7.8.10

Villa sopor

Hay películas que resumen lo mejor de una cinematografía. Bien, pues este no es el caso.

Villa Amalia reúne, en apenas hora y media, todos los vicios del cine francés y los eleva, plano a plano, a su enésima potencia. Un auténtico festival de sopor y pedantería que destriparemos con todo gusto en las siguientes líneas. En primer lugar, el argumento. Haremos una breve sinopsis obviando el hecho de que su historia adapta una novela que, por supuesto, no leeremos.

En Villa Amalia se nos presenta a una mujer -antipática, borde e insoportable- que descubre que su marido -un patán con cero carisma- la engaña con otra. No se entiende por qué el marido sigue con ella después de quince años ni por qué a ella le afecta tanto ver cómo se besa con otra, pero al guionista no le importa un bledo que al espectador le inquieten los motivos de sus personajes. Total, para qué.

En el momento en que ella está viendo cómo su marido -el patán- se besa con una chica más joven, alguien la reconoce por la calle. Resulta ser un antiguo amigo del pasado -gay, por supuesto- que se enamorará platónicamente de ella (???) y la invitará a tomarse una tostada con mantequilla y mermelada para pasar el soponcio. La tostada tendrá un efecto catártico casi proustiano, cual la magdalena de En el camino de Swann, más o menos.

Como ella ha descubierto -gracias al beso y a la tostada- que su vida no tiene sentido, decide romper con todo (con su profesión, con su vestuario, con su piso, con su móvil, con su email, con lo que se le ponga por delante) y, tras comerse un roscón de reyes con su madre y completar con ella un puzzle de 350 piezas (escena que supuestamente debería sobrecogernos y que a mí me dio risa de puro hiperbólica), empieza un interraíl que la lleva por toda Europa en una sucesión de escenas donde tienen lugar eventos tan fascinantes como estos:

- ella se compra botas para la montaña
- ella sube por la montaña
- ella se acuesta -en un albergue de la montaña- con un tipo que pasaba por allí
- ella baja de la montaña
- ella se compra un vestido verde
- ella se sube a un bus
- ella baja del bus
- ella se sube a un tren
- ella baja del tren
- ella tira su maleta y la cambia por una mochila
- ella tira la mochilla y la cambia por un bolso
- ella tira el bolso y se sube a un barco
- ella se corta el pelo
- ella llega hasta Italia
- ella encuentra una casa paradisíaca al borde del mar
- ella sube a un acantilado para ver el mar
- ella baja del acantilado
- ella vuelve a subir
- ella vuelve a bajar (bises varios)
- ella nada al borde del mar
- ella nada dentro del mar
- ella nada tanto en el mar que hasta le da un calambre
- ella es rescatada por un pareja de italianos monísimos
- ella se acuesta con la italiana monísima de la pareja
- ella recibe al amigo gay que sigue enamorado platónicamente de ella, claro
- ella, que sigue acostándose con la italiana monísima (que se le ha quedado de okupa sin que sepamos por qué) cura las heridas que el amigo recibe en una paliza que nos importa casi tan poco como el personaje en cuestión
- ella vuelve a Francia y asiste al funeral de su madre y ve a su padre, con quien no ha hablado nunca porque las abandonó cuando ella tenía seis años
- ella se va a comer bogavante con su padre, que es lo que hace uno cuando su padre lo abandona de niño (si lo abandona de adolescente, ¿qué se come? ¿un tartar?)
- ella descubre que el amigo gay tiene un tumor (a este pobre le pasan todas las desgracias, una tras otra)
- ella pasa de todo (tumor incluido), se vuelve a la playa para seguir nadando en el mar hasta que le dé otro calambre, claro

En fin, un festival de estupideces contadas con tono grandilocuente y tratando de hacer una película sobre la independencia, la búsqueda del yo y demás grandes temas, pero narrados con tan escasa sinceridad, con tan nula emoción, con un ritmo tan moroso y tan inexistente que resulta poco menos que imposible empatizar con cualquiera de las criaturas mal dibujadas por el director y el guionista de esta tontería que, para colmo, nos regala uno de los personajes femeninos más pusilánimes y antipáticos que se recuerdan. ¿No hay otro modo de empezar de cero que la huida? ¿Y qué tal afrontar la vida con auténtico valor y luchar por ser uno mismo en lugar de refugiarse en el fin del mundo aislada de todo y de todos? En fin, que a su lado, las heroínas del XIX son mujeres mucho más valientes y osadas que esta insufrible Anne a la que la Huppert le ha dado todos sus tics interpretativos.


Un bodrio, en suma, que espero no vean para evitarse noventa minutos de sopor y pedantería tan pseudoexistencial como cualquier panfleto de Paulo Coelho.

P.S. Del éxtasis místico de Tilda Swinton ante su langontisno en Io sono el amore mejor hablamos otro día...

2 comentarios:

Arual dijo...

Y qué pedantes pueden llegar a ser los franceses xddd!!!

SisterBoy dijo...

Juas, la aborro de la lista