20.12.10

Placer culpable... pero placer


Si esperan una película seria, verosísimil, profunda y trascendente, entonces HUYAN. Pero si les apetece ver un musical camp, divertido, sexy, ameno y espectacular, entonces QUÉDENSE. Y es que Burlesque es un festival para los sentidos (sobre todo, para los sentidos femeninogays): el del oído -con unos temazos estupendamente interpretados por una soprendente Christina Aguilera o una operadísima Cher-, el de la vista -con los cuerpazos de Cam Gigandet, Eric Dane o las sensuales chicas del local- y el del gusto -con el festival argumental más kitsch que hemos visto desde Showgirls.

Eric Dane, el malo malísimo (o no tanto) de la función

Nada se toma en serio, nada importa demasiado -todos conocemos lo que pasará desde el minuto uno-, pero eso es, precisamente, lo que nos permite entregarnos sin remordimientos al placer de una película realizada con absoluta ironía -la crítica no se ha dado cuenta y se ha limitado a despellejarla, como si el guión estuviese escrito desde una verdad que no busca en absoluto- y que homenajea sin complejos tanto al musical como al género de las variedades y el cabaret (estupendo, por cierto, el número del siempre perfecto Alan Cumming).

Ni una coartada intelectual (nada que se parezca a la pedantería aburrida de Nine), ni un momento profundo, ni un ápice de emoción que no sea tan falsa como lo es todo en el musical más clásico. ¿O acaso alguien considera que la (simplicísima) historia de Meet me in Saint Louis, por ejemplo, es una maravilla de la narración cinematográfica? A cambio, tenemos un montaj espléndido: los planos se suman como una auténtica coreografía y sin necesidad de marearnos en exceso (menos mal, no es un film del petardo de Luhrmann). La banda sonora, perfecta: adecuada al género que centra la película y con clasicazos tanto oldies (estupenda la versión de Diamonds are a girl's best friend) como recientes (Madonna, of course). El casting: estupendo, todos están donde deben estar y hacen divertidos personajes que son puras caricaturas (y, sorpresa, la Aguilera no lo hace nada mal). El argumento: una sucesión de topicazos que se nos exponen sin ningún tipo de pudor con el único afán de despertar nuestro lado más folletinesco, recordándonos que, con ayuda de una buena banda sonora, somos capaces de dejarnos llevar al fango de las emociones más básicas.

Y ahí tenemos momentazos que pasarán a la historia del cine como la escena en la que la diva -Cher- ayuda a maquillarse a la novata -Aguilera- con algunas de las líneas de guión más complejas de los últimos años: "Ponerse rímel es como pintar un lienzo, pero sobre tu cara". El argumento no se sostiene en ningún momento -por no hablar del happy end necesario e imposible-, pero las réplicas están escritas con cierta gracia y los actores parecen pasarlo tan bien -Stanley Tucci tiene cara de haber disfrutado mucho en ese rodaje- que resulta fácil dejarse arrastrar por ese estado de ánimo hasta sentarse en una de las mesas de ese Burlesque, un local que -si hay algún productor avispado por ahí- pronto podría convertirse en uno de los musicales del Covent Garden londinense (donde, en breve, andaré viendo Wicked, por cierto...).

Por lo demás, su director ha decidido que esta debía ser la película más gay del año y, desde luego, lo consigue. Y no solo porque nos devuelva a Cher (¿es ella? ¿es un personaje hecho por ordenador con la tecnología de Avatar?), ni porque le regale el mejor baladón de la película (momentazo en el que entra en el local, pide la música, se marca el tema y sale como si fuera lo más natural del mundo), ni porque le dé a Tucci el mismo personaje de gay majo que ha hecho en sus últimas 789 películas (por cierto, tiene un punto morbosillo ese calvete), ni porque nos ofrezca unos diálogos que parecen sacados de los pies de foto del Vanity Fair, ni porque cada dos por tres nos plante semidesnudo o en camiseta de tirantes (las saca de todos los colores) al jovenzuelo bombón de Gigandet, ni porque el malo -the wrong guy, dicen en la peli- sea el macizorro de Eric Dane... Lo es por todo eso y por mucho más. Porque resulta difícil justificar por qué nos gusta tanto algo que es objetivamente vacío. Pero quizá ahí, precisamente ahí, reside su mérito. En recordar que el musical, para ser emocionante, no siempre tiene que estar lleno de narración. Tiene que estar, básicamente, lleno de música. Y este, desde luego, lo está.
Cam Gigandet, el (espectacular) hombre del piano sin camisas en su armario.
No sé ustedes, pero yo -desde luego- la disfruté muchísimo. Si sienten el ritmo, no dejen de acudir. Welcolme to Burlesque.

3 comentarios:

Arual dijo...

Vas a ir a ver WICKED???? Te envidio!!! TE ENVIDIO!!!!!

SisterBoy dijo...

Creo que esperaré a verla dentro de diez años, como hice con Showgirls, y a lo mejor me gustará, como me gustó Showgirls.

Por cierto ¿es más Showgirls o es más Coyote Ugly?

littlebab dijo...

Burlesque es la mejor película del mundo!!