4.12.11

Un método peligroso


El diálogo entre el teatro y el cine es siempre tan complejo -a veces, incluso más- que el que mantienen el cine y la novela. La tentación de emplear el texto dramático como base -casi única- para la posterior película puede acartonar el resultado final, incluso en experiencias tan aplaudidas como ese último Polanski, Un dios salvaje, que -pese a la brillante interpretación de Kate Winslet- deja demasiado a la vista el frívolo artificio disfrazado de disquisición intelectual que sostiene el texto de Yasmina Reza, mucho más eficaz en las tablas que en la gran pantalla.

No es este, sin embargo, el caso de una de las -realmente- grandes películas de este invierno: Un método peligroso, del siempre interesante David Cronenberg. En ella, el punto de partida es todo un ejercicio de evolución semiótica, pues toma como punto de partida una anécdota histórica -con base epistolar- que, después, se convirtió en novela, y más tarde en obra de teatro, y -por último- en un espléndido film que, por su entidad intelectual -que no pedante- y por la calidad de sus interpretaciones y puesta en escena debería ser contenido obligatorio en nuestros centros escolares. Pocas películas recogen tan bien como esta -y sintetizan con tanto acierto- algunos de los hallazgos de Jung y Freud, dos autores que nuestros bachilleres estudian en sus asiganturas de Literatura, Filosofía y Psicología y que, sin duda, podrán conocer desde una nueva perspectiva gracias a esta visión fabulada de su trabajo.

Una ficción que, sin embargo, se apoya sólida en citas y extractos de cartas de los personajes históricos y que, además, reivindica el papel de un tercer vértice del triángulo, Sabina Spielrein, olvidada por esa -tristemente- habitual visión misógina de la historia científica y cultural. Aquí, sin embargo, el punto de vista de Cristopher Hampton -que nos regala otro guión en estado de gracia- la convierte en, quizá, el personaje más interesante de la función, todo un regalo para Keira Knightley, que sigue demostrando que es una actriz tan valiente a la hora de asumir nuevos riesgos como capaz en el momento de afrontarlos. Bravo por su interpretación, al igual que las del resto del reparto, con un magnífico Michael Fassbender, un sorprendente Viggo Mortensen y un turbio e hipnótico Vincent Cassel, cuyo (breve) papel le va como anillo al dedo y, quizá por eso mismo, sabe aprovecharlo con tanta astucia.

Cronenberg emplea, en este caso, un envoltorio de época -estupenda la ambientación- para, debajo de ese supuesto esteticismo de su película, ahondar en las miserias de nuestra condición humana, volviendo a muchos de los temas que se repiten de manera obsesiva en toda su obra: la violencia, el masoquismo, la sexualidad, la negación del yo, la autodestrucción... En el fondo, da la impresión de que se hubiera traído al diván a algunos de sus personajes de Crash, uno de esos títulos -por cierto- que, conforme pasa el tiempo, más inquietantes me resultan.

La película, en su conjunto, apuesta por una narración casi sinóptica, llena de elipsis, sin grandes subrayados -pero valiente en su narración, oral y visual, de los elementos sexuales que la componen- y llena de líneas de texto que son auténticos aciertos. Resulta difícil no llevarse alguna de esas frases en la cabeza y, sobre todo, no verse reflejado en el turbio espejo -vestuario impecable, escenografía impecable, sordidez anímica in crescendo- que nos ofrecen sus personajes. Un film más que recomendable y que es todo un antídoto -necesario- en estos tiempos de narrativa pueril, semiadolescente y tan explícita como vana.

25.9.11

No habrá paz para los malvados


Hace tiempo que Urbizu se erigió como uno de los grandes autores del cine negro español (títulos como La caja 507 o su arriesgada y primeriza Todo por la pasta así lo demuestran). Un género que, tanto en lo novelístico como en lo cinematógrafico, ha dado grandes obras a nuestra narrativa (los éxitos literarios de autores como el gran Lorenzo Silva o de escritores más jóvenes como el sorprendente Domingo Villar son solo algunos ejemplos de ello). Títulos en los que las normas del género negro se alejan de la estilización -a veces, sórdidamente esteticista- que sí se observa en muchos ejemplos de la tradición anglosajona y que en nuestras letras se funden, sin embargo, con el realismo -incluso costumbrismo- que ha caracterizado nuestra literatura desde sus inicios.

Por eso, en No habrá paz para los malvados, la ciudad de Madrid es otro personaje más. Un inmenso antagonista donde todo resulta creíble y verosímil, donde los bares, los túneles, las comisarías, las casas y los descampados tienen textura, relieve, matices. Donde resulta difícil no sentirse parte de esa marea humana que pasa ante los ojos del antihéroe sobre el que recae todo el peso del film, un José Coronado espléndido en su papel -ese Santos Trinidad, de nombre tan simbólico como la cita de Isaías que da título a la película.

La cinta, sostenida en dos ejes: la investigación (pulcra y laboriosa) de la jueza (una estupenda Helena Miquel) y las pesquisas (sórdidas y violentas) de Santos Trinidad (Coronado), construye un guión sin trampas, sin golpes de efecto innecesarios, con contadas -pero contundentes- escenas de violencia, sin ornamentos ni metafísicas new age de esas que tanto valoran según qué festivales de cine. Aquí no hay nada accesorio, porque el cine negro es siempre un -seco- descenso a los infiernos, a ese Madrid que Trinidad recorre en una carrera contrarreloj consigo mismo.

Urbizu compone una película que nos exige una participación activa en su lectura, un film en el que los espectadores seremos los únicos en tener todas las piezas para componer nuestro propio puzle -las piezas que nos entrega, en asépticas bolsas de plástico, la jueza; las que nos presenta, cubiertas de sangre, el policía- y donde el -certero- desenlace nos devuelve, de lleno, al centro mismo del huracán. Al origen del miedo. A la paraonia que define nuestra sociedad desde que los escombros de las torres del 11-S se convirtieron en nacimiento fúnebre de este nuevo siglo. De este, solo aparentemente, nuevo milenio.

La reflexión, eso sí, subyace debajo de la trama. No hay digresiones moralistas. No hay espacio para el panfleto ni para las elucubraciones autoriales de salón. Porque Urbizu no necesita recurrir a eso para construir una narración eficaz y rotunda. Una narración donde los secundarios juegan bien sus cartas -aunque se eche de menos un mayor desarrollo de personajes como el de Rodolfo Sancho o Pedro Mari Sánchez- y en la que su protagonista descubre lo que muchos ya intuimos con aquel otro policía que interpretara en la -injustamente- olvidada La distancia: que bajo capas de años de televisión y papeles poco acertados, se esconde un buen actor. De momento, le han negado -injustamente- la Concha de Plata en San Sebastián. Confiemos en que otros galardones sí se acuerden de él: se lo merece.

28.8.11

La piel que habito


La piel que habito es puro Almodóvar. Resulta curioso que el director se reencuentre con su esencia -pasada por el tamiz de los años y de la experiencia- a través de un material narrativo ajeno, una novela breve y perturbadora -Tarántula, de T. Jonquet- que sirve como punto de partida para una cinta que no encaja -conscientemente- en ningún género. Una película de trazado y puesta en escena casi minimalista que, sin embargo, está llena de capas y, por supuesto, pieles.

Ante todo, un consejo esencial: huyan de cualquier análisis o crítica que les destripe su argumento (aquí, se lo prometo, no lo haremos). Eviten, si pueden, los spoilers. Y déjense llevar por un guión tan arriesgado como bien orquestado. Una historia llena de saltos al vacío que, seguramente, solo se pueden salvar si se tiene el talento de Almodóvar, la luz de Alcaine, la música (magnífica, una vez más) de Alberto Iglesias y un reparto que sabe entregarse con generosidad a todos sus (complicados) personajes. Elena Anaya devora la pantalla a cada instante, Banderas se mantiene gélido, contenido y escalofriante (con un punto de esa locura suya en Átame o La ley del deseo), Paredes está espléndida (como de costumbre, con esa capacidad melodramática y excesiva tan suya que intensifica cuanto dice y siente) y, junto a ellos, dos interpretaciones jóvenes -las de Blanca Suárez y Jan Cornet- que, enfrentados a personajes límite- salen más que airosos del reto. Solo desentona -al menos, en mi caso- el Tigre (¿guiño lejano a aquel otro de Entre tinieblas?) de Roberto Álamo, quizá porque la suya es la secuencia más desmadrada -¿prescindible?- del conjunto o porque no acabo de entender la necesidad de forzar a un actor como Álamo a fingir un más que poco creíble acento brasileño.

En cualquier caso, con una materia prima más que aprovechable, Almodóvar construye un film tan extraño y anómalo -en una capa superficial- como lleno de sí mismo -debajo de la máscara de ciencia ficción y de terror que envuelve el film-, de guiños a cintas previas que -de repente- se tornan originales y autónomos. Una historia que tiene algo de la piel de Átame -y, cómo no, de su ya homenajeada El coleccionista-, de la negrura de Carne Trémula, de la fusión imposible entre el terror y el romanticismo de Hable con ella, de la locura de (la infravaloradísima aunque fallida) Kika, o del estudio de la obsesión de (mi venerada) La ley del deseo. Resulta imposible no encontrar el alma -los temas y fantasmas- del cine almodovariano en cada plano, por mucho que el tiempo haya pasado para convertir su cine impetuoso y kitsch de los ochenta en un festival esteticista y, solo en apariencia, frío y distante.

Pero esa frialdad -la de la luz, la de las pantallas voyeurs que permiten avanzar la acción, la del espacio (casi) único donde transcurre la trama (El Cigarral es, desde ya, una de las casas con nombre propio de la historia del cine), la de la estática (así lo quiso el director) e inexpresiva interpretacion de Banderas...-, todo eso no es más que el envoltorio necesario para ofrecernos -de modo que no resulte indigesto- esta fábula -atormentada- sobre el deseo y sus límites, sobre la obsesión y la memoria, sobre los frágiles límites de ciertas fronteras morales...

Y es que, en este caso, los saltos temporales del guión de Almodóvar no solo sirven para generar desconcierto y suspense (esa primera mitad de la película donde solo tenemos preguntas sobre lo que vemos), sino -sobre todo- para otorgarnos una perspectiva ética quebradiza, que se rompe y se pliega según avanza el film. De fondo, un macguffin ético (todo un clásico de la ciencia ficción) y un más que eficaz anclaje estético (con Louise Bourgoise como leit-motiv y Gaultier como ejecutor). Por debajo, en la segunda -y auténtica- piel de la historia, circulan la muerte, el olvido, el perdón o la locura. Una locura que tiene en la mirada de Jan Cornet (gran trabajo el suyo) uno de sus puntos más álgidos.

Si buscan una película racional y realista, o si quieren reencontrarse con el Almodóvar alborotado y desmadrado que, a su modo, regresó con Volver, saldrán decepcionados. Pero si son capaces de sentarse en la butaca ante La piel que habito con la misma ingenuidad que Pedro dice haber exigido a Banderas antes de trabajar de nuevo con él, entonces seguro que disfrutarán de la negrura perturbadora de la película. Una historia donde los únicos monstruos son nuestras propias pasiones. Nuestras zonas en sombra. Por eso, supongo, es un film de terror. Porque nada da más miedo como asomarse a abismos de los que preferiríamos no ser nunca conscientes.

15.8.11

Homofobia en sotana

En los dos últimos textos que he publicado -La edad de la ira y Tour de force- se aborda, desde diferentes perspectivas, el tema de la homofobia. Hay quien, en los meses de promoción de la novela, me preguntaba si ese tema seguía estando vigente aún en nuestro país, un país moderno y tolerante con una ley que nos permite casarnos a quienes formamos parte del colectivo LGTB. Y ante esa pregunta, siempre acababa reproduciendo lo que dicen algunos de los personajes -Dani, Álvaro- de mi novela: hay que diferenciar la existencia de la ley de matrimonio homosexual -progresista y valiente- de la mentalidad de un país al que todavía le sigue lastrando el fuerte peso de la rancia moral católica. Basta fijarse en los programas de más audiencia para descubrir que se mantienen vigentes algunos usos casi vetustenses, tales como denunciar infidelidades, forzar salidas del armario y, en definitiva, condenar la vida privada ajena desde una moral tan pacata, beata y retrógrada que desautoriza a cuantos participan en ellos (lástima que, por cierto, haya tantos miembros del colectivo gay en esos espacios haciendo un flaco favor a la causa de la igualdad real).

Esta semana de la JMJ -dejando a un lado el enorme gasto de dinero público que supone el evento, o la cesión de 800 centros públicos, o el uso cortijero de fachadas de edificios públicos -como la Consejería de Educación- para colgar pancartas proselitistas y confesionales, o los cortes de tráfico que nos harán vivir sitiados -literalmente- durante siete días-, tenemos -además- que soportar las declaraciones insultantes y homófobas de la Conferencia Episcopal, tímido adelanto de lo que se supone que el Papa dirá en sus futuros discursos. Tiene gracia que haya que recibir con tantos loores (¿por qué se le trata como si fuera una visita estatal si insisten en que es solo pastoral?) a quien viene dispuesto a atacarnos y agredirnos, por considerar que los avances (aún timidos) hacia un laicismo real son un ataque contra el oscurantismo que él representa.

Por supuesto, hacer cualquier crítica a la iglesia se considera, automáticamente, beligerancia y curas y obispos se amparan en la libertad de expresión para hacer declaraciones como las del portavoz de la Conferencia Episcopal Española (CEE), que califica el matrimonio homosexual de "virus", asegura que "no se puede tratar de forma igual lo desigual" e insiste en que el matrimonio homosexual "es contrario a la razón" (es curioso que se amparen en la razón quienes defienden dogmas de fe totalmente opuestos a todo criterio científico: ¿alguien me explica lo del Espíritu Santo, por cierto?).

Según la iglesia, estas declaraciones no son ni homófobas ni insultantes, tan solo expresan su punto de vista
, una opinión contraria a la ley vigente y que, por cierto, mueve al odio a sus simpatizantes. Es irónico que, debajo de ese supuesto mensaje evangélico de amor al prójimo (¿cómo era aquello de la mejilla?), escondan tanta bilis con la intención de mover a sus masas hacia la homofobia y la discriminación (¿de veras que esto tiene algo que ver con la figura de Jesús y lo que representó en su momento?).

A cambio, eso sí, los ateos no podemos expresarnos, pues automáticamente estamos siendo irreverentes e irrespetuosos, de modo que hemos de permanecer impasibles ante sus agresiones y, además, poner buena cara ante los eventos papales como si este país no fuera un Estado laico y aconfesional, como si no hubiéramos luchado por liberarnos del yugo de la retrógrada moral eclesiástica: esa que prohíbe el preservativo, esa que ampara y oculta casos gravísimos de pederastia en sus asotanadas filas, esa que sigue culpabilizando a las mujeres que deciden abortar, esa para la que los gays estamos enfermos, esa que sigue haciendo presión en las aulas a través de la materia de religión, esa que intenta controlar la enseñanza a través de la concertada, esa que se mantiene férrea en sus principios inquisitoriales y que ha perdido el rumbo en su cruzada antitodo y antitodos. Una cruzada que justifica que nos insulten y que, sin embargo, a nosotros nos impide que un artista pueda exhibir una fotografía como la que censuraron en el Festival de Mérida hace solo unas semanas. Porque decir que un gay es un enfermo es, según la iglesia, solo un ejemplo de libre expresión, pero emplear iconos e imágenes cristianas en una obra literaria o artística es un ataque furibundo contra ellos.

Afortunadamente, ya no pueden quemarnos, pero hay que admitir que la ira de las declaraciones episcopales parece esconder un nada velado deseo de recuperar las hogueras o, por qué no, los campos de concentración para reunir allí a los que él llama "desiguales" y darnos un trato, en sus mismas y fascistas palabras, "desigual", pues lo contario -la igualdad, la tolerancia, el respeto- podría poner en peligro a todos los mercaderes que Jesús en su momento echó del templo y que el Vaticano, raudo y codicioso, corrió a meter de nuevo en él.

Entretanto, los ciudadanos seguimos esperando que alguien se decida a intervenir de una vez y a tomar medidas que separen -por fin- iglesia y Estado. Alguien que deje de tener miedo de la moral de alpargata y rosario que nos rodea y que nos encamine hacia un laicismo real y auténtico, un laicismo donde cada cual pueda tener la fe que desee (no es este un post contra los cristianos -mi propia familia lo es: yo soy, en eso y en casi todo, la oveja negra, por supuesto), un laicismo donde no se imponga ningún símbolo -de la naturaleza que sea- y donde no haya injerencias de quienes atentan contra la Constitución desde sus púlpitos, disfrazando de moralidad un mensaje cargado de odio y de incomprensión.

Un mensaje que, lamentablemente, cala mucho más de lo que queremos creer -basta leer algunos de los tweets que he recibido esta mañana al respecto- y que da alas a esa homofobia latente que -perdonen la automención- critico en La edad de la ira, en Tour de force, en casi todo lo que escribo y que, en cuanto encuentra un hueco, sale a la luz. Esa homofobia tan peligrosa de quienes dicen no tener nada en contra de los gays pero ponen mala cara cuando se aborda el tema de la adopción. Esa homofobia de quienes afirman que lo respetan todo pero te miran con desconfianza cuando saben que tú, un profesor homosexual, eres el tutor de su hijo. Esa homofobia de los que dicen que no están en contra de que nos casemos, sino de que lo llamemos matrimonio, como si pudiésemos contaminar el sustantivo con tan solo tocarlo. Esa homofobia que nos quieren hacer creer que no existe y que no es peligrosa, pero que la iglesia promueve y ante la que debemos estar alerta para seguir avanzando y no dar ni un solo paso atrás.

Por eso, sin duda, estaré en la marcha laica del miércoles 17 en Madrid. Porque estoy cansado y harto de que me insulten impunemente. De que juzguen mi forma de vida. De que quieran devolvernos a la Edad Media o convertir este país en un plató gigante de Sálvame. Porque quiero un Estado laico, una escuela laica, una realidad plural y tolerante, donde cada cual se exprese como quiera sin agredir al otro disfrazando sus patadas y puñetazos bajo una sotana o detrás de un misal. Por eso iré a esa marcha. Porque el laicismo y la libertad solo pueden -y deben- conocer un camino: hacia delante.

14.8.11

El caso Farewell

Hay películas que van a contracorriente. Historias que parecen pertenecientes a otro momento en el que el cine prefería un buen guión y unos personajes creíbles a una planificación espídica llena de acciones que, de puro frenéticas, resultan inverosímiles. Una de esas (agradables) rarezas es la recién estrenada El caso Farewell, film de espías donde se consiguen tres objetivos especialmente difíciles: emocionar y mantener la tensión hasta el final, retratar con interés y de manera sucinta una época especialmente compleja y, por último, emocionarnos con la historia íntima de los personajes que protagonizan la trama. Intrahistoria, en realidad, que nos permite colarnos -como voyeurs o como espías, elijan ustedes mismos- en las vidas de los dos protagonistas: Pierre (Guillaume Canet) y Serguei Grigoriev (Emir Kusturika), ambos espléndidos en sus papeles.

Y es que El caso Farewell no es solo una de espías, sino -sobre todo- un retrato intrahistórico -en el sentido más unamuniano del término- de toda una época, de un momento de cambio esencial para entender qué paso durante la década de los 80 y cómo empezó a transformarse el mundo durante aquellos años. Comparte con otras películas recientes -como La vida de los otros o Goodbye Lenin- su capacidad para resumir muchos datos de forma casi pedagógica -pero sin resultar nunca confusa ni maniquea- y, sobre todo, coincide con ellas en su capacidad para hacernos empatizar con sus personajes, algo clave en esta cinta donde lo contrario habría dado lugar a un film mucho más frío y distante.

El guión, además, de vez en cuando nos sorprende con hallazgos que, como escritor, me parecen más que loables, aciertos como plantear el tema de la mentira y de la confianza desde dos planos aparentemente divergentes y, sin embargo, claramente implicados entre sí en la película: en la vida de pareja y en las labores de espionaje. Verdad y máscara, realidad y trampantojo, el yo y los demás. El argumento transcurre, sin subrayados, sobre binomios que se convierten en interrogantes en la cabeza del espectador al mismo tiempo que siembran dilemas en las vidas de nuestros personajes. El conflicto ético se vuelve político. El drama individual se hace colectivo. Y viceversa.

La dirección de Christian Carion, además, sabe sacar partido de las referencias y elementos culturales y, sin caer en la sensiblería, utiliza con habilidad la música en escenas como la del hijo adolescente Grigoriev cantando Queen a voz en grito o la de su padre reconciliándose con su madre gracias a un viejo disco que les transporta a un pasado perdido y que, sin embargo, sigue siendo su mejor punto de conexión.

No hay grandes giros argumentales y, los que se nos presentan, son tan eficaces como verosímiles. Evitaremos los spoilers -un film como este no los merece-, pero confieso que -soy un ingenuo, lo sé- me sorprendieron los últimos diez minutos de la cinta. Y no hay trampa alguna en ella, solo oscuridades y verdades a medias, ocultaciones privadas y colectivas, imprecisiones que, al final, acaban conformando el puzzle tanto de la intrahistoria -Pierre y su mujer, Grigoriev y su hijo: bravo por la escena desgarradora del abrazo entre ambos- como de -mayúsculas, por favor- los vericuetos de "madrastra Historia", como escribiera el gran Fernando Arrabal en su Carta de amor (como un suplicio chino).

Y mientras la trama de espías avanza y la guerra fría se complica, la película nos regala algunos guiños cinéfilos impagables (fíjense en la más que significativa escena de Liberty Valance que se recoge) y retratos más o menos verosímiles de Reagan, Kruschev o Miterrand. No es fácil evitar lo acartonado en estos casos -que no son, seguramente, lo más logrado de la cinta-, pero sí se aleja de lo esperpéntico y se les presenta, a cambio, con una cierta ironía (muy divertidas las escenas de Reagan viendo westerns clásicos) que recuerda -en cierto modo- al estilo de Frears en The Queen.

Los secundarios rodean con eficacia a la pareja protagonista -especialmente Alexandra Maria Lara e Ingeborga Kapkunaite- y, por supuesto, sería injusto no mencionar la presencia -escueta pero rotunda- de un astuto William Dafoe, cuya (casi única) escena no es solo clave en la resolución de la película -y en su interpretación-, sino que -además- es uno de los momentos más intensos desde el punto de vista dramático.

En definitiva, El caso Farewell es una cinta casi anacrónica -en el mejor de los sentidos- y, seguramente por ello, interesante y muy aconsejable. Porque de vez en cuando está bien echar la vista atrás hacia un pasado que cada vez es menos reciente y, de paso, saber que los espías también tienen vida cotidiana -con dudas, demonios, soledades- y que la heroicidad del día a día no se parece en nada al ágil e invulnerable Bourne, sino a las aristas -dolorosas y trágicas- de esta cervantina pareja -Pierre y Grigoriev- que bien merece que se acerquen, en cuanto puedan hacerlo, a una sala de cine.

13.8.11

Di Di... No, mejor no digas nada


La culpa fue mía, desde luego, pero necesitaba darle una oportunidad a Di Di Hollywood por aquellos tiempos en los que el cine de Bigas Luna al menos sí me interesaba. Gracias al pésimo guión y las inefables interpretaciones (no tengo palabras para lo que vi), conseguí aguantar hasta los títulos de crédito, de modo que puedo hacerles una breve síntesis de su intenso -e inolvidable- argumento. Por supuesto, si desean que no les arruine su (más que previsible) desarrollo, no sigan leyendo, pues esta crónica está llena de spoilers (si es que eso es posible en una película como esta).

La historia tiene como punto de partida un pub en el que Diana y su mejor amiga ponen copas. Ambas sufren muchísimo pues están obligadas a servir cócteles al ritmo de Mónica Naranjo, cuya canción "Amor y lujo" suena en todas las escenas ambientadas en ese marco. Lógicamente, esa repetición obsesiva de los gritos de la pobre Mónica, genera en ellas un transtorno depresivo que, en el caso de la amiga, se manifiesta en su relación destructiva con un tipo llamado David que la maltrata psicológica, física y hasta visualmente, obligándola a verle siempre con la misma camisa, elemento suponemos que simbólico, ya que el personaje no luce otro modelo en todo el metraje.

Diana, harta del single de la Naranjo y de la camisa de su jefe, sale del bar y le dice a su amiga "Mira, me voy a Miami a hacerme actriz". Sí, no exagero, la línea de guión es tal cual acaban de leerla (bueno, tal vez me haya olvidado alguna muletilla). Si esto fuera una parodia de aquella genial comedia llamada Hola, estás sola? (¿recuerdan cuando Candela Peña y Silke se iban a hacerse ricas?) funcionaría, pero lo triste es que aquí se lo toman en serio y pretenden que nosotros hagamos lo mismo. Bien, sigamos.

Llegamos a Miami mientras escuchamos otro sutil tema a todo volumen (la banda sonora no tiene desperdicio), en este caso, La loba, de Shakira. De este modo, el director nos insinúa -por si alguien lo dudaba- que la prota está dispuesta a lo que sea para triunfar. Tras unas cuantas secuencias que parecen un anuncio de "Viajes Halcón: véngase a Miami", la chica empieza a trabajar limpiando en un restaurante, donde hay otro jefe cabrón -más feo aún que el jefe madrileño- que tiene a su vez un sobrino que mete mano a su nueva mejor amiga y por culpa del cual las echan. Fin de la primera parte.

Pero como en todo cuento dickensiano (bueno, ojalá fuera dickensiano, lo he puesto así para aliviar el insufrible maniqueísmo de la cinta), aparece -entre planos de bragas tendidas y chicas orinando sobre revistas: todo muy poético- el príncipe azul de turno. En este caso, un ayudante de dirección que se enamora de ella al ver cómo se cae al suelo (sí, ese típico flechazo), se la lleva a los Ángeles (a ella y a su amiga, claro: ahí es nada) y -tras el nuevo momento de Viajes Halcón: ahora, LAX- decide presentársela al galán latino de turno. Por supuesto, el ayudante de dirección pasa a ser candidato instantáneo al ingenuo más ingenuo del mundo, lo que se pone toscamente de relieve con un nuevo temazo de la banda sonora: Quién es ese hombre, en referencia al galán con el que se lo hará nuestra Diana.

Este affaire -que todos preveíamos, salvo el pobre personaje del ayudante de dirección, la criatura de ficción más simple y tontorrona después de los Teletubbies- conlleva una nueva crisis y eso hace que se busque a un manager cuya caracterización supera lo esperpéntico. A su lado, aquellos gags de Martes y 13 eran ejercicios de nouvelle vague y naturalismo. El manager la obliga a prostituirse para un multimillonario muy cansino que la envuelve en celofán, le pone cinta aislante en lugares íntimos y bebe cerveza a morro en su espalda. Resulta difícil controlar la risa floja ante lo poco creíble del personaje, lo poco creíble de la interpretación de la Pataky (muy mona, sí, pero por favor, que se prepare un poco más antes de seguir dando tropiezos...) y lo poco creíble de la situación.

Un día -sí, uno en que los guionistas se han cansado ya de tanto juego erótico o que al director se le ha acabado la cinta aislante-, ella se topa con un managermucho mejor caracterizado -Peter Coyote- que le promete convertirla en una gran estrella. Y nada, dicho y hecho, en cinco minutos pasa a convertirse en Di Di (sutil metáfora ¿de Pe?) y le buscan un novio gay (sutil metáfora de ¿Tom Cruise?) del que todo el mundo sospecha que es gay, menos ella, claro. Hay rumores en la prensa, en Hollywood, en los programas de corazón, en las peluquerías de su barrio y hasta le ve saludarse afectuosamente con un tipo con un teñido imposible que, con su perrito en los brazos, entra a darle dos besos al actor en cuestión. Pero ni por esas: ella no se da cuenta porque está enamorada de él en tiempo récord.

Entretanto, vemos cómo rueda películas en una sucesión de imágenes que parecen sacadas de alguna parodia del antiguo Homo Zapping y que nos explican cómo ha llegado al estrellato. Si no quieren ver el film completo (cosa que entendería), por lo menos no se pierdan ese momentazo: son cinco minutos de carcajada a mandíbula batiente garantizados. Un día que el rodaje acaba antes de lo previsto, sin embargo, llega la tragedia otra vez a su vida: descubre al novio con el tipo rubio de las mechas en la piscina. Tanto el tinte como la postura de su novio la disgustan muchísimo (es que esas mechas son un horror) y quiere abandonar, pero no abandona porque también quiere ser una estrella. Así que, en pleno conflicto hamletiano, llama a su madre que se va con ella a mimarla.

Mientras, por cierto, la amiga madrileña sigue escuchando a Mónica Naranjo con su novio, el capullo de la única camisa, e intenta verla sin éxito. Ni siquiera cuando Di Di viene a Valencia a presentar su última película es capaz de tener un minuto a solas con su antigua mejor amiga, así que se emborracha y la atropella un coche. Di Di se entera, llora y dice que no quiere ir ahora al estreno, pero al final va y vemos una nueva metáfora sutilísima de lo sola que está cuando sale sola -curiosamente- de la proyección y camina -sola- durante los últimos minutos de película.

Toda una epopeya -agradezcan que he sido breve, podía haberles dado más detalles- que desaprovecha un tema que ha dado grandes películas a la historia del cine. Resulta difícil de creer que un director tenga tan poco que contar sobre su mundo o, cuando menos, que lo cuente de manera que resulte tan ridículo, irrisorio e inverosímil. En fin, seguiré recordando a Bigas Luna por los títulos que me hicieron interesarme por su mundo creativo y que, desde luego, no tienen nada que ver con... esto. Sea lo que sea.

2.8.11

El hombre de al lado


Hay películas incómodas. Perturbadoras. Inquietantes. Películas que nos hacen mirarnos desde ángulos demasiado próximos -y reconocibles- como para no despertar en nosotros una cierta angustia. El hombre de al lado -sorpresa argentina del año- es uno de esos títulos, un film de ritmo pausado y denso donde se diseccionan, con humor ácido y pulso firme, muchas de las contradicciones y vacíos de la vida contemporánea.

Su protagonista (Rafael Spregelburd) es un arquitecto de éxito que vive con su familia en una magnífica casa diseñada por Le Corbusier. Una construcción perfecta -evidente metáfora de su vida burguesa, de diseño y supuestamente feliz- que ve su armonía amenazada por la presencia de un nuevo vecino (Daniel Aráoz), un peculiar vendedor de coches usados empeñado en abrir una ventana frente a la casa del arquitecto para poder robar, en sus propias palabras, "unos rayos de sol".

La ventana -que nos lleva una y otra vez a Hitchcock, cómo no- se convierte no solo en el quid (literal y físico) de su disputa, sino también en perspectiva y punto de vista desde el que miraremos y seremos mirados. Observaremos la vida ajena y dejaremos -culpa de los hábiles guionistas- abiertas las grietas en la nuestra, convirtiéndonos en espectadores -tal vez, más lúcidos de lo que nos gustaría- de nuestro día a día.

La dirección de actores, impecable. La planificación, inteligente. Las imágenes, capaces de retratar con pulcra elegancia el desmoronamiento de esa vida perfecta en la casa perfecta con la familia perfecta. Un desmoronamiento sangrante y, a la vez, invisible, tanto como para que al final -en el fondo- parezca no haber pasado nada., O quizá es que, aun cuando sucede, el diseño es capaz de camuflarlo todo.

Algún momento de trazo más grueso -como la "conjura" new-age de la Blackberry o la audición de música indie-, pero siempre contrarrestados tanto por su eficacia humorística -la caricatura funciona realmente bien- como por la veracidad interpretativa de su tándem protagonista -espléndidos Rafael Spregelburd y Daniel Aráoz-, que llenan de matices y complejidad a sus personajes. Sin su aliento de autenticidad, sin su amargura, sin su vis cómica, puede que el film no funcionara con la misma eficacia, porque la estructura -y la metáfora- podría con su contenido, conduciendo la narración hacia lo grotesco y, sobre todo, hacia lo evidente.

El final -imposible no acordarse de los últimos planos de la Tristana de Buñuel, donde el teléfono jugaba un papel tan importante como lo hace en este caso- es, quizá, precipitado. Pero, precisamente por ello, cae con fuerza sobre el espectador. Como un mazazo. Un golpe que nos obliga a posicionarnos en uno de los dos lados de la ventana, preguntándonos a quién hemos estado mirando y, sobre todo, qué queremos ver (o no) al salir del cine. Porque cuando se encienda la luz puede que sigamos con esa casa -y esos muebles perfectos en armonía perfecta- en la cabeza. Incluso que nos sigamos riendo con alguno de sus gags (magnífica la discusión conyugal sobre los "piquitos", las escenas con la hija adolescente lobotomizada por su i-pod o la cena de amigos snobs y gafapastas). Pero, sobre todo, puede que sigamos con otros momentos mucho más sutiles en la cabeza, momentos hechos de silencios o de arrebatos de ansiedad que estallan sin piedad dentro de un coche donde todo, salvo las emociones del protagonista, es de luxe.

Una película valiente, conscientemente antipática y llena de huecos desde los que nos invita a jugar a ser voyeur de vidas ajenas y propias. Si les gusta el cine de verdad -el de actores entregados, el de directores con cosas que decir, el de guionistas nada complacientes-, vayan a verla. No se arrepentirán de haberlo hecho (o, mejor dicho, tal vez sí... pero, igualmente, me lo agradecerán).

29.7.11

Beginners

La etiqueta de "cine indie" suele provocarme ciertos reparos. Demasiados tics reconocibles -más o menos fáciles de imitar- y demasiadas historias un tanto banales que se refugian en la excusa referencial de la nouvelle vague para ocultar su vacío narrativo.

Sin embargo, no es este el caso de Beginners, una de las sorpresas más gratas -y más emotivas- de la temporada. Supongo que, en gran parte, esa capacidad de emocionar al público -en mi caso lo consiguió- viene del hecho de que se inspira en una circunstancia absolutamente personal de su director (y guionista), quien -con carácter casi autobiográfico- ha construido dos personajes muy creíbles en el padre (Christopher Plummer) y su hijo (Ewan McGregor, su evidente alter ego). A este tándem impecable se le une una magnética Melanie Laurent que, pese a jugar con el personaje menos dibujado de los tres (nos quedamos con ganas de indagar más en su vida y en su pasado), sabe explotar la química -brutal- con McGregor y regalarnos una protagonista femenina vulnerable e independiente, una de esas composiciones de caracteres en las que se puede caer fácilmente en el tópico y que, sin embargo, aquí funciona más bien.

En cuanto al argumento, la película parte de una premisa (casi un McGuffin) que, en el fondo, no es más que una excusa para hablar de un tema mucho más universal y reconocible: el derecho de empezar otra vez, la necesidad de reinventarnos, la dificultad para abandonar las máscaras y los prejuicios que el tiempo va construyendo sobre nosotros mismos. La fábula se edifica en una anécdota chocante (el padre, a sus 75 años y tras quedar viudos, le confiesa a su hijo su homosexualidad y sus ganas de tener un primer novio), pero ese punto de arranque no es más que la excusa argumental para hilvanar un relato sobre cómo nuestras vidas son el resultado de un montón de decisiones que no nos competen -el lugar donde vivimos, el tiempo en que lo hacemos, la gente que nos educa y nos rodea-, y quizá por eso funcionan también los insertos contextuales -nada accesorios- que nos ubican y nos explican a los tres personajes.

Así pues, Beginners nos presenta una historia donde no ocurre nada especialmente destacable (la vida suele tener mucho de eso: ahí sí se nota el aliento de la auténtica nouvelle vague) y con una estructura discontinua que nos permite bucear -casi como si de un psicoanálisis se tratara- en la mente del protagonista. De su mano, haremos un recorrido por temas tan diversos como la dificultad para mantener una pareja -los miedos de toda una generación de treinteañeros entre los que me encuentro- o la historia del colectivo homosexual durante el siglo XX y su lucha por una visibilidad que aún hoy sigue siendo un objetivo no conseguido en la medida en que debiera serlo.

Con capacidad para arrancar sonrisas y pequeños grandes hallazgos (COMO los flash backs centrados en la madre y en su soledad, o los dibujos del personaje de Ewan McGregor, o el primer encuentro McGregor y Laurent, o las discusiones de pareja silenciadas por la música que se transforman, ipso facto, en un diálogo universal...), Beginners es una de esas películas pequeñas, sinceras y personales que emocionan porque están llenas de verdad. Una verdad tan liviana y tan trágica como la vida misma, como el miedo que todos sentimos cuando alguien nos invita a despojarnos de los escudos en los que nos amparamos para que demos un salto hacia un nuevo lugar. Hacia algo que a veces nos empeñanos en no ser y que, en esta película, todos intentan alcanzar. Véanla...

26.6.11

Last night

Cada cierto tiempo surge una nueva versión de Breve encuentro. La obra de Lean -una de las historias de amor más emocionantes de la historia del cine- ha dejado su huella en numerosas películas (Los puentes de Madison, Antes de amanecer, Deseando amar...), en las que los guionistas y directores han incorporado el signo de sus respectivos tiempos, dejándose llevar por influencias e ingredientes diversos que son los que acaban dando personalidad al producto final. En el caso de Last night (torpemente traducida al español como Solo esta noche) el breve encuentro -protagonizado por unos inmensos Keira Knightley y Guillaume Canet- parece cruzarse con Closer, aunque -afortunadamente- huye de los excesos verbales del segundo y sabe dejarse llevar, en sus mejores escenas, por los excesos sentimentales del primero.

No es una película redonda, ni siquiera equilibrada (pues la pareja Mendes-Worthington funciona mucho peor -tanto en el guión como en pantalla- que la de Knightley-Canet) pero no se puede negar a su director la capacidad para crear una atmósfera envolvente (esa noche urbana en la que todo queda tan desdibujado como intensificado al mismo tiempo) y, sobre todo, la habilidad de guionistas e intérpretes para conseguir que nos creamos esa fábula, donde no se cae en el moralismo habitual del cine norteamericano (gracias) ni en la pedantería del último cine conyugal francés. Diálogos, miradas, gestos y situaciones que podemos entender, reconocer y, sobre todo, que nos hacen entrar en la historia como un personaje más, aunque nos agazapemos tras las siluetas de esos cuatro protagonistas a los que les pasa algo tan sencillo -y tan complicado- a la vez como el tiempo, o como el deseo, o como la rutina.

Tampoco encontramos aquí situaciones tan inverosímiles como las de la sobrevalorada Closer, donde todo me resultó falso y teatral (en el peor de los sentidos), pero sí pequeños guiños a nuestras propias realidades cotidianas, en un film de ritmo pausado y, por supuesto, previsible, como lo es todo en la vida real. Previsible porque sabemos que cualquier indicio de pérdida del equilibrio puede conllevar un cambio de rumbo y, por tanto, un interrogante o una decisión. La fábula se adereza con algo de Schnitzler y su Ronda, con un Nueva York lleno de rostros posibles y de reencuentros fugaces, y con unos personajes que recuerdan más a los adolescentes de Antes de amanecer que a los adultos de Deseando amar, quizá porque en Last night se respeta el espíritu de estos tiempos, donde el síndrome Peter Pan ha calado hondo entre la generación de los treinta y... (entre la que me cuento), una generación que se ha decidido a probar suerte en la vida adulta aun cuando nos persigan -y de qué modo- los fantasmas adolescentes.

No es una película que admita una disección excesivamente racional -pues caeríamos en analizar lo ramplón de su estructura o lo pobre de algunas de sus situaciones- pero sí invita a dejarse llevar por las sensaciones que transmite, por algunas líneas de diálogo realmente interesantes y, sobre todo, por el juego -morboso y casi próximo al thriller- que se va estableciendo en la pantalla. Un juego que puede llevarles a un jugoso debate a la salida del cine, pues sus autores tienen el buen gusto de abandonar la partida en un momento álgido, sin hacer valoraciones sobre los contendientes y, sobre todo, sin subestimar nuestra inteligencia como espectadores.

En estos tiempos de cine de superhéroes, magos, osos panda expertos en artes marciales, solterones borrachos en juergas reincidentes y otros personajes de igual -ejem- calado psicológico..., se agradece toparse con un film adulto, sutil y, a su modo, sugerente. Lástima que estemos tan lejos de la alegría sexual del cine de los ochenta y no haya ni un solo polvo en condiciones en toda la película. Es curioso que el erotismo se haya tenido que refugiar en la televisión -menos mal que nos quedan las grandes series- ante el puritanismo visual de un cine que no tiene reparos en mostrarnos la más horrible de las violencias pero que huye, conservador y timorato, de algo tan hermoso como el sexo. Pese a todo, este paseo por Nueva York y Filadelfia sí merece la pena. Una escapada nocturna -llena de preguntas y puntos suspensivos- desde este caluroso Madrid estival.

1.5.11

No tengas miedo

Hay que ser valiente -y coherente con uno mismo- para apostar por una película que se aleje, por completo, de los requisitos actuales de lo comercial. Una película que escoge un tema incómodo, que evita la catarsis facilona, que no se acerca a los caminos narrativos del melodrama para aproximar el argumento a un público mayoritario y que, además, escoge la elipsis y la introspección psicológica por encima del morbo para contar su historia.

Así de dura, de minimalista, de sincera es No tengas miedo, una de las grandes películas españolas del año, porque no se trata solo de (buen) cine comprometido (y llámenme antiguo, pero como autor y como lector y espectador reivindico -y cada vez más- la necesidad del compromiso) sino porque crea un conjunto de personajes de psicología compleja, elaborada y llena de matices. Y lo hace sin infantilizar ni subestimar al público, sin masticar todo lo que se nos quiere contar, sin ese horror vacui tan propio de la literatura y el cine actuales, donde parece que a los creadores les aterra que seamos nosotros, los receptores, quienes completemos los huecos de la trama.

Por eso, supongo, cada uno de los saltos temporales del film lo enriquece aún más, espacios en blanco que vamos construyendo a medida que se nos dan nuevas claves en una película sin trampas, sin golpes de efecto, sin apenas diálogo. Escenas y planos conmovedores por su elegancia, por el punto de vista, por la selección de la perspectiva -la de Silvia y la de su mirada, magníficamente interpretada por sus tres actrices- que nos conduce a través de la narración.

¿Escenas climáticas? Alguna podría considerarse como tal -la comida con la madre es, sin duda, difícil de olvidar: por cierto, qué gran trabajo de Belén Rueda y de Lluis Homar-, pero no se trata de buscar el momento cumbre en una cinta donde todo es igual de claustrofóbico, de oscuro, de asfixiante. La vida real no está compuesta al modo de las tópicas recetas argumentales hollywoodienses, por eso esta película tiene más de nouvelle vague bien entendida que de cinta morbosa al uso. Y podría haberlo sido, porque el tema da para ello. Porque cuenta con un reparto tan eficaz como conocido. Sí, podría haberse optado por llamar la atención de prensa y público a través de escenas obvias y de vericuetos de guión menos naturales.

Pero entonces ya no estaríamos ante la gran película que es No tengas miedo. Un título que podríamos aplicar a su creador, Armendáriz, que tampoco le ha tenido miedo a hacer una película fuera de toda moda, una película que incomoda, que plantea interrogantes, que no tiene prisa por narrarnos la vida de Silvia, que nos hace sentir parte de su camino, cargando con su secreto igual que carga con el violonchelo que la acompaña en una ciudad donde no hay lugar donde esconderse del terror, de la pesadilla de cada nueva noche, de la perversidad que encierran los cuentos infantiles cuando las sombras saltan de sus páginas e invaden todos los rincones de la habitación.

Aún impresionado por algunos planos de dura belleza -Silvia sentada tras el sofá, Silvia sentada tras los coches, Silvia esperando a que su madre vuelva del baño tras una conversación imposible, Silvia dejando un post-it en su chelo...-, pienso -egoístamente- que si tuviera que elegir un director para una hipotética adaptación cinematográfica de La edad de la ira, elegiría la sensibilidad y el compromiso de Armendáriz, porque creo que su película nace de la misma necesidad de gritar que hizo que surgiera mi novela. Una necesidad que no tiene nada que ver con lo que editoriales y productoras nos aconsejan, nos piden, nos demandan. Con lo que consideran comercial y vendible. Con lo que se demanda en estos tiempos donde parece que lo fácil y lo infalizado están en el top de lo más visto y de lo más leído.

Afortunadamente hay directores que no tienen miedo a desafiar esos preceptos y por eso, de vez en cuando, podemos asistir como espectadores a películas tan grandes -y tan importantes- como esta. Bravo por ello.

6.3.11

Pa negre: dura e imprescindible

Para todos aquellos que anden mal de tiempo, haremos un brevísimo resumen de contenido de este post:

1. PA NEGRE: Imprescindible. Corran a verla si aún no lo han hecho.

2. LA EDAD DE LA IRA: Continuamos con la autopromoción y les recomendamos que lean la nueva crítica que ha aparecido en la revista on line EL PLACER DE LA LECTURA. Si no lo han hecho todavía, cómprenla (aquí pueden hacerlo, por ejemplo). De lo contrario, el autor de este blog podría entristecer, enmudecer y dejar de sentir la necesidad de seguir posteando...¿No les parecería terrible? Bien, pues evítenlo.
Y ahora, empecemos.
Confieso que no tenía pensado ir a ver Pa negre. Siento cierta aversión por el tema de la guerra civil-posguerra en cuanto género narrativo existe, ya sea novela, ya cine, ya televisión. Sin embargo, la lluvia de Goyas hizo que me picara la curiosidad y, al final, me acerqué a verla, no sin cierto escepticismo (lo confieso).

Desde la primera escena -tan terriblemente dura como excelentemente narrada- uno tiene claro que no se encuentra ante la enésima recreación del mismo tema, sino ante un film de una personalidad tan honda y tan oscura como la realidad que nos cuenta. Una película sin buenos ni malos, donde todo es gris, ocre, confuso, tan impenetrable como el bosque y las cuevas donde viven las leyendas y los fantasmas de un pasado demasiado reciente como para no dejar su huella en los personajes que recorren esos parajes.

Interpretaciones inolvidables -bravo por la madre del protagonista, bravo por el padre, que bien hubiera merecido otro Goya por la dificultad de su personaje- y un guión que nos cuenta un tema clásico de la literatura universal -la pérdida de la inocencia- desde un ángulo absolutamente personal e incómodo, un ángulo que nos hace ver hasta qué punto somos culpables y responsables de los monstruos que nosotros mismos alimentamos en ese afán por ocultar verdades de las que es necesario escapar si queremos que no se pudran en nuestro interior. Y en el de quienes nos rodean.

Película llena de momentos de dirección que, pese a ser arriesgados, funcionan dentro de ese marco poético-simbólico de la infancia y que chocan con la brutalidad y la violencia de ciertas escenas. A fin de cuentas, no hay nada tan cruel ni tan mágico -al mismo tiempo- como la infancia, como los cuentos de hadas, donde los bosques ocultan monstruos y el final feliz no siempre es tan feliz como creíamos cuando éramos pequeños.

Mientras escribo estas líneas pienso en El laberinto del fauno y me doy cuenta de que ambas películas -pese a sus múltiples diferencias- tienen ciertos puntos en común. Sin embargo, Pa negre es excepcional porque sabe incluir lo mágico dentro de lo más sórdidamente real, porque no cae en la pintura maniqueísta, porque no nos trata como espectadores infantiles, porque no nos hace ni una sola cesión, porque no nos deja de sorprender en su desarrollo, porque no nos ahorra ni una miseria de sus personajes, porque no nos divide el mundo en héroes y antihéroes, porque no necesita efectos especiales ni faunos para dejar que la leyenda e incluso lo fantasmagórico se cuelen en una película eminentemente realista, porque no emplea escenas amables -como las que se incluyeran en la, sobrevalorada, Secretos de corazón- para endulzar una trama que ha de ser tan agria y tan dura como el alimento que le da título, porque no sobra ni un plano, ni una frase, ni una mirada, porque sus símbolos -los pájaros, las alas, ese altillo que recuerda a su manera a las palomas de Colometa y Quimet en La plaza del diamante- están cargados de una semántica sencilla pero nunca de trazo grueso, porque su final es uno de los mejores que he visto en mucho tiempo. Un final de esos que no se olvidan y cuyo efectismo reside en lo bien escrito-rodado-interpretado que está, no en la banda sonora, ni en ningún travelling sonrojante, ni en ningún giro de guión simplista y supuestamente revelador.

Bravo por el equipo, por su director, por su guionista. Bravo porque consiguieron no solo emocionarme, sino que saliera corriendo a comprar la novela de Emili Teixidor en un Vips, y aquí la tengo, esperando ser leída para emocionarme de nuevo con una historia que no es otra de la guerra civil. Que es mucho más que eso, porque lo que cuenta podría ocurrir en cualquier tiempo y en cualquier lugar. Lamentablemente.

Por una vez, los Goya aciertan dando una nueva vida a una película que la merece. Ojalá sea tan larga como su éxito -sin marketing, sin publicidad, sin nada más que talento y esfuerzo- merece.

1.3.11

El pesado del tío Oscar

Empecemos por orden: ¿Te has comprado ya La edad de la ira? Ya sabes, la novela (estupenda, para más señas) que acabo de editar con Espasa. Si la respuesta es sí, sigue leyendo. Si la respuesta es no, corre a comprarla (o hazlo on line) y luego, sigue leyendo.
Bien, aclarado este pequeño pero esencial punto, pasemos a comentar de modo esquemático la gala de los Goy..., perdón, de los Oscar, que de puro cutre casi las confundo.

1. Gracias a James Franco y a Anne Hathaway por demostrarnos que son tan sosos como intuíamos. A él, hasta puedo perdonarlo por el mero hecho de que participó en mi querida Milk. A ella, pues básicamente, no puedo perdonarla. Además, darling, da igual cuantos vestidos te pusieran, sigues teniendo los labios más extensos y aterradores de todo Hollywood. Alguien debería explicarme qué ven en esta chica, porque me resulta tan incomprensible como el misterio de la existencia de Sandra Bullock.

2. Gracias a los guionistas por hacernos echar de menos cualquier otra gala anterior. Personalmente, he tardado tres días en ver el evento, pues lo pusiera a la hora a la que lo pusiera, acababa dormido gracias a la falta de ritmo, la pedagogía facilona, la ausencia de gags inteligentes y la presentación monótona de cada uno de los premios.

3. Gracias a Josh Brolin y a Javier Bardem por ese look con el que salieron a entregar un Oscar. Sigo sin saber si era por exigencias del guión, si era una broma privada, si era una coña de algún guionista daltónico o si simplemente querían afear a nuestro galán ibérico al que, por cierto, la paternidad le ha puesto un poquito fondón. Menos mal que luego salieron los atractivísimos Jude Law y Robert Downey Junior a solucionar el desaguisado.

4. Gracias a los premiados por sus discursos aburridos hasta el dolor, con mención especial a las sosísimas actrices (Portman, nena, ¿tantos años de carrera para ese soserío?) y a Aaron Sorkin (con lo brillantes que son tus guiones, ¿no podías preparar algo interesante que decir para ese minuto de oro?). Solo salvo la breve alusión crítica de los autores de The inside job y la ironía británica del guionista de El discurso del rey: su historia me parece tramposa, floja y previsible, pero solo por su divertido agradecimiento, le premiaría otra vez.

5. Gracias a quienes decidieron que el guión de Toy story 3 debía competir en la categoría de guión adaptado, por ser "una adaptación de las dos películas anteriores". Evidentemente, el concepto de secuela es algo que no han dominado aún.

6. Gracias a la Academia por nominar siempre su cuota de filmes gays para tenernos a todos contentos aunque luego, a menudo, no se lleven nada. Tras aquel robo flagrante del oscar a Brobeback Mountain (una joya que crece con el paso del tiempo), no debería extrañarme nada, pero no entiendo que no se premiara ni una sola de las interpretaciones de la simpática The kids are all right, donde la Moore y la Benning le dan sopas con ondas a la sobreactuadísima Natalie del tostón cisne-gótico. Por cierto, que Ruffalo, además de hacerlo genial en el film, también estaba guapísimo en la gala. Otro nombre a seguir.

7. Gracias a Celine Dion por seguir estirándose la piel siguiendo fielmente el modelo Cher y haber asumido ya que su música es la idea para acompañar el in memoriam, de puro vibrante y divertida. Confiamos en que la crisis del actual mercado musical le impida regalarnos nuevos temas en un futuro próximo.

8. Gracias a los académicos por demostrar su falta de criterio al dejar de nuevo sin premio a Fincher, uno de los pocos directores capaces de cambiar de registro -casi siempre, para bien- y responsable de algunos de los mejores filmes norteamericanos de los últimos años. Que La red social se fuera casi de vacío es tristísimo, la verdad.

9. Gracias por seguir subestimando la animación como un género menor al que se le da el Oscar Pixar de todos los años, pero al que se le niega -en el fondo- una competición real con el resto de largos. De lo contrario, es inexplicable que ninguna peli de Pixar haya sido ya galardonada con el de mejor película, así, a secas.

10. Gracias Billy Cristal por regalarnos un monólogo plúmbeo y aburrido que él debía considerar muy gracioso. Y gracias por intentar robar el protagonismo a los ya de por sí invisibles presentadores. A años luz estuvo del carisma que, por ejemplo, la Sardá demostró en su paso por los Goya. Por cierto, el que le pone el botox a Billy Cristal debe de ser su peor enemigo, porque cada día se parece menos a sí mismo y más al muñeco de Michelin.

11. Gracias a Penelope Cruz por ese vestido tan estupendo que, menos mal que la chica es guapa, nos recordó los saldos de nochevieja de Lefties. Las joyas Chopard, al menos, disimulaban la desacertada elección. Nos queda el consuelo de que por lo menos, Pe siempre será Pe, en vez de ser Mo. Y eso, ya es algo.

12. Gracias a Kirk Douglas por ser quien es y por regalarnos el único momento real y mínimamente curioso de la noche. Además, fue el único veterano que consiguió hablar, no como el patético momento en que se les negó la palabra a personajes de la talla de Eli Wallach o Coppola (aunque tras su Tetro es comprensible que nadie quiera que vuelva a abrir la boca).

13. Gracias a Hugh Jackmann por ser, por ir, por dejarse sacar en primer plano, por hacernos desear que la gala sea siempre suya y, sobre todo, que siga rodando películas de superhéroes en camiseta. Esto último por encima de todo, claro está.

14. Y gracias, por supuesto, a los presentadores de la gala en el Plus, siempre dispuestos a batir el record de insulseces, obviedades, chistes malos y comentarios vacuos que se pueden emitir en televisión. Diría que se dedicaran a otra cosa, pero luego les da por escribir novelas como la de la Siñeriz -os ahorro el título, que bastante tenemos con lo que tenemos- y, en fin, tampoco creo que nos merezcamos ese castigo... Que sigan con los Oscar, total, para lo que hay que ver.

Dicho lo cual, desconecto y me voy a ver alguna serie que merezca la pena. Esto, por supuesto, no incluye ni El barco ni Ángel o demonio, dos -ejem- productos que se merecen todo un post para ellos solitos...

26.2.11

Cisne negro

Al fin encuentro un momento -breve, no se crean- para poner al día -tampoco mucho, no les voy a mentir- este espacio virtual.

En primer lugar, empezaré por cuestiones realmente urgentes: si aún no han comprado mi novela, La edad de la ira (Espasa), corran a hacerlo. Y si necesitan argumentos (aparte del chantaje bloguero-emocional) para hacerlo, léanse por favor este otro post en el blog que mi otro yo (Eso de la ESO).

En segundo lugar, hoy nos vamos a dedicar a comentar -es un decir- una de esas películas que se llevan Oscar sin haber hecho nada para conseguirlos y que, por supuesto, ustedes están en su derecho de amar e incluso de venerar. Yo, por mi parte, voy a dedicarme al noble arte de la sinopsis y el comentario, así que si no la han visto, no sigan leyendo, no vayan a toparse algún spoiler.
Pues bien, la película en cuestión es Black Swan, película sorprendentemente bien traducida como Cisne negro. El film en cuestión es una versión seria de Showgirls, solo que sin la gracia de Verhoeven y con unas actrices que ponen cara de estar haciendo algo super importante cuando se están limitando a regalarnos una versión gore de ese cine bitchy de toda la vida.
En teoría, aquí deberíamos hablar del poderío visual de las imágenes, de las metáforas, de cómo la vehemencia del director arrasa con todo -incluida la verosimilitud-, de lo estupenda que está Natalie Portman... Y sí, hablaríamos de todo eso si:

a) Si los personajes no fueran tan pobres, planos e insoportables: la Portman -y mira que la adoro- nos regala su papel más ñoño y plomizo consiguiendo resultar casi tan insoportable como la niña del último Coen; la rival -muy sensual, desde luego- tiene el mismo papel que la rubia que bailaba con Sharon Stone en Instinto básico -esto es, ninguno: solo sirve para calentar al personal-; y Cassel, en fin, pues da auténtica pena ver los esfuerzos que hace para que nos creamos que es un coreógrafo y antiguo bailarín (por no hablar de la química -cero- con la protagonista).

b) Si en esa galería de anodinos secundarios -qué desperdicio salvar a la Ryder de la cleptomanía para eso- se hubieran molestado en darle más papel -y más planos sin camiseta- a Benjamin Millepied, cuyo personaje se limita a marcar brazos (algo es algo) pero poco más.

b) Si el guión no se limitara a plagiar ideas mil veces vistas, desde el gusto por la automutilación que nos contaran -con mucho más talento- en La pianista, hasta la autoexigencia que nos destruye, pasando por los momentos Carrie de la madre -hilarante la masturbación entre peluches: me reí más que con Avenue Q- o los homenajes Eva al desnudo -más cercanos a Burlesque que a la de la Davis- de las bailarinas en el camerino.

c) Si las frases y las escenas no estuvieran tan mal escritas que acabaran produciendo risa -momentos como el de la Ryder y la lima de uñas hubieran quedado perfectos en Tu madre se ha comido a mi perro-, en lugar de comunicar todo cuando supuestamente quieren comunicar.

d) Si no se abusara del pobre Tchaikovsky y los bailes no estuvieran rodados de manera entre espídica y alucinógena, como si hubiera sido dirigida por Danny Boyle con unas cuantas copitas de más.

e) Si no fuera todo absolutamente previsible, anodino y aburrido, regalándonos un cóctel de pelis que ya hemos visto y a las que esta no aporta absolutamente nada nuevo.

f) Si no se tomara tan en serio a sí misma y tuviera una cierta ironía que nos permitiese creernos algo de lo que pasa en la pantalla, en vez de hacernos caer en la cuenta de lo vacuo y lo simple de la propuesta.

En fin, que estamos ante un año de oscarizables mediocridades -el discurso del rey simplón y atontado, el western correcto pero poco arriesgado de los Coen, el cisne alucinógeno y esquizoide...-, donde las pelis realmente interesantes siguen lejos de aparecer por la ceremonia. O, peor aún, lejos de las salas de proyección, como esa inquietante, hipnótica y fabulosa Animal Kingdom que apenas tuvo público y que es, sin duda, lo que más me ha gustado en el cine en estos dos meses.

En breve, si las labores de promoción me lo permiten, destripamos alguna peli más. Entretanto, corran a comprar mi novela. He dicho ;-)

1.2.11

Videotráiler de LA EDAD DE LA IRA


El mejor videotráiler posible para mi novela... Es estupendo poder celebrar su lanzamiento (¡este mismo viernes, La edad de la ira ya estará en librerías!) acompañado por el entusiasmo de mis alumnos (los estupendos actores de este corto) y por el cariño de los amigos y compañeros que en él colaboraron. Supongo que este vídeo es la mejor prueba práctica de que la motivación sí es posible, de que nuestros chicos están deseando dar, aportar, ofrecer, de que se pueden conseguir grandes pequeñas cosas con el refuerzo positivo y el trabajo en equipo.
En breve, en este enlace de Espasa podréis ver el resto de los cortos que rodaron mis chicos. Es imposible agradecerles todo el cariño y el esfuerzo que pusieron en ello. Solo sé que para mí, el día del rodaje, fue uno de los mejores de este curso. De todos los cursos...

9.1.11

El sexo que sucede


EL SEXO QUE SUCEDE
con SILVIA LÓPEZ-ORTEGA y PALOMA APARICIO

Luces: NURIA JIMÉNEZ COBO
Sonido: ALBERTO LÓPEZ

Texto y dirección: FERNANDO J. LÓPEZ

SALA NUDO TEATRO
(C/ La Palma 18 - Metro Tribunal)

Miércoles 12, 19 y 26 de enero - 21 h.
Entradas en ATRAPALO.COM y en ENTRADAS.COM

Mas información en esta página de Facebook. Por cierto, se agradecen todos los clics en "Me gusta". Cuantos más, mejor ;-)

¡Os esperamos!

8.1.11

Razas

El compromiso no está de moda. El teatro, el cine y la literatura de tesis no se llevan (a pesar de que gente como Iciar Bollaín vayan contracorriente con filmes tan estupendos como También la lluvia). Todo lo que no sea exceso, hipérbole, agresión o melodrama (la Balada triste de... aquí ya comentada es un claro ejemplo de todo ello) se queda al margen en un panorama cultural donde la crítica se deshace en halagos ante el histrionismo camuflado de modernez y ataca con saña la palabra bien escrita, el texto bien ponderado, la oración sensata y, sobre todo, calculada.

Por eso, supongo, se ha recibido con tan poco entusiasmo crítico este último Mamet, un espectáculo cuyo título es tan sinóptico y rotundo como su propio contenido: Razas. Nada se oculta -salvo un desenlace que no pretende ser tan original como aparenta: no lo necesita- en este tablero de ajedrez -blanco, negro, negro, blanco- donde las palabras son auténticas balas que nos obligan -horror- a debatir, a dudar, a posicionarnos.

No se trata de personajes redondos en el sentido psicológico del término, tampoco lo eran los inolvidables perdedores de Glengarry Glenn Rose, sino de logrados arquetipos -¿qué son, si no, las piezas del ajedrez?-, solo que esos roles están llenos de aristas, de claroscuros, de complejidades. Ambiguos y en una posición moral tan indefinible como la que ocupamos cada uno de nosotros. Esa posición que se llama vivir y que tiene que ver con asumir miedos, prejuicios, barreras. Ese lugar del que es necesario salir para lograr que el entendimiento sea real y no una mera cortesía políticamente correcto.

Honestamente, me pregunto si quienes han dicho que Mamet "no daba en el blanco" con esta obra, son conscientes de lo difícil que resulta escribir un diálogo tan ágil, tan vivo, tan brutal. Como autor, no podía dejar de admirarme ante su talento para hallar siempre la dosis verbal justa, incluso cuando cae en el exceso, porque domina el ritmo, el tempo, la velocidad. Porque Mamet es un animal de teatro y no necesita caer en rarezas ni en filosofías pseudomodernas para demostrar nada. Porque tampoco necesita descuartizar animales en escena ni rociar sangre sobre sus actores, porque no es Rodrigo García (menos mal) ni nada que se le parezca. Porque es teatro de tesis, como su título, como casi todo en la literatura de Mamet.

Y ante un reto textual como este, nos encontramos en el Matadero con una dirección precisa, adecuada y, sobre todo, coherente. Un director que, ojalá hubiera muchos más así, no necesita imponerse al texto ni epatar a nadie, sino que lo respeta y lo presenta desde una cierta humildad, dándole aún más valor a cada línea, coreografiando de forma casi imperceptible los movimientos y logrando una puesta en escena tan dura como estética, tan brutal como elegante. Violento y matemático, igual que el ajedrez. Bravo, pues, por su labor. Y por su inteligencia.

Pero ese tablero no sería tan brillante si no tuviera un cuarteto de actores capaces de volverse peones o alfiles según el momento. Todos ejercen bien su papel -sí-, pero sería injusto no aplaudir especialmente a un Toni Cantó sorpredente y magnético, un actor que se ha hecho a sí mismo tras muchos años de gira en gira y que, lo confieso, me sorprendió. No puedo evitar admirar a la gente que, sin grandes comienzos, consigue llegar a una posición más que respetable. Es una gozada escuchar su personaje y dejarse arrastrar por él. Además, con los años está cada vez más interesante. Y más guapo.

Aparte de este pequeño guiño frívolo -uno es humano, qué quieren que les diga-, Razas es un montaje más que recomendable (aún están a tiempo), como demuestra el aplauso cerrado, firme, extenso que le dedicó el público asistente al reparto en la función a la que yo acudí. Según la crítica -mucho más interesada en cansinos espectáculos que recuerdan al teatro setentero- Mamet no dio en el blanco, pero es que aquello -como el público entendió con facilidad- no era un juego de dardos, sino una fascinante partida de ajedrez.