27.9.10

O sea, superespiritual, ¿sabes?


Eat pray love es una película romántica a la par que espiritual. El binomio de adjetivos ya da bastante miedo de por sí, pero este se convierte en auténtico pánico cuando le echamos un vistazo al reparto, en el que nadie tiene que ver absolutamente con nadie: Julia Roberts, Richard Jenkins, James Franco, Javier Bardem y Viola Davis, en uno de los castings más desacertados de la historia del cine.

El film se estructura en un prólogo (Nueva York) y tres partes: comer (Italia), rezar (India) y amar (Bali). Esto, por si no lo hemos pillado en su complejo título, se nos explica durante los cinco primeros minutos de película y, teniendo en cuenta que esta obra maestra dura casi dos horas y media, el espectador sufre lo suyo contando los ciento cuarenta y cinco minutos que le restan para el happy end de rigor. En este sentido, Eat pray love es la mejor película de angustia y suspense jamás rodada, pues el público no recupera la respiración hasta que consigue salir del cine.

En cuanto a su historia, solo podemos elogiar la profundidad del guión, la riqueza de matices de los personajes y la delicadeza del trazado de los prototipos, que hacen que el guión de Aída sea un prodigio de realismo social.

La película nos cuenta cómo una escritora -no sabemos de qué ni nos importa- muy mona de Nueva York acude con su marido, también de Nueva York, a unas fiestas muy pijas del mismísimo Nueva York vestida a la última moda de, adivinaron, Nueva York. Entre fiesta y fiesta habla con su editora -Viola Davis- de la que no sabemos nada salvo que la vimos en La duda haciendo un papelón que le ha permitido ganarse unos dólares con pseudosecundarios como este, en el que se limita a poner cara de preocupación mientras la Roberts le dice que es infeliz por no sabemos qué y que quiere buscarse a sí misma en la India, que es lo que todo el mundo piensa cuando se siente infeliz.

¿Y por qué esa infelicidad? Pues ni lo sabemos ni nos importa, porque el director nos planta a la Roberts llorando en el baño -solo lo justo, que la escena parece un anuncio de Pond's- y divorciándose de un marido bastante mono y menos expresivo que una alcachofa. Se divorcia y pasa lo que siempre pasa: que se encuentra a los diez segundos con un actor tremendo y supersexy -James Franco- con el que descubre el sexo, la meditación y las lavanderías. Su relación va bien hasta que deja de hacerlo y el director nos lo cuenta con una de esas metáforas que quitan el hipo: cuando va bien, él le dobla a ellas las braguitas en la lavandería; cuando va mal, ella se las tiene que doblar por sí misma. Evidentemente, ante tamaña tragedia, el personaje logra un profundo aprendizaje interior y toma una decisión esperable y consecuente: irse a Roma a aprender italiano.

En ese momento el espectador siente un escalofrío, pues se da cuenta de que ¡¡¡¡todavía no ha salido del prólogo!!!! y se pregunta cuántos minutos le quedan aún para ver cómo aterriza la neoyorquina en Bali.

La neoyorquina acude a contarle su decisión a su editora -Viola Davis, por si lo han olvidado- que pone cara de póker durante toda la escena y de la que sospechamos que estaba oyendo su i-pod a todo volumen mientras fingía escuchar el rollo de su autora fetiche.

Ya en Roma, pasa lo que siempre le pasa a uno cuando va a Roma: que conoces a una amiga sueca, a un italiano feo pero gracioso (de apellido Spaghetti: y no, no es coña) y a un italiano guapo y tremendo. El italiano guapo y tremendo se enrolla con la amiga sueca, por cierto, porque la Roberts está muy ocupada comiendo pizza, mirando vespas y observando la Italia-Cinecitá que le ha plantado un decorador que lo más cerca que ha estado de Italia ha sido viendo a Cannavaro en un partido de tele por cable. Eso sí, a la Roberts le da tiempo de asar un pavo para celebrar el día de acción de gracias (algo que cambia la vida de los italianos allí presentes) y hasta de convencer a su amiga sueca de lo feliz que es una cuando se pone ciega de pizza margarita y tiene que comprarse unos vaqueros una talla mayor. La escena en la que consiguen abrocharse el botón de los vaqueros a la vez que un equipo de fútbol mete un gol es uno de los momentos de montaje más sonrojante que he visto nunca. Y sí, todavía quedan dos países más...

En la India, la Roberts va menos mona, porque le han puesto unos saris espantosos que ni de la India del Corte Inglés, vaya. Allí conoce a Richard Jenkins, que va fumado -supongo- durante toda la peli para olvidar que la está rodando, y a una chica india que lleva unas gafas espantosas hasta que se las quita para casarse obligada por sus padres con otro chico -todo un nerd- de gafas igualmente hórridas. Esto supuestamente nos haría pensar en la situación de la mujer y bla, bla, bla, pero son todos tan feos en este tramo de la película (¿por qué? ¿la gente espiritual tiene que ser fea?) que no nos da tiempo a plantearnos nada. Sobre todo porque, cómo no, nos presentan la boda y los preparativos y el baile y el banquete y todo lo que no necesitamos ver y que alguien debería haber cortado por pura piedad narrativa.

Eso sí, en este tramo indio, asistimos a una revelación que cambia nuestra idea sobre el personaje de la Roberts: por fin sabemos cuál el motivo de su divorcio. Y es que se nos cuenta en el flash-back más prescindible de la década cómo su marido cambió su canción del baile nupcial por una coreografía espasmódica con el Celebration de fondo. Supongo que la escena será un descarte de la segunda temporada de Glee (el dire de esta es el dire de aquella), porque si no, no me lo explico.

Después de conocer el auténtico trauma de la Roberts, se nos cuenta el dramón de Richard Jenkins. Resulta que el pobre vivía en Texas y bebía como un cosaco (como para no beber, la verdad), tanto que un día estuvo a punto de atropellar a su propio hijo. Como el pobre es buen actor, casi te emocionas con su historia, hasta que te das cuenta de que te la están colando como se las colaba Dios a Abraham (¿recuerdan ese momento de humor negro bíblico con el sacrificio de su hijo?). Pues aquí, igual, que ni lo atropelló ni nada, que el hijo está en la universidad y que él, a pesar de todo se sintió mal y se fue a la India a perdonarse. Imagínense dónde se habría tenido que ir un McNulty. O un Ernesto de Hannover, sin ir más lejos.

Como la Roberts lleva ya no sé cuántos minutos rezando con unos saris espantosos, decide irse a Bali para, bueno, eso no queda claro. El director sí tiene claro que es para lo del love, pero se supone que el personaje va allí a darse unos bañitos y a seguir rezando. Y a cambiarse de ropa para ir en bicicleta, que eso da muy bien en pantalla gigante (una pena que esto no sea en 3D, estilo Avatar).

Como detalle pragmático, por cierto, tenemos que mencionar que la prota, supuestamente, no tiene un duro -lo ha perdido todo en su divorcio- pero alquila casas paradisíacas como si fuera un clon glamouroso del Pocero. En fin, realismos absurdos aparte, en Bali es casi atropellada por un tipo que dice ser brasileño aunque habla con acento de Coslada. Sí, es Javier Bardem.

La química entre los dos es aún menor que la de la Roberts con la de su ex marido y la de su ex novio (James Franco), por no hablar del hijo que le buscan a Bardem y que uno no sabe si realmente es su hijo o su noviete gay. Porque gay, la peli, lo es un rato. Se nota que Ryan Murphy no ha pensado con la cabeza de una mujer (es más, no ha pensado con la cabeza de nada que no sea un boquerón) y nos planta tíos que le gustan a él y a algún gay que siga en la sala y que haya conseguido no dormirse durante la (interminable) proyección.

Después de ser casi atropellada, la Roberts va a una cena donde (sorpresa) está también Bardem. Allí baila con un tipo (de él no conocemos su nombre, tan solo sus abdominales) que se ha escapado de una despedida de soltera de saldo y que nos regala el desnudo menos necesario (y no por ello menos agradecido) de la película. Ella lo rechaza (a nosotros, en ese punto, nos hubiera encantado que se fuera con él... pero que se fuera) y sigue su historia de amor con Bardem. Ah, y también va a hablar con un chamán cuyo nombre ni recuerdo ni me importa, que le dice frases tan profundas como las de las galletas de la suerte del Facebook. Es más, creo que el guión es un cortaypega de esas frases. Como el chamán la ilumina muchísimo ella se vuelve tan luminosa que atrae a un elefante escapado del circo, con el que entra en relación cósmica con el mundo, consigo mismo y con la Naturaleza. Suponemos que eso debe de ser lo que se consiga con un trippie, es más, estamos casi seguros de que el director consumió alguno antes de este momento de mestizaje cinéfilo entre Dumbo y Pequeño Buda.

El caso es que el amor triunfa y, además, ella consigue que todos los personajes que han cambiado su vida -incluyendo a Viola Davis, que no pinta una mierda, pero que se ve que la ha marcado también- le manden dinero para que una peluquera balinesa se monte la casa de sus sueños, al más puro estilo del programa de Antena 3. La peluquera tiene también un drama del pasado a sus espaldas, pero cuando lo cuenta ya estamos tan exhaustos que ni le hacemos caso. Es más, yo mismo habría donado lo que fuera con tal de perderla de vista cuanto antes.

Al final, ella ha cambiado muchísimo -como en Karate Kid, pero sin pose de la grulla- y viste mucho peor que al principio, pero se siente muchísimo más feliz. Bardem pone cara de emocionado -supongo que pensando en los ceros del cheque que le iban a pagar para gastárselo con su cari la Pé y con su futuro bebé- y los espectadores salimos despavoridos del cine buscando algo de aire fresco y deseando atropellar a cuanto ser espiritual encontremos por el camino.

Evidentemente, es una comedia hilarante que no deben perderse. Y si acuden borrachos o emporrados, tiene que ser la bomba, la verdad...

26.9.10

Negra hipnosis


Carancho es, simplemente, una película que se debe ver. Sin duda alguna. Y se debe ver por diversos motivos...

...Porque está muy bien escrita (el guión tardó dos años en gestarse, lo que ha permitido que sea tan sutil como contundente). Porque tiene unas interpretaciones soberbias (estupendo el Sosa de Darín -qué creíble suele ser este actor- e inolvidable la Luján de Martina Gusmán -todo un hallazgo-).

...Porque el tema es interesante, pero no se detiene a reflexionar sobre ello: nos lo entrega envuelto en una ficción muy bien compuesta para que nosotros hagamos lo que queramos con él.

...Porque está contada para espectadores activos, no para tontos (detalles, silencios, primeros planos sugerentes..., escasos subrayados). Nos tratan como adultos, algo a lo que -exceptúese The Wire, Los Soprano, Mad Men y escasas excepciones similares- no estamos acostumbrados.

...Porque la violencia es seca y dura, brutal -sí- y excesiva, pero necesaria y dolorosa (se sienten los golpes, los pinchazos, la bofetada de la realidad de unos personajes que nos devuelven sombras y contrastes de nosotros mismos).

...Porque la historia atrapa y engancha desde el primer segundo sin contar apenas nada (no hace falta: el mundo de los personajes nos atrapa).
...Porque su historia de amor es de las que no se olvidan, de las que te desgarran sin que te des cuenta mientras la ves, de las que te dejan miradas e instantes grabados sin mayúsculas ni versales, tan solo en la redonda times new roman 10 de la vida diaria.

...Porque es cine negro -film noir puro, total-, sin coartadas, sin reparos, sin aditivos ni edulcorantes, y sin pudor alguno.

...Porque sus protagonistas son dos perdedores de los que es imposible no enamorarse, no correr junto a ellos, porque están llenos de claroscuros, porque no es una de buenos y malos, porque la vida tampoco va de eso.

...Porque tiene uno de los mejores finales que he visto en mucho tiempo. Porque no hay juegos ni pamplinas pseudointelectuales -figuritas pueriles que siguen dando vueltas para que pensemos si esto era o no era un sueño-, aquí no hay ni rastro de eso, aquí hay un final soberbio, magníficamente rodado, totalmente coherente con todo lo que hemos visto en una película intensa y sangrante.

...Porque es un director joven que no va de enfant terrible, que no pretende reinventarse nada, que no nos ha colado un peplum aburrido, ni una de terror infantiloide, ni una freakada porque sí, al revés, se adhiere honestamente a un subgénero y nos lo devuelve convertido en una película espléndida y sincera, desde las tripas.

Porque Carancho es, a secas, buen cine. Por eso tienen ustedes que ir a verla. Y cuanto antes.

13.9.10

Eso de la ESO

Dejo aquí la dirección de mi nuevo blog. Bajo el nombre de Eso de la ESO, se trata de un espacio dedicado a describir -desde dentro- un curso cualquiera en un instituto madrileño y, de paso, a proponer temas de debate o polémica que a todos -padres, madres, alumnos y profesores- nos afectan.
En los posts de Eso de la ESO se admiten comentarios de todo tipo. Es más, se agradece mucho su llegada ;-)

Riesgo y emoción


Hay que ser valiente para plantear una película como Todo lo que tú quieras. Valiente porque su guión parte de una arriesgadísima metáfora -todo un salto mortal en lo que atañe a su verosimilitud- que, además, exige un nivel interpretativo realmente complejo. Valiente porque no se conforma con los tópicos que sobre su tema -paternidad/maternidad- se suelen plantear. Y valiente, sobre todo, porque se trata de un drama que pretende emocionar -además de hacernos reflexionar- sin ningún otro tipo de coartada brechtiana. No hay aquí ni una sola dosis de distanciamiento, sino una historia que se presenta a sí mismo siempre en el borde de lo probable y que, sin embargo, resulta tan impactante como difícil de olvidar.

Leía esta semana en El cultural de El Mundo unas declaraciones entre atroces y aterradoras de ciertos productores españoles cargados de ínfulas comerciales, que no creativas, en las que personajes como una tal Emma Lustres afirman que el futuro del cine español consiste en "producir filmes que gusten a la gente. Eso significa pensar desde el primer momento cómo vamos a venderlo, a qué público puede interesarle y etc, cosas que corresponde a los productores pensar, no a los directores". Esta (espeluznante) teoría es la que da lugar a bodrios como Lope o Fuga de cerebros, mientras que impediría el estreno de películas tan personales como la última de Achero Mañas. Es curioso que todos estos productores insistan en que quieren imitar el modelo de Hollywood -el mismo que ha destruido géneros como la comedia gracias a sus fórmulas desgastadas- y renieguen de un tipo de cine -el social- que ha dado grandes títulos en nuestro país. En sus palabras (arrogantes y llenas de una profunda ignorancia cinéfila) destierran títulos que podrían abarcar desde Calle mayor, pasando por Plácido y llegando a Te doy mis ojos, Barrio o El bola, por poner algunos (escasísimos) ejemplos. Por fortuna, siempre hay gente capaz de dejarse la piel en lo que hace y ese, sin duda, es el caso del director-guionista-productor de Todo lo que tú quieras, un Achero Mañas que no se anda con medias tintas y que se juega la partida con una mano más que complicada, consciente -supongo- del riesgo que entraña cada fotograma de esta película.

Personalmente, confieso que no solo la he disfrutado -y mucho- sino que, sobre todo, me he emocionado tanto con la historia como con el tema y los personajes, y me ha llamado la atención la inteligencia con la que se plantean asuntos tan difíciles de tratar como la homofobia o las relaciones familiares en el siglo XXI. Sin embargo, admito que la historia requiere un esfuerzo por parte del espectador, de modo que quien no quiera atravesar con el director el espejo propuesto, puede que se sienta fuera en todo momento, o incluso que encuentre grotesco lo que se cuenta. En mi caso, sin embargo, he cruzado con gusto ese espejo gracias a tres factores:

- el guión: como narrador y dramaturgo, me ha parecido muy inteligente la forma de hilvanar una fábula tan extravagante, consiguiendo que las piezas encajen de modo fácil y casi lógico. No es nada sencillo escribir un texto como este y, la verdad, solo puedo aplaudir el modo en el que se han engarzado todas las piezas;

- la interpretación: bravo por todos y, muy en especial, por Juan Diego Botto, del que no soy especialmente fan y que, sin embargo, me ha maravillado en esta cinta. Su trabajo es impecable, lleno de sensibilidad, de matices, de vida... Solo su escena final ya valdría para conseguirle un merecido Goya. Estupendo también José Luis Gómez, interesante Ana Risueño y deliciosa la cría protagonista, a la que uno se la llevaría encantado a casa, la verdad. No me entusiasma Najwa Nimri -no lo puedo evitar: no me resulta creíble en ninguna de sus películas-, pero sin embargo, su escena de sexo con Juan Diego Botto es de las que más me han gustado desde el punto de vista del guión;

- la dirección: en la que destaca el uso (casi abuso) del plano corto (en mi opinión, muy acertado y justificado, aunque siempre sea un recurso discutible) y el empleo de una paleta de colores fría y adusta, de modo que se mitigue la ternura de ciertos momentos del guión con la dureza de la puesta en escena.

No creo que esta película admita medias tintas, así que cada cual tendrá su opinión sobre ella. Sin embargo, el riesgo y la osadía de todo su equipo bien merecen que la gente acuda al cine a verla, aunque solo sea por el placer de llevarle la contraria a esos productores que creen que pueden sustituir a los creadores por estudios de marketing. En este caso, no hay ni marketing, ni nada mínimamente comercial. Hay emoción, pasión, vida. Hay personalidad y sensibilidad. Hay, en definitiva, cine. Y del bueno.

8.9.10

Se buscan historias

Profesores, alumnos, padres y madres de la blogosfera:
Este mes pondré en marcha un nuevo blog (Prime Time seguirá su rumbo, desde luego, pero el otro tomará su propio camino), centrado en el tema de la educación, especialmente en todo lo relativo a las aulas de Secundaria y Bachillerato. En este caso, sin embargo, la idea es que la voz del blog surja de experiencias reales vividas por todos los que, de un modo u otro, formamos parte de la comunidad educativa. Así pues, si tenéis cualquier anécdota curiosa, crítica, cómica, dramática... al respecto (me interesan todos los puntos de vista: el de los alumnos, el de los padres, el de los docentes, el del personal no docente...), os agradecería que me la enviaseis (nandojlopez@gmail.com) para poder incluirla en ese nuevo blog (indicando cómo queréis que se mencione al autor, claro: nombre o pseudónimo).
Obviamente, en esas historias podéis cambiar nombres y datos, de modo que no se lesione la intimidad de nadie, pero es interesante y necesario que se hagan públicas historias que para quienes estamos metidos en esto pueden resultar muy cotidianas y que, sin embargo, vistas desde fuera resultan especialmente reveladoras.
Espero esos textos e ideas... En cuanto haya material para ello, os doy la dirección del nuevo blog. Y en breve, más sobre este tema..., pero de momento, me reservo cierto as en la manga ;-)