14.11.10

Lexicografía pepera

El PP, con su habitual estilo crispante, ha decidido reavivar la polémica sobre el matrimonio homosexual (reléase, si se tiene suficiente estómago, la entrevista de Rajoy la semana pasada en El País). Lo más gracioso es que luego, cuando se menciona la palabra homofobia, todo el mundo suele rasgarse las vestiduras y negar que dicha discriminación exista en un país tan moderno, tan tolerante y tan civilizado como el nuestro. Un país donde no hay homófobos, claro que no, solo gente que está en contra de que el matrimonio gay se llame matrimonio, pero no por una cuestión de rechazo -para nada-, sino por un puro interés lingüístico, por un defensa necesaria y sistemática de la precisión léxica.

Todos estos lexicógrafos de a pie han decidido que ya está bien de designar ciertas realidades con nombres incoherentes y han empezado a defender el buen uso de la lengua con una palabra escogida al azar -matrimonio- y un adjetivo igualmente casual -homosexual. Lo malo de estos semióticos de andar por casa es que no se han documentado mucho antes, de modo que se les escapan ciertos procedimientos habituales en la historia de la lengua que, curiosamente, cualquier alumno de Bachillerato -sí, incluso de la LOGSE- conocería.

En efecto, matrimonio viene del latín (matrimonium), como todos los vocingleros pro-familia saben (pues son grandes expertos en etimologías) y, entre sus acepciones, figuran la de "unión entre un hombre y una mujer" (acepción 1) o la de "sacramento por el cual..." (acepción 2). Dejemos a un lado la acepción 2 (los sacramentos me provocan una infinita pereza) y centrémenos en la 1, que es la que nos interesa en un estado (les recuerdo) laico y aconfesional. Bueno, lo de aconfesional es un decir, porque el peso de la religión en nuestro país es más o menos igual de grave que el de la (inexistente) homofobia.

Y sí, hasta hace bien poco, el término matrimonio no significaba unión de dos personas del mismo o de distinto sexo, básicamente porque esa realidad social no había sido admitida como tal. Igual que la palabra coche, durante siglos, solo podía designar carruajes tirados por animales. Actualmente, nadie le niega su validez para denominar a un automóvil, tal vez porque no hay ningún presidente pepero ni ningún foro de la familia interesado en las etimologías del mundo de la conducción. Por eso imagino que dicen coche oficial o coche-cama, a pesar de que su conciencia lingüística sufra ante tamaña evolución.

Tampoco hay nadie que ponga en duda que el personal de los aviones reciba el nombre de azafatas y azafatos, a pesar de que, en su origen, ese sustantivo solo designase a la ayudante personal de la reina. Ahora, la reina sigue teniendo sus ayudas -que para eso están ahí: para que les ayuden a vivir sin grandes esfuerzos...-, pero el término ha adquirido un nuevo sentido que, una vez más, imagino que hasta el presidente pepero emplea con toda normalidad. ¿O no?

También, siguiendo con ese afán conservador (en ese sentido, admitámoslo, al menos sí que son coherentes: ellos, puestos a conservar, pues lo conservan todo), podemos despojar de sus nuevos significados a palabras como ratón, ventana o navegar, todas ellas contaminadas por el mundo de la informática y reconvertidas en términos polisémicos por obra y gracia del mundo virtual. Una pena, sí, pero nadie ha salido en defensa de los pobres roedores para devolverles su ratón y evitar que compartan gloria con esos pequeños objetos que nos permiten movernos por la pantalla de nuestro ordenador.

Este curioso y simpático procedimiento que altera, sin remedio, el significado de nuestras palabras recibe el nombre de cambio semántico y no es más que un proceso lingüístico que responde a cuestiones sociales, históricas o lingüísticas. El lenguaje y la realidad, ya saben, aunque tal vez eso sea una reflexión demasiado densa -cómo la realidad condiciona el lenguaje, cómo el lenguaje moldea la realidad- para estos lexicógrafos peperos de tan notable pedigrí.

Lo triste es que sigan refugiando su odio -su rechazo, su miedo, su aversión- tras la discusión léxica. Lo lamentable es que muchos asientan y les den la razón. Lo patético es que no admitan que lo que les molesta no es la palabra, sino que los gays podamos contaminar su intocable sustantivo. Porque ellos son modernos, y tolerantes, y abiertos, y contemporáneos, por eso nos "toleran" y hasta "nos dejan existir", pero -eso sí- a ser posible lejos, con otro lenguaje, con otras palabras, con otros derechos y, si es posible, en otro lugar. Si, finalmente, sustituyen la palabra matrimonio por cualquier otra estarán cometiendo un ataque brutal, frontal, irracional y absoluto. Estarán gritando -ese es el único uso que saben darle a la lengua- que odian al diferente, que lo desprecian, que no merece formar parte de la sociedad y que debe ocupar un lugar al margen, siempre distinto, desde palabras que no le permitan integrarse ni, mucho menos, normalizarse.

¿Quién dijo que la homofobia seguía siendo un problema en esta España moderna y tolerante? En realidad solo se trata de un miedo estrictamente gramatical al cambio semántico. Idéntico al vértigo que provoca que la y griega se nos convierta en ye. Algo por el estilo.

7 comentarios:

Patt dijo...

¡Hola!

En fin, lo único que tengo que comentar es V-A-Y-A. Enhorabuena por el texto, Cinephilus. Es bueno ver que hay gente que no se queda sentada viéndolas pasar y que es crítica al respecto (sea homosexual o no). Espero snceramente que esa homofobia termine por desaparecer; no tiene sentido.

(Bueno, he de reconocer que lo de la ye sí que me ha tocado -_-' xD)

Un saludo imaginativo...

Patt

Ray dijo...

Como templos, verdades como templos he leído aquí.
Magnífica entrada.
Saludos cordiales

Cinephilus dijo...

Gracias, Patt... Es que hay cosas que requieren, cuando menos, protestar. No podemos callar ante lo injusto...

Y gracias por pasarte por aquí, Ray. Me alegra ver que somos muchos los que estamos de acuerdo en ciertos valores e ideas... Un abrazo ;-)

inquilino dijo...

Ganas de potar, que no en su acepción antigua de "beber", sino en la actual de "vomitar".

Peter P. dijo...

¿Pero aún no hemos entrado en el siglo XXI? Algunos de la Edad Media eran de mentalidad más abierta que otros de la actualidad... qué triste que así sea.

SisterBoy dijo...

Detras de todo esto no hay sino un interés político en contentar a todos y cada uno de los muchos estamentos que forman el amplisimo marco social de la derecha española, estoy convencido de que Rajoy preferiría evitar este enojoso asunto pero parte (la peor) de su electorado le exige intervenir en este sentido así como en muchos otros.

Por cierto (y tal y como dijo Zerolo en cierta ocasión), si tanto cuidado tenemos con las palabras, sólo los padres podrían tener "patrimonio" ¿o no?

Anónimo dijo...

Pues a mí me parece una excusa … hay gente que siempre tiene que ir por detrás. Como comentas, en eso, son bastante coherentes. Si leemos los argumentos contra el divorcio de los primeros ochenta nos da la risa. O cuando dicen que tú no puedes decidir sobre tu vida alegando que está en manos de ‘otro’ … Lo que me fastidia es que se apropien de palabras como ‘familia’ ‘vida’ ‘trabajo’, etc. Parece que los que no piensan así no creemos que la familia es importante (una estructura familiar cohesionada resulta básica … eso sí, no tiene porque ser su concepto de familia), que la vida es maravillosa (es un regalo que nos permite crear y decidir en nuestra propia piel, todo un lujo) o que la disciplina y el trabajo son vitales para concretar esa creación (la ‘disciplina’ no tiene porque ser su disciplina … confunden otra vez disciplina con represión) En serio que hartazgo … por no hablar del laicismo de pacotilla de este país o de la doble moral en multitud de temas.
Perdona la verborrea pero es que, últimamente, estoy un saturado de tanta tortilla y pasodoble … más de lo normal.

Fidelio