta -una vez más- del ínfimo nivel de los nuevos guionistas hollywoodienses, a años luz del humor de sus predecesores. ¿Qué les ha disgustado tanto a las puritanas mentes yanquis? En el fondo, no sé si ese no estreno en EE UU se deberá, en realidad, a problemas de distribución y si los productores habrán aprovechado esa excusa para convertir la película en un falso título de culto. Sea como sea, nada hay en ella que merezca ni la adhesión absoluta ni la reprobación total. Alguna cita divertida ('Being gay is so expensive!') y la confirmación de que Jim Carrey puede ser insufrible incluso cuando intenta no ser él mismo: su autoconsciencia acaba haciéndolo igualmente intragable.

Un título para pasar el rato que no deja poso alguno en el espectador. A su modo, una ocasión perdida de hacer algo mucho más trepidante y morboso. Otra vez será.

13.8.10

En regresión

Sexismo y publicidad son dos sustantivos que, lamentablemente, aparecen unidos con demasiada frecuencia. En teoría, las campañas actuales deberían evitar caer en ciertos estereotipos pero, en vez de eso, sus autores han redescubierto un filón absolutamente estremecedor para sacarle brillo a prejuicios que creíamos ya enterrados.

Lejos queda aquella exuberante mujer-objeto que buscaba a Jacques. Ahora, la corrección política ha barrido sus curvas -el sexo, que no el sexismo, es lo que molesta- y la ha cambiado por mujeres que sufren todo tipo de problemas fisiológicos -estreñimiento, dolor de muelas, incontinencia, gases y otras lindezas- así como por iconos profundamente estereotípicos como el que protagoniza la campaña de los zumos Júver: las juvermamás. He aquí la primera vertiente de ese nuevo filón publicitario: la adulación que encubre la más que palpable misoginia. Y es que este halago contiene una enorme perversión intrínseca, pues apuesta por un único valor -la maternidad: esa cualidad que, horror, toda mujer debe tener según ciertas mentes- y elimina cualquier mención al otro personaje -el padre- o a cualquier otro modelo familiar -una pareja gay, por ejemplo. Pero no, esta campaña pretendidamente positiva y moderna, nos presenta a una mujer que poco dista de las que anunciaban lavadoras y frigoríficos durante los oscurísimos años del franquismo. Una mujer cuyo mérito es ser una madre estupenda y que, por supuesto, compra el zumo y lo que se tercie para alimentar a su familia.

Pero el nuevo filón sexista no termina ahí, sino que se atreve con un público mucho más joven, como el de la campaña de las cervezas Amstel y, muy en la línea de bodrios como el de Los hombres vienen de Martes y las mujeres de Venus (o algo así, no pienso teclear semejante título en google), nos presenta a un grupo de hombres jóvenes -¿¿¿mi generación???- que presumen de todos los tópicos machistas que en el mundo han sido (el lema "sabemos lo que nos gusta" es aterrador en este caso) y que, sin embargo, adoran a sus chicas y son, cómo no, adoradas por ellas a pesar de que todos ellos presuman de lo cenutrios que son, como si fueran un spin off múltiple de Escenas de matrimonio. Que semejante anuncio pueda resultar simpático, gracioso e incluso positivo -es más, que se presente como un método de venta eficaz de una marca de cerveza- es del todo preocupante y nos deja entrever que, quizá, estamos asistiendo un momento en el que mi generación -y las que me siguen- vuelven a caer en las redes de los topicazos sobre el sexo, como si jamás hubiese habido una revolución sexual décadas atrás.

Y como las televisiones no son ajenas a todo este movimiento regresivo, se nos anuncia -sin ningún tipo de reparos- la creación en septiembre de canales de series "para mujeres" y "para hombres", tal y como se afirmaba en una crónica reciente de El País, donde me llamó la atención que no hubiese ni un solo comentario crítico -o mínimamente irónico- del periodista ante semejante clasificación. Ahora solo queda saber cuáles son las series para hombres (imagino que las de tíos que se lían a disparos) y cuáles las de mujeres (imagino que las de chicas que se compran zapatos y bolsos). Supongo que si lanzaran canales para rubios y para morenos a todos nos parecería una barbaridad, pero -en el fondo- a más de uno (y a más de una) le parecerá estupendo y comprensible que exista televisión masculina y femenina, es más, hay quien exigirá tele masculina hetero, tele masculina gay, tele femenina hetero y tele femenina gay. Así, podemos empezar un ejercicio de empobrecimiento intelectual y encasillamiento progresivo que nos llevará de vuelta a los tiempos de las cavernas en un apasionante viaje hacia la nada.

Honestamente, prefería a la mujer que buscaba a su Jacques. Sexista, desde luego, pero evidente. El sexismo de ahora, el políticamente correcto, es tan buenrollista que pasa desapercibido y se instala, retrógrado y sin complejos, en el salón de nuestras casas.

7.8.10

Villa sopor

Hay películas que resumen lo mejor de una cinematografía. Bien, pues este no es el caso.

Villa Amalia reúne, en apenas hora y media, todos los vicios del cine francés y los eleva, plano a plano, a su enésima potencia. Un auténtico festival de sopor y pedantería que destriparemos con todo gusto en las siguientes líneas. En primer lugar, el argumento. Haremos una breve sinopsis obviando el hecho de que su historia adapta una novela que, por supuesto, no leeremos.

En Villa Amalia se nos presenta a una mujer -antipática, borde e insoportable- que descubre que su marido -un patán con cero carisma- la engaña con otra. No se entiende por qué el marido sigue con ella después de quince años ni por qué a ella le afecta tanto ver cómo se besa con otra, pero al guionista no le importa un bledo que al espectador le inquieten los motivos de sus personajes. Total, para qué.

En el momento en que ella está viendo cómo su marido -el patán- se besa con una chica más joven, alguien la reconoce por la calle. Resulta ser un antiguo amigo del pasado -gay, por supuesto- que se enamorará platónicamente de ella (???) y la invitará a tomarse una tostada con mantequilla y mermelada para pasar el soponcio. La tostada tendrá un efecto catártico casi proustiano, cual la magdalena de En el camino de Swann, más o menos.

Como ella ha descubierto -gracias al beso y a la tostada- que su vida no tiene sentido, decide romper con todo (con su profesión, con su vestuario, con su piso, con su móvil, con su email, con lo que se le ponga por delante) y, tras comerse un roscón de reyes con su madre y completar con ella un puzzle de 350 piezas (escena que supuestamente debería sobrecogernos y que a mí me dio risa de puro hiperbólica), empieza un interraíl que la lleva por toda Europa en una sucesión de escenas donde tienen lugar eventos tan fascinantes como estos:

- ella se compra botas para la montaña
- ella sube por la montaña
- ella se acuesta -en un albergue de la montaña- con un tipo que pasaba por allí
- ella baja de la montaña
- ella se compra un vestido verde
- ella se sube a un bus
- ella baja del bus
- ella se sube a un tren
- ella baja del tren
- ella tira su maleta y la cambia por una mochila
- ella tira la mochilla y la cambia por un bolso
- ella tira el bolso y se sube a un barco
- ella se corta el pelo
- ella llega hasta Italia
- ella encuentra una casa paradisíaca al borde del mar
- ella sube a un acantilado para ver el mar
- ella baja del acantilado
- ella vuelve a subir
- ella vuelve a bajar (bises varios)
- ella nada al borde del mar
- ella nada dentro del mar
- ella nada tanto en el mar que hasta le da un calambre
- ella es rescatada por un pareja de italianos monísimos
- ella se acuesta con la italiana monísima de la pareja
- ella recibe al amigo gay que sigue enamorado platónicamente de ella, claro
- ella, que sigue acostándose con la italiana monísima (que se le ha quedado de okupa sin que sepamos por qué) cura las heridas que el amigo recibe en una paliza que nos importa casi tan poco como el personaje en cuestión
- ella vuelve a Francia y asiste al funeral de su madre y ve a su padre, con quien no ha hablado nunca porque las abandonó cuando ella tenía seis años
- ella se va a comer bogavante con su padre, que es lo que hace uno cuando su padre lo abandona de niño (si lo abandona de adolescente, ¿qué se come? ¿un tartar?)
- ella descubre que el amigo gay tiene un tumor (a este pobre le pasan todas las desgracias, una tras otra)
- ella pasa de todo (tumor incluido), se vuelve a la playa para seguir nadando en el mar hasta que le dé otro calambre, claro

En fin, un festival de estupideces contadas con tono grandilocuente y tratando de hacer una película sobre la independencia, la búsqueda del yo y demás grandes temas, pero narrados con tan escasa sinceridad, con tan nula emoción, con un ritmo tan moroso y tan inexistente que resulta poco menos que imposible empatizar con cualquiera de las criaturas mal dibujadas por el director y el guionista de esta tontería que, para colmo, nos regala uno de los personajes femeninos más pusilánimes y antipáticos que se recuerdan. ¿No hay otro modo de empezar de cero que la huida? ¿Y qué tal afrontar la vida con auténtico valor y luchar por ser uno mismo en lugar de refugiarse en el fin del mundo aislada de todo y de todos? En fin, que a su lado, las heroínas del XIX son mujeres mucho más valientes y osadas que esta insufrible Anne a la que la Huppert le ha dado todos sus tics interpretativos.


Un bodrio, en suma, que espero no vean para evitarse noventa minutos de sopor y pedantería tan pseudoexistencial como cualquier panfleto de Paulo Coelho.

P.S. Del éxtasis místico de Tilda Swinton ante su langontisno en Io sono el amore mejor hablamos otro día...