15.8.11

Homofobia en sotana

En los dos últimos textos que he publicado -La edad de la ira y Tour de force- se aborda, desde diferentes perspectivas, el tema de la homofobia. Hay quien, en los meses de promoción de la novela, me preguntaba si ese tema seguía estando vigente aún en nuestro país, un país moderno y tolerante con una ley que nos permite casarnos a quienes formamos parte del colectivo LGTB. Y ante esa pregunta, siempre acababa reproduciendo lo que dicen algunos de los personajes -Dani, Álvaro- de mi novela: hay que diferenciar la existencia de la ley de matrimonio homosexual -progresista y valiente- de la mentalidad de un país al que todavía le sigue lastrando el fuerte peso de la rancia moral católica. Basta fijarse en los programas de más audiencia para descubrir que se mantienen vigentes algunos usos casi vetustenses, tales como denunciar infidelidades, forzar salidas del armario y, en definitiva, condenar la vida privada ajena desde una moral tan pacata, beata y retrógrada que desautoriza a cuantos participan en ellos (lástima que, por cierto, haya tantos miembros del colectivo gay en esos espacios haciendo un flaco favor a la causa de la igualdad real).

Esta semana de la JMJ -dejando a un lado el enorme gasto de dinero público que supone el evento, o la cesión de 800 centros públicos, o el uso cortijero de fachadas de edificios públicos -como la Consejería de Educación- para colgar pancartas proselitistas y confesionales, o los cortes de tráfico que nos harán vivir sitiados -literalmente- durante siete días-, tenemos -además- que soportar las declaraciones insultantes y homófobas de la Conferencia Episcopal, tímido adelanto de lo que se supone que el Papa dirá en sus futuros discursos. Tiene gracia que haya que recibir con tantos loores (¿por qué se le trata como si fuera una visita estatal si insisten en que es solo pastoral?) a quien viene dispuesto a atacarnos y agredirnos, por considerar que los avances (aún timidos) hacia un laicismo real son un ataque contra el oscurantismo que él representa.

Por supuesto, hacer cualquier crítica a la iglesia se considera, automáticamente, beligerancia y curas y obispos se amparan en la libertad de expresión para hacer declaraciones como las del portavoz de la Conferencia Episcopal Española (CEE), que califica el matrimonio homosexual de "virus", asegura que "no se puede tratar de forma igual lo desigual" e insiste en que el matrimonio homosexual "es contrario a la razón" (es curioso que se amparen en la razón quienes defienden dogmas de fe totalmente opuestos a todo criterio científico: ¿alguien me explica lo del Espíritu Santo, por cierto?).

Según la iglesia, estas declaraciones no son ni homófobas ni insultantes, tan solo expresan su punto de vista
, una opinión contraria a la ley vigente y que, por cierto, mueve al odio a sus simpatizantes. Es irónico que, debajo de ese supuesto mensaje evangélico de amor al prójimo (¿cómo era aquello de la mejilla?), escondan tanta bilis con la intención de mover a sus masas hacia la homofobia y la discriminación (¿de veras que esto tiene algo que ver con la figura de Jesús y lo que representó en su momento?).

A cambio, eso sí, los ateos no podemos expresarnos, pues automáticamente estamos siendo irreverentes e irrespetuosos, de modo que hemos de permanecer impasibles ante sus agresiones y, además, poner buena cara ante los eventos papales como si este país no fuera un Estado laico y aconfesional, como si no hubiéramos luchado por liberarnos del yugo de la retrógrada moral eclesiástica: esa que prohíbe el preservativo, esa que ampara y oculta casos gravísimos de pederastia en sus asotanadas filas, esa que sigue culpabilizando a las mujeres que deciden abortar, esa para la que los gays estamos enfermos, esa que sigue haciendo presión en las aulas a través de la materia de religión, esa que intenta controlar la enseñanza a través de la concertada, esa que se mantiene férrea en sus principios inquisitoriales y que ha perdido el rumbo en su cruzada antitodo y antitodos. Una cruzada que justifica que nos insulten y que, sin embargo, a nosotros nos impide que un artista pueda exhibir una fotografía como la que censuraron en el Festival de Mérida hace solo unas semanas. Porque decir que un gay es un enfermo es, según la iglesia, solo un ejemplo de libre expresión, pero emplear iconos e imágenes cristianas en una obra literaria o artística es un ataque furibundo contra ellos.

Afortunadamente, ya no pueden quemarnos, pero hay que admitir que la ira de las declaraciones episcopales parece esconder un nada velado deseo de recuperar las hogueras o, por qué no, los campos de concentración para reunir allí a los que él llama "desiguales" y darnos un trato, en sus mismas y fascistas palabras, "desigual", pues lo contario -la igualdad, la tolerancia, el respeto- podría poner en peligro a todos los mercaderes que Jesús en su momento echó del templo y que el Vaticano, raudo y codicioso, corrió a meter de nuevo en él.

Entretanto, los ciudadanos seguimos esperando que alguien se decida a intervenir de una vez y a tomar medidas que separen -por fin- iglesia y Estado. Alguien que deje de tener miedo de la moral de alpargata y rosario que nos rodea y que nos encamine hacia un laicismo real y auténtico, un laicismo donde cada cual pueda tener la fe que desee (no es este un post contra los cristianos -mi propia familia lo es: yo soy, en eso y en casi todo, la oveja negra, por supuesto), un laicismo donde no se imponga ningún símbolo -de la naturaleza que sea- y donde no haya injerencias de quienes atentan contra la Constitución desde sus púlpitos, disfrazando de moralidad un mensaje cargado de odio y de incomprensión.

Un mensaje que, lamentablemente, cala mucho más de lo que queremos creer -basta leer algunos de los tweets que he recibido esta mañana al respecto- y que da alas a esa homofobia latente que -perdonen la automención- critico en La edad de la ira, en Tour de force, en casi todo lo que escribo y que, en cuanto encuentra un hueco, sale a la luz. Esa homofobia tan peligrosa de quienes dicen no tener nada en contra de los gays pero ponen mala cara cuando se aborda el tema de la adopción. Esa homofobia de quienes afirman que lo respetan todo pero te miran con desconfianza cuando saben que tú, un profesor homosexual, eres el tutor de su hijo. Esa homofobia de los que dicen que no están en contra de que nos casemos, sino de que lo llamemos matrimonio, como si pudiésemos contaminar el sustantivo con tan solo tocarlo. Esa homofobia que nos quieren hacer creer que no existe y que no es peligrosa, pero que la iglesia promueve y ante la que debemos estar alerta para seguir avanzando y no dar ni un solo paso atrás.

Por eso, sin duda, estaré en la marcha laica del miércoles 17 en Madrid. Porque estoy cansado y harto de que me insulten impunemente. De que juzguen mi forma de vida. De que quieran devolvernos a la Edad Media o convertir este país en un plató gigante de Sálvame. Porque quiero un Estado laico, una escuela laica, una realidad plural y tolerante, donde cada cual se exprese como quiera sin agredir al otro disfrazando sus patadas y puñetazos bajo una sotana o detrás de un misal. Por eso iré a esa marcha. Porque el laicismo y la libertad solo pueden -y deben- conocer un camino: hacia delante.

1 comentario:

SisterBoy dijo...

Pasará mucho tiempo antes de que se produzca una verdadera separación de la Iglesia y el Estado, así que mientras tanto lo único que podemos hacer es separarnos nosotros de la Iglesia