29.11.10

Sobre ruedas

Lo siento, pero no. No se puede protestar siempre de modo tan obstinado, tan fácil y, sobre todo, tan inútil. Me gustaría saber cuántos de los ciclistas que colapsan Madrid en su ejercicio de protesta ¿mensual? usan el coche con frecuencia. Cuántos son los que, de verdad, renuncian al automóvil en pro de la bici o del transporte público. Seguro que la cantidad de los que encontrarían una justificación rápida para el uso del automóvil sería, cuando menos, significativa.

Personalmente, odio conducir. Me saqué el carné tarde -por pura obligación- y evito, en la medida de lo posible, ir en coche si no es preciso. Por supuesto, todo el mundo me ha hablado durante años de las ventajas del coche, de la libertad que te otorga, de lo práctico que es, de lo mucho que se ahorra y de otras tantas monsergas que yo ni discuto ni creo, pero que no me han persuadido de cambiar mi abono transporte por un mayor consumo de gasolina. Tiene gracia que no haya encontrado prácticamente a nadie que, en este tiempo, me haya dado la razón en que no merece tanto la pena, en que es un gasto energético evitable, en que hay formas mucho más cómodas, ecológicas e incluso baratas de suplirlo.

Por eso, porque uso -convencido y desde siempre- el transporte público, me cabrea sufrir retenciones kilométricas equis tardes al año gracias a esa manifestación ciclista que consigue, al menos en mi caso, un efecto contrario al deseado: no solo no logran la concienciación, sino que provocan el hartazgo. Y eso por no hablar del modo en que muchos -no todos, desde luego- ciclistas se mueven por la ciudad: arrollando peatones (estoy harto de ser embestido por más de uno, que considera que la acera es, sobre todo, su carril-bici) o conduciéndose de modo temerario por la calzada sin respetar ni una sola de las normas de tráfico. Me hace gracia comprobar -con elevadísima frecuencia- que el rojo de los semáforos o las señales de ceda el paso no operan para las bicis, que circulan ya como vehículos, ya como peatones (gran ejemplo este para haber usado el anacrónico ora..., ora...) cuando les viene en gana.

En el fondo, todo se reduce, como siempre, a una cuestión de educación y responsabilidad. Saber ser conductor (de coches, de motos, de bicicletas), saber ser peatón o saber ser pasajero en el transporte público (cuestión a la que, visto lo visto, también deberían dedicarse ciertas sesiones educativas en colegios e institutos). Y por lo demás, a ver si cualquiera de esos ciclistas contumaces me asegura que emplea tan poco el coche como lo hago yo. Entretanto, seguiré aguantando el atasco que provoquen cada vez que me suba al autobús uno de sus masivos días de protesta. Qué remedio.

1 comentario:

Anónimo dijo...

A mi no me gustan los eufemismos. Son una panda de hippies tocapelotas. Lo de la bicicleta es lo de menos. Lo mismo les valdría protestar por un carril patinete. Esto debería provocar una regulación para frenar el abuso del derecho contitucional a la huelga de unos pocos mientras inocentes sufren a estos abrazafarolas y porretas. Valdevaquero