1.5.11

No tengas miedo

Hay que ser valiente -y coherente con uno mismo- para apostar por una película que se aleje, por completo, de los requisitos actuales de lo comercial. Una película que escoge un tema incómodo, que evita la catarsis facilona, que no se acerca a los caminos narrativos del melodrama para aproximar el argumento a un público mayoritario y que, además, escoge la elipsis y la introspección psicológica por encima del morbo para contar su historia.

Así de dura, de minimalista, de sincera es No tengas miedo, una de las grandes películas españolas del año, porque no se trata solo de (buen) cine comprometido (y llámenme antiguo, pero como autor y como lector y espectador reivindico -y cada vez más- la necesidad del compromiso) sino porque crea un conjunto de personajes de psicología compleja, elaborada y llena de matices. Y lo hace sin infantilizar ni subestimar al público, sin masticar todo lo que se nos quiere contar, sin ese horror vacui tan propio de la literatura y el cine actuales, donde parece que a los creadores les aterra que seamos nosotros, los receptores, quienes completemos los huecos de la trama.

Por eso, supongo, cada uno de los saltos temporales del film lo enriquece aún más, espacios en blanco que vamos construyendo a medida que se nos dan nuevas claves en una película sin trampas, sin golpes de efecto, sin apenas diálogo. Escenas y planos conmovedores por su elegancia, por el punto de vista, por la selección de la perspectiva -la de Silvia y la de su mirada, magníficamente interpretada por sus tres actrices- que nos conduce a través de la narración.

¿Escenas climáticas? Alguna podría considerarse como tal -la comida con la madre es, sin duda, difícil de olvidar: por cierto, qué gran trabajo de Belén Rueda y de Lluis Homar-, pero no se trata de buscar el momento cumbre en una cinta donde todo es igual de claustrofóbico, de oscuro, de asfixiante. La vida real no está compuesta al modo de las tópicas recetas argumentales hollywoodienses, por eso esta película tiene más de nouvelle vague bien entendida que de cinta morbosa al uso. Y podría haberlo sido, porque el tema da para ello. Porque cuenta con un reparto tan eficaz como conocido. Sí, podría haberse optado por llamar la atención de prensa y público a través de escenas obvias y de vericuetos de guión menos naturales.

Pero entonces ya no estaríamos ante la gran película que es No tengas miedo. Un título que podríamos aplicar a su creador, Armendáriz, que tampoco le ha tenido miedo a hacer una película fuera de toda moda, una película que incomoda, que plantea interrogantes, que no tiene prisa por narrarnos la vida de Silvia, que nos hace sentir parte de su camino, cargando con su secreto igual que carga con el violonchelo que la acompaña en una ciudad donde no hay lugar donde esconderse del terror, de la pesadilla de cada nueva noche, de la perversidad que encierran los cuentos infantiles cuando las sombras saltan de sus páginas e invaden todos los rincones de la habitación.

Aún impresionado por algunos planos de dura belleza -Silvia sentada tras el sofá, Silvia sentada tras los coches, Silvia esperando a que su madre vuelva del baño tras una conversación imposible, Silvia dejando un post-it en su chelo...-, pienso -egoístamente- que si tuviera que elegir un director para una hipotética adaptación cinematográfica de La edad de la ira, elegiría la sensibilidad y el compromiso de Armendáriz, porque creo que su película nace de la misma necesidad de gritar que hizo que surgiera mi novela. Una necesidad que no tiene nada que ver con lo que editoriales y productoras nos aconsejan, nos piden, nos demandan. Con lo que consideran comercial y vendible. Con lo que se demanda en estos tiempos donde parece que lo fácil y lo infalizado están en el top de lo más visto y de lo más leído.

Afortunadamente hay directores que no tienen miedo a desafiar esos preceptos y por eso, de vez en cuando, podemos asistir como espectadores a películas tan grandes -y tan importantes- como esta. Bravo por ello.