8.1.11

Razas

El compromiso no está de moda. El teatro, el cine y la literatura de tesis no se llevan (a pesar de que gente como Iciar Bollaín vayan contracorriente con filmes tan estupendos como También la lluvia). Todo lo que no sea exceso, hipérbole, agresión o melodrama (la Balada triste de... aquí ya comentada es un claro ejemplo de todo ello) se queda al margen en un panorama cultural donde la crítica se deshace en halagos ante el histrionismo camuflado de modernez y ataca con saña la palabra bien escrita, el texto bien ponderado, la oración sensata y, sobre todo, calculada.

Por eso, supongo, se ha recibido con tan poco entusiasmo crítico este último Mamet, un espectáculo cuyo título es tan sinóptico y rotundo como su propio contenido: Razas. Nada se oculta -salvo un desenlace que no pretende ser tan original como aparenta: no lo necesita- en este tablero de ajedrez -blanco, negro, negro, blanco- donde las palabras son auténticas balas que nos obligan -horror- a debatir, a dudar, a posicionarnos.

No se trata de personajes redondos en el sentido psicológico del término, tampoco lo eran los inolvidables perdedores de Glengarry Glenn Rose, sino de logrados arquetipos -¿qué son, si no, las piezas del ajedrez?-, solo que esos roles están llenos de aristas, de claroscuros, de complejidades. Ambiguos y en una posición moral tan indefinible como la que ocupamos cada uno de nosotros. Esa posición que se llama vivir y que tiene que ver con asumir miedos, prejuicios, barreras. Ese lugar del que es necesario salir para lograr que el entendimiento sea real y no una mera cortesía políticamente correcto.

Honestamente, me pregunto si quienes han dicho que Mamet "no daba en el blanco" con esta obra, son conscientes de lo difícil que resulta escribir un diálogo tan ágil, tan vivo, tan brutal. Como autor, no podía dejar de admirarme ante su talento para hallar siempre la dosis verbal justa, incluso cuando cae en el exceso, porque domina el ritmo, el tempo, la velocidad. Porque Mamet es un animal de teatro y no necesita caer en rarezas ni en filosofías pseudomodernas para demostrar nada. Porque tampoco necesita descuartizar animales en escena ni rociar sangre sobre sus actores, porque no es Rodrigo García (menos mal) ni nada que se le parezca. Porque es teatro de tesis, como su título, como casi todo en la literatura de Mamet.

Y ante un reto textual como este, nos encontramos en el Matadero con una dirección precisa, adecuada y, sobre todo, coherente. Un director que, ojalá hubiera muchos más así, no necesita imponerse al texto ni epatar a nadie, sino que lo respeta y lo presenta desde una cierta humildad, dándole aún más valor a cada línea, coreografiando de forma casi imperceptible los movimientos y logrando una puesta en escena tan dura como estética, tan brutal como elegante. Violento y matemático, igual que el ajedrez. Bravo, pues, por su labor. Y por su inteligencia.

Pero ese tablero no sería tan brillante si no tuviera un cuarteto de actores capaces de volverse peones o alfiles según el momento. Todos ejercen bien su papel -sí-, pero sería injusto no aplaudir especialmente a un Toni Cantó sorpredente y magnético, un actor que se ha hecho a sí mismo tras muchos años de gira en gira y que, lo confieso, me sorprendió. No puedo evitar admirar a la gente que, sin grandes comienzos, consigue llegar a una posición más que respetable. Es una gozada escuchar su personaje y dejarse arrastrar por él. Además, con los años está cada vez más interesante. Y más guapo.

Aparte de este pequeño guiño frívolo -uno es humano, qué quieren que les diga-, Razas es un montaje más que recomendable (aún están a tiempo), como demuestra el aplauso cerrado, firme, extenso que le dedicó el público asistente al reparto en la función a la que yo acudí. Según la crítica -mucho más interesada en cansinos espectáculos que recuerdan al teatro setentero- Mamet no dio en el blanco, pero es que aquello -como el público entendió con facilidad- no era un juego de dardos, sino una fascinante partida de ajedrez.

1 comentario:

SisterBoy dijo...

A ver si sigue en cartel la próxima vez que vaya a Madrid que nunca encuentro nada bueno para ver.

De David Mamet vi Noviembre, me gusto mucho aunque se le iba un poco la mano al final, de todos modos sigo diciendo que soy un mal espectador de teatro.