28.8.11

La piel que habito


La piel que habito es puro Almodóvar. Resulta curioso que el director se reencuentre con su esencia -pasada por el tamiz de los años y de la experiencia- a través de un material narrativo ajeno, una novela breve y perturbadora -Tarántula, de T. Jonquet- que sirve como punto de partida para una cinta que no encaja -conscientemente- en ningún género. Una película de trazado y puesta en escena casi minimalista que, sin embargo, está llena de capas y, por supuesto, pieles.

Ante todo, un consejo esencial: huyan de cualquier análisis o crítica que les destripe su argumento (aquí, se lo prometo, no lo haremos). Eviten, si pueden, los spoilers. Y déjense llevar por un guión tan arriesgado como bien orquestado. Una historia llena de saltos al vacío que, seguramente, solo se pueden salvar si se tiene el talento de Almodóvar, la luz de Alcaine, la música (magnífica, una vez más) de Alberto Iglesias y un reparto que sabe entregarse con generosidad a todos sus (complicados) personajes. Elena Anaya devora la pantalla a cada instante, Banderas se mantiene gélido, contenido y escalofriante (con un punto de esa locura suya en Átame o La ley del deseo), Paredes está espléndida (como de costumbre, con esa capacidad melodramática y excesiva tan suya que intensifica cuanto dice y siente) y, junto a ellos, dos interpretaciones jóvenes -las de Blanca Suárez y Jan Cornet- que, enfrentados a personajes límite- salen más que airosos del reto. Solo desentona -al menos, en mi caso- el Tigre (¿guiño lejano a aquel otro de Entre tinieblas?) de Roberto Álamo, quizá porque la suya es la secuencia más desmadrada -¿prescindible?- del conjunto o porque no acabo de entender la necesidad de forzar a un actor como Álamo a fingir un más que poco creíble acento brasileño.

En cualquier caso, con una materia prima más que aprovechable, Almodóvar construye un film tan extraño y anómalo -en una capa superficial- como lleno de sí mismo -debajo de la máscara de ciencia ficción y de terror que envuelve el film-, de guiños a cintas previas que -de repente- se tornan originales y autónomos. Una historia que tiene algo de la piel de Átame -y, cómo no, de su ya homenajeada El coleccionista-, de la negrura de Carne Trémula, de la fusión imposible entre el terror y el romanticismo de Hable con ella, de la locura de (la infravaloradísima aunque fallida) Kika, o del estudio de la obsesión de (mi venerada) La ley del deseo. Resulta imposible no encontrar el alma -los temas y fantasmas- del cine almodovariano en cada plano, por mucho que el tiempo haya pasado para convertir su cine impetuoso y kitsch de los ochenta en un festival esteticista y, solo en apariencia, frío y distante.

Pero esa frialdad -la de la luz, la de las pantallas voyeurs que permiten avanzar la acción, la del espacio (casi) único donde transcurre la trama (El Cigarral es, desde ya, una de las casas con nombre propio de la historia del cine), la de la estática (así lo quiso el director) e inexpresiva interpretacion de Banderas...-, todo eso no es más que el envoltorio necesario para ofrecernos -de modo que no resulte indigesto- esta fábula -atormentada- sobre el deseo y sus límites, sobre la obsesión y la memoria, sobre los frágiles límites de ciertas fronteras morales...

Y es que, en este caso, los saltos temporales del guión de Almodóvar no solo sirven para generar desconcierto y suspense (esa primera mitad de la película donde solo tenemos preguntas sobre lo que vemos), sino -sobre todo- para otorgarnos una perspectiva ética quebradiza, que se rompe y se pliega según avanza el film. De fondo, un macguffin ético (todo un clásico de la ciencia ficción) y un más que eficaz anclaje estético (con Louise Bourgoise como leit-motiv y Gaultier como ejecutor). Por debajo, en la segunda -y auténtica- piel de la historia, circulan la muerte, el olvido, el perdón o la locura. Una locura que tiene en la mirada de Jan Cornet (gran trabajo el suyo) uno de sus puntos más álgidos.

Si buscan una película racional y realista, o si quieren reencontrarse con el Almodóvar alborotado y desmadrado que, a su modo, regresó con Volver, saldrán decepcionados. Pero si son capaces de sentarse en la butaca ante La piel que habito con la misma ingenuidad que Pedro dice haber exigido a Banderas antes de trabajar de nuevo con él, entonces seguro que disfrutarán de la negrura perturbadora de la película. Una historia donde los únicos monstruos son nuestras propias pasiones. Nuestras zonas en sombra. Por eso, supongo, es un film de terror. Porque nada da más miedo como asomarse a abismos de los que preferiríamos no ser nunca conscientes.

15.8.11

Homofobia en sotana

En los dos últimos textos que he publicado -La edad de la ira y Tour de force- se aborda, desde diferentes perspectivas, el tema de la homofobia. Hay quien, en los meses de promoción de la novela, me preguntaba si ese tema seguía estando vigente aún en nuestro país, un país moderno y tolerante con una ley que nos permite casarnos a quienes formamos parte del colectivo LGTB. Y ante esa pregunta, siempre acababa reproduciendo lo que dicen algunos de los personajes -Dani, Álvaro- de mi novela: hay que diferenciar la existencia de la ley de matrimonio homosexual -progresista y valiente- de la mentalidad de un país al que todavía le sigue lastrando el fuerte peso de la rancia moral católica. Basta fijarse en los programas de más audiencia para descubrir que se mantienen vigentes algunos usos casi vetustenses, tales como denunciar infidelidades, forzar salidas del armario y, en definitiva, condenar la vida privada ajena desde una moral tan pacata, beata y retrógrada que desautoriza a cuantos participan en ellos (lástima que, por cierto, haya tantos miembros del colectivo gay en esos espacios haciendo un flaco favor a la causa de la igualdad real).

Esta semana de la JMJ -dejando a un lado el enorme gasto de dinero público que supone el evento, o la cesión de 800 centros públicos, o el uso cortijero de fachadas de edificios públicos -como la Consejería de Educación- para colgar pancartas proselitistas y confesionales, o los cortes de tráfico que nos harán vivir sitiados -literalmente- durante siete días-, tenemos -además- que soportar las declaraciones insultantes y homófobas de la Conferencia Episcopal, tímido adelanto de lo que se supone que el Papa dirá en sus futuros discursos. Tiene gracia que haya que recibir con tantos loores (¿por qué se le trata como si fuera una visita estatal si insisten en que es solo pastoral?) a quien viene dispuesto a atacarnos y agredirnos, por considerar que los avances (aún timidos) hacia un laicismo real son un ataque contra el oscurantismo que él representa.

Por supuesto, hacer cualquier crítica a la iglesia se considera, automáticamente, beligerancia y curas y obispos se amparan en la libertad de expresión para hacer declaraciones como las del portavoz de la Conferencia Episcopal Española (CEE), que califica el matrimonio homosexual de "virus", asegura que "no se puede tratar de forma igual lo desigual" e insiste en que el matrimonio homosexual "es contrario a la razón" (es curioso que se amparen en la razón quienes defienden dogmas de fe totalmente opuestos a todo criterio científico: ¿alguien me explica lo del Espíritu Santo, por cierto?).

Según la iglesia, estas declaraciones no son ni homófobas ni insultantes, tan solo expresan su punto de vista
, una opinión contraria a la ley vigente y que, por cierto, mueve al odio a sus simpatizantes. Es irónico que, debajo de ese supuesto mensaje evangélico de amor al prójimo (¿cómo era aquello de la mejilla?), escondan tanta bilis con la intención de mover a sus masas hacia la homofobia y la discriminación (¿de veras que esto tiene algo que ver con la figura de Jesús y lo que representó en su momento?).

A cambio, eso sí, los ateos no podemos expresarnos, pues automáticamente estamos siendo irreverentes e irrespetuosos, de modo que hemos de permanecer impasibles ante sus agresiones y, además, poner buena cara ante los eventos papales como si este país no fuera un Estado laico y aconfesional, como si no hubiéramos luchado por liberarnos del yugo de la retrógrada moral eclesiástica: esa que prohíbe el preservativo, esa que ampara y oculta casos gravísimos de pederastia en sus asotanadas filas, esa que sigue culpabilizando a las mujeres que deciden abortar, esa para la que los gays estamos enfermos, esa que sigue haciendo presión en las aulas a través de la materia de religión, esa que intenta controlar la enseñanza a través de la concertada, esa que se mantiene férrea en sus principios inquisitoriales y que ha perdido el rumbo en su cruzada antitodo y antitodos. Una cruzada que justifica que nos insulten y que, sin embargo, a nosotros nos impide que un artista pueda exhibir una fotografía como la que censuraron en el Festival de Mérida hace solo unas semanas. Porque decir que un gay es un enfermo es, según la iglesia, solo un ejemplo de libre expresión, pero emplear iconos e imágenes cristianas en una obra literaria o artística es un ataque furibundo contra ellos.

Afortunadamente, ya no pueden quemarnos, pero hay que admitir que la ira de las declaraciones episcopales parece esconder un nada velado deseo de recuperar las hogueras o, por qué no, los campos de concentración para reunir allí a los que él llama "desiguales" y darnos un trato, en sus mismas y fascistas palabras, "desigual", pues lo contario -la igualdad, la tolerancia, el respeto- podría poner en peligro a todos los mercaderes que Jesús en su momento echó del templo y que el Vaticano, raudo y codicioso, corrió a meter de nuevo en él.

Entretanto, los ciudadanos seguimos esperando que alguien se decida a intervenir de una vez y a tomar medidas que separen -por fin- iglesia y Estado. Alguien que deje de tener miedo de la moral de alpargata y rosario que nos rodea y que nos encamine hacia un laicismo real y auténtico, un laicismo donde cada cual pueda tener la fe que desee (no es este un post contra los cristianos -mi propia familia lo es: yo soy, en eso y en casi todo, la oveja negra, por supuesto), un laicismo donde no se imponga ningún símbolo -de la naturaleza que sea- y donde no haya injerencias de quienes atentan contra la Constitución desde sus púlpitos, disfrazando de moralidad un mensaje cargado de odio y de incomprensión.

Un mensaje que, lamentablemente, cala mucho más de lo que queremos creer -basta leer algunos de los tweets que he recibido esta mañana al respecto- y que da alas a esa homofobia latente que -perdonen la automención- critico en La edad de la ira, en Tour de force, en casi todo lo que escribo y que, en cuanto encuentra un hueco, sale a la luz. Esa homofobia tan peligrosa de quienes dicen no tener nada en contra de los gays pero ponen mala cara cuando se aborda el tema de la adopción. Esa homofobia de quienes afirman que lo respetan todo pero te miran con desconfianza cuando saben que tú, un profesor homosexual, eres el tutor de su hijo. Esa homofobia de los que dicen que no están en contra de que nos casemos, sino de que lo llamemos matrimonio, como si pudiésemos contaminar el sustantivo con tan solo tocarlo. Esa homofobia que nos quieren hacer creer que no existe y que no es peligrosa, pero que la iglesia promueve y ante la que debemos estar alerta para seguir avanzando y no dar ni un solo paso atrás.

Por eso, sin duda, estaré en la marcha laica del miércoles 17 en Madrid. Porque estoy cansado y harto de que me insulten impunemente. De que juzguen mi forma de vida. De que quieran devolvernos a la Edad Media o convertir este país en un plató gigante de Sálvame. Porque quiero un Estado laico, una escuela laica, una realidad plural y tolerante, donde cada cual se exprese como quiera sin agredir al otro disfrazando sus patadas y puñetazos bajo una sotana o detrás de un misal. Por eso iré a esa marcha. Porque el laicismo y la libertad solo pueden -y deben- conocer un camino: hacia delante.

14.8.11

El caso Farewell

Hay películas que van a contracorriente. Historias que parecen pertenecientes a otro momento en el que el cine prefería un buen guión y unos personajes creíbles a una planificación espídica llena de acciones que, de puro frenéticas, resultan inverosímiles. Una de esas (agradables) rarezas es la recién estrenada El caso Farewell, film de espías donde se consiguen tres objetivos especialmente difíciles: emocionar y mantener la tensión hasta el final, retratar con interés y de manera sucinta una época especialmente compleja y, por último, emocionarnos con la historia íntima de los personajes que protagonizan la trama. Intrahistoria, en realidad, que nos permite colarnos -como voyeurs o como espías, elijan ustedes mismos- en las vidas de los dos protagonistas: Pierre (Guillaume Canet) y Serguei Grigoriev (Emir Kusturika), ambos espléndidos en sus papeles.

Y es que El caso Farewell no es solo una de espías, sino -sobre todo- un retrato intrahistórico -en el sentido más unamuniano del término- de toda una época, de un momento de cambio esencial para entender qué paso durante la década de los 80 y cómo empezó a transformarse el mundo durante aquellos años. Comparte con otras películas recientes -como La vida de los otros o Goodbye Lenin- su capacidad para resumir muchos datos de forma casi pedagógica -pero sin resultar nunca confusa ni maniquea- y, sobre todo, coincide con ellas en su capacidad para hacernos empatizar con sus personajes, algo clave en esta cinta donde lo contrario habría dado lugar a un film mucho más frío y distante.

El guión, además, de vez en cuando nos sorprende con hallazgos que, como escritor, me parecen más que loables, aciertos como plantear el tema de la mentira y de la confianza desde dos planos aparentemente divergentes y, sin embargo, claramente implicados entre sí en la película: en la vida de pareja y en las labores de espionaje. Verdad y máscara, realidad y trampantojo, el yo y los demás. El argumento transcurre, sin subrayados, sobre binomios que se convierten en interrogantes en la cabeza del espectador al mismo tiempo que siembran dilemas en las vidas de nuestros personajes. El conflicto ético se vuelve político. El drama individual se hace colectivo. Y viceversa.

La dirección de Christian Carion, además, sabe sacar partido de las referencias y elementos culturales y, sin caer en la sensiblería, utiliza con habilidad la música en escenas como la del hijo adolescente Grigoriev cantando Queen a voz en grito o la de su padre reconciliándose con su madre gracias a un viejo disco que les transporta a un pasado perdido y que, sin embargo, sigue siendo su mejor punto de conexión.

No hay grandes giros argumentales y, los que se nos presentan, son tan eficaces como verosímiles. Evitaremos los spoilers -un film como este no los merece-, pero confieso que -soy un ingenuo, lo sé- me sorprendieron los últimos diez minutos de la cinta. Y no hay trampa alguna en ella, solo oscuridades y verdades a medias, ocultaciones privadas y colectivas, imprecisiones que, al final, acaban conformando el puzzle tanto de la intrahistoria -Pierre y su mujer, Grigoriev y su hijo: bravo por la escena desgarradora del abrazo entre ambos- como de -mayúsculas, por favor- los vericuetos de "madrastra Historia", como escribiera el gran Fernando Arrabal en su Carta de amor (como un suplicio chino).

Y mientras la trama de espías avanza y la guerra fría se complica, la película nos regala algunos guiños cinéfilos impagables (fíjense en la más que significativa escena de Liberty Valance que se recoge) y retratos más o menos verosímiles de Reagan, Kruschev o Miterrand. No es fácil evitar lo acartonado en estos casos -que no son, seguramente, lo más logrado de la cinta-, pero sí se aleja de lo esperpéntico y se les presenta, a cambio, con una cierta ironía (muy divertidas las escenas de Reagan viendo westerns clásicos) que recuerda -en cierto modo- al estilo de Frears en The Queen.

Los secundarios rodean con eficacia a la pareja protagonista -especialmente Alexandra Maria Lara e Ingeborga Kapkunaite- y, por supuesto, sería injusto no mencionar la presencia -escueta pero rotunda- de un astuto William Dafoe, cuya (casi única) escena no es solo clave en la resolución de la película -y en su interpretación-, sino que -además- es uno de los momentos más intensos desde el punto de vista dramático.

En definitiva, El caso Farewell es una cinta casi anacrónica -en el mejor de los sentidos- y, seguramente por ello, interesante y muy aconsejable. Porque de vez en cuando está bien echar la vista atrás hacia un pasado que cada vez es menos reciente y, de paso, saber que los espías también tienen vida cotidiana -con dudas, demonios, soledades- y que la heroicidad del día a día no se parece en nada al ágil e invulnerable Bourne, sino a las aristas -dolorosas y trágicas- de esta cervantina pareja -Pierre y Grigoriev- que bien merece que se acerquen, en cuanto puedan hacerlo, a una sala de cine.

13.8.11

Di Di... No, mejor no digas nada


La culpa fue mía, desde luego, pero necesitaba darle una oportunidad a Di Di Hollywood por aquellos tiempos en los que el cine de Bigas Luna al menos sí me interesaba. Gracias al pésimo guión y las inefables interpretaciones (no tengo palabras para lo que vi), conseguí aguantar hasta los títulos de crédito, de modo que puedo hacerles una breve síntesis de su intenso -e inolvidable- argumento. Por supuesto, si desean que no les arruine su (más que previsible) desarrollo, no sigan leyendo, pues esta crónica está llena de spoilers (si es que eso es posible en una película como esta).

La historia tiene como punto de partida un pub en el que Diana y su mejor amiga ponen copas. Ambas sufren muchísimo pues están obligadas a servir cócteles al ritmo de Mónica Naranjo, cuya canción "Amor y lujo" suena en todas las escenas ambientadas en ese marco. Lógicamente, esa repetición obsesiva de los gritos de la pobre Mónica, genera en ellas un transtorno depresivo que, en el caso de la amiga, se manifiesta en su relación destructiva con un tipo llamado David que la maltrata psicológica, física y hasta visualmente, obligándola a verle siempre con la misma camisa, elemento suponemos que simbólico, ya que el personaje no luce otro modelo en todo el metraje.

Diana, harta del single de la Naranjo y de la camisa de su jefe, sale del bar y le dice a su amiga "Mira, me voy a Miami a hacerme actriz". Sí, no exagero, la línea de guión es tal cual acaban de leerla (bueno, tal vez me haya olvidado alguna muletilla). Si esto fuera una parodia de aquella genial comedia llamada Hola, estás sola? (¿recuerdan cuando Candela Peña y Silke se iban a hacerse ricas?) funcionaría, pero lo triste es que aquí se lo toman en serio y pretenden que nosotros hagamos lo mismo. Bien, sigamos.

Llegamos a Miami mientras escuchamos otro sutil tema a todo volumen (la banda sonora no tiene desperdicio), en este caso, La loba, de Shakira. De este modo, el director nos insinúa -por si alguien lo dudaba- que la prota está dispuesta a lo que sea para triunfar. Tras unas cuantas secuencias que parecen un anuncio de "Viajes Halcón: véngase a Miami", la chica empieza a trabajar limpiando en un restaurante, donde hay otro jefe cabrón -más feo aún que el jefe madrileño- que tiene a su vez un sobrino que mete mano a su nueva mejor amiga y por culpa del cual las echan. Fin de la primera parte.

Pero como en todo cuento dickensiano (bueno, ojalá fuera dickensiano, lo he puesto así para aliviar el insufrible maniqueísmo de la cinta), aparece -entre planos de bragas tendidas y chicas orinando sobre revistas: todo muy poético- el príncipe azul de turno. En este caso, un ayudante de dirección que se enamora de ella al ver cómo se cae al suelo (sí, ese típico flechazo), se la lleva a los Ángeles (a ella y a su amiga, claro: ahí es nada) y -tras el nuevo momento de Viajes Halcón: ahora, LAX- decide presentársela al galán latino de turno. Por supuesto, el ayudante de dirección pasa a ser candidato instantáneo al ingenuo más ingenuo del mundo, lo que se pone toscamente de relieve con un nuevo temazo de la banda sonora: Quién es ese hombre, en referencia al galán con el que se lo hará nuestra Diana.

Este affaire -que todos preveíamos, salvo el pobre personaje del ayudante de dirección, la criatura de ficción más simple y tontorrona después de los Teletubbies- conlleva una nueva crisis y eso hace que se busque a un manager cuya caracterización supera lo esperpéntico. A su lado, aquellos gags de Martes y 13 eran ejercicios de nouvelle vague y naturalismo. El manager la obliga a prostituirse para un multimillonario muy cansino que la envuelve en celofán, le pone cinta aislante en lugares íntimos y bebe cerveza a morro en su espalda. Resulta difícil controlar la risa floja ante lo poco creíble del personaje, lo poco creíble de la interpretación de la Pataky (muy mona, sí, pero por favor, que se prepare un poco más antes de seguir dando tropiezos...) y lo poco creíble de la situación.

Un día -sí, uno en que los guionistas se han cansado ya de tanto juego erótico o que al director se le ha acabado la cinta aislante-, ella se topa con un managermucho mejor caracterizado -Peter Coyote- que le promete convertirla en una gran estrella. Y nada, dicho y hecho, en cinco minutos pasa a convertirse en Di Di (sutil metáfora ¿de Pe?) y le buscan un novio gay (sutil metáfora de ¿Tom Cruise?) del que todo el mundo sospecha que es gay, menos ella, claro. Hay rumores en la prensa, en Hollywood, en los programas de corazón, en las peluquerías de su barrio y hasta le ve saludarse afectuosamente con un tipo con un teñido imposible que, con su perrito en los brazos, entra a darle dos besos al actor en cuestión. Pero ni por esas: ella no se da cuenta porque está enamorada de él en tiempo récord.

Entretanto, vemos cómo rueda películas en una sucesión de imágenes que parecen sacadas de alguna parodia del antiguo Homo Zapping y que nos explican cómo ha llegado al estrellato. Si no quieren ver el film completo (cosa que entendería), por lo menos no se pierdan ese momentazo: son cinco minutos de carcajada a mandíbula batiente garantizados. Un día que el rodaje acaba antes de lo previsto, sin embargo, llega la tragedia otra vez a su vida: descubre al novio con el tipo rubio de las mechas en la piscina. Tanto el tinte como la postura de su novio la disgustan muchísimo (es que esas mechas son un horror) y quiere abandonar, pero no abandona porque también quiere ser una estrella. Así que, en pleno conflicto hamletiano, llama a su madre que se va con ella a mimarla.

Mientras, por cierto, la amiga madrileña sigue escuchando a Mónica Naranjo con su novio, el capullo de la única camisa, e intenta verla sin éxito. Ni siquiera cuando Di Di viene a Valencia a presentar su última película es capaz de tener un minuto a solas con su antigua mejor amiga, así que se emborracha y la atropella un coche. Di Di se entera, llora y dice que no quiere ir ahora al estreno, pero al final va y vemos una nueva metáfora sutilísima de lo sola que está cuando sale sola -curiosamente- de la proyección y camina -sola- durante los últimos minutos de película.

Toda una epopeya -agradezcan que he sido breve, podía haberles dado más detalles- que desaprovecha un tema que ha dado grandes películas a la historia del cine. Resulta difícil de creer que un director tenga tan poco que contar sobre su mundo o, cuando menos, que lo cuente de manera que resulte tan ridículo, irrisorio e inverosímil. En fin, seguiré recordando a Bigas Luna por los títulos que me hicieron interesarme por su mundo creativo y que, desde luego, no tienen nada que ver con... esto. Sea lo que sea.

2.8.11

El hombre de al lado


Hay películas incómodas. Perturbadoras. Inquietantes. Películas que nos hacen mirarnos desde ángulos demasiado próximos -y reconocibles- como para no despertar en nosotros una cierta angustia. El hombre de al lado -sorpresa argentina del año- es uno de esos títulos, un film de ritmo pausado y denso donde se diseccionan, con humor ácido y pulso firme, muchas de las contradicciones y vacíos de la vida contemporánea.

Su protagonista (Rafael Spregelburd) es un arquitecto de éxito que vive con su familia en una magnífica casa diseñada por Le Corbusier. Una construcción perfecta -evidente metáfora de su vida burguesa, de diseño y supuestamente feliz- que ve su armonía amenazada por la presencia de un nuevo vecino (Daniel Aráoz), un peculiar vendedor de coches usados empeñado en abrir una ventana frente a la casa del arquitecto para poder robar, en sus propias palabras, "unos rayos de sol".

La ventana -que nos lleva una y otra vez a Hitchcock, cómo no- se convierte no solo en el quid (literal y físico) de su disputa, sino también en perspectiva y punto de vista desde el que miraremos y seremos mirados. Observaremos la vida ajena y dejaremos -culpa de los hábiles guionistas- abiertas las grietas en la nuestra, convirtiéndonos en espectadores -tal vez, más lúcidos de lo que nos gustaría- de nuestro día a día.

La dirección de actores, impecable. La planificación, inteligente. Las imágenes, capaces de retratar con pulcra elegancia el desmoronamiento de esa vida perfecta en la casa perfecta con la familia perfecta. Un desmoronamiento sangrante y, a la vez, invisible, tanto como para que al final -en el fondo- parezca no haber pasado nada., O quizá es que, aun cuando sucede, el diseño es capaz de camuflarlo todo.

Algún momento de trazo más grueso -como la "conjura" new-age de la Blackberry o la audición de música indie-, pero siempre contrarrestados tanto por su eficacia humorística -la caricatura funciona realmente bien- como por la veracidad interpretativa de su tándem protagonista -espléndidos Rafael Spregelburd y Daniel Aráoz-, que llenan de matices y complejidad a sus personajes. Sin su aliento de autenticidad, sin su amargura, sin su vis cómica, puede que el film no funcionara con la misma eficacia, porque la estructura -y la metáfora- podría con su contenido, conduciendo la narración hacia lo grotesco y, sobre todo, hacia lo evidente.

El final -imposible no acordarse de los últimos planos de la Tristana de Buñuel, donde el teléfono jugaba un papel tan importante como lo hace en este caso- es, quizá, precipitado. Pero, precisamente por ello, cae con fuerza sobre el espectador. Como un mazazo. Un golpe que nos obliga a posicionarnos en uno de los dos lados de la ventana, preguntándonos a quién hemos estado mirando y, sobre todo, qué queremos ver (o no) al salir del cine. Porque cuando se encienda la luz puede que sigamos con esa casa -y esos muebles perfectos en armonía perfecta- en la cabeza. Incluso que nos sigamos riendo con alguno de sus gags (magnífica la discusión conyugal sobre los "piquitos", las escenas con la hija adolescente lobotomizada por su i-pod o la cena de amigos snobs y gafapastas). Pero, sobre todo, puede que sigamos con otros momentos mucho más sutiles en la cabeza, momentos hechos de silencios o de arrebatos de ansiedad que estallan sin piedad dentro de un coche donde todo, salvo las emociones del protagonista, es de luxe.

Una película valiente, conscientemente antipática y llena de huecos desde los que nos invita a jugar a ser voyeur de vidas ajenas y propias. Si les gusta el cine de verdad -el de actores entregados, el de directores con cosas que decir, el de guionistas nada complacientes-, vayan a verla. No se arrepentirán de haberlo hecho (o, mejor dicho, tal vez sí... pero, igualmente, me lo agradecerán).