11.7.12

El dos no tiene género


Tras presentar mi último texto, CUANDO FUIMOS DOS, recientemente publicado por Ñaque y con el que regresamos a Madrid este 18 de agosto, cierto crítico me acusó de que en mi obra "gays y lesbianas son iguales al resto de parejas heterosexuales, que bien se podría sustituir a Eloy y César por Pepa y Pepe y no pasaría nada ya que de lo que se está hablando es de relaciones". Esta crítica, supuestamente negativa y escrita desde la indignación de alguien que considera que existe un modelo de pareja gay y otro modelo hetero (¿tendrán copyright?), resumía perfectamente el espíritu de la función.

Y es que, en CUANDO FUIMOS DOS no se cree que haya modelo alguno. Al menos, no modelos que nos limiten en nuestra forma de vivir las emociones. En esta obra se cree que hay tantas formas de relación -de pareja, de amistad, de familia- como individuos las componemos -seamos hetero, seamos homo, seamos bi-, pues -por mucho que le pese a nuestro crítico- el amor y el sexo no admiten ni etiquetas ni guetos.

Quizá por eso, tras cada función, el aplauso del público ha sido -hasta la fecha- tan sincero. Y tan emocionante. Porque los espectadores se identifican con nuestros personajes -fantásticamente interpretados por dos grandes actores, Doriam Sojo y Felipe Andrés-, porque se ven reflejados en muchas de las situaciones que plantea esta función, porque se dejan arrastrar por la nostalgia que favorece la excelente música de Warko, o porque conectan con la sencillez de un lenguaje plenamente contemporáneo con el que solo pretendemos contar momentos y escenas de lo que puede -o podría- ser la vida de cualquier pareja.

Si a ustedes también les asaltan a veces las dudas, si la rutina ha podido llegar a ser un problema, si les ha dado vértigo la convivencia, si todavía se equivocan -o creen que se equivocarían- con ciertos amores del pasado, si no acaban de entenderse ni de entender del todo a la personan con la que comparten su vida, entonces, seguramente, les interese esta función. Porque entenderán que en ella no hay un bueno y un malo, tan solo hay dos personas que se quieren -Eloy y César, César y Eloy-, dos personas que se arriesgan, que apuestan y que, eso ya lo decidirán cuando la vean, perderán o ganarán en esa apuesta.

Pero si creen, como escribía aquel crítico, que existe un tipo de amor gay y un tipo de amor hetero incompatibles e irreconciliables, entonces seguro que esta función no les enganchará. Porque en ella no hay ni militancias ni estereotipos, tan solo se reflexiona -con humildad y, eso hemos intentado, con mucha honestidad- sobre el hecho de entregarse a ese alguien con quien nos gustaría ser dos. Un dos que, por mucho que se empeñen algunos, no tiene género.

El dos, con todo lo que implica, solo conoce un lugar y un género: el de la intimidad.

Las funciones de CUANDO FUIMOS DOS serán todos los SÁBADOS a las 22.30 h. desde el 18 de AGOSTO hasta el 6 de OCTUBRE en la SALA TRIÁNGULO (C/ Zurita 20 - Metro Lavapiés).
Las entradas se pueden conseguir con descuento en este enlace.
Además, hay un descuento especial para estudiantes y parados. Solo tienen que llamar al 915306891 para hacer la reserva. 

29.4.12

La mujer de sombra

Lo más perturbador de la última novela de Luisgé Martín -La mujer de sombra- no son sus -espléndidas- escenas eróticas. Ni su capacidad para bucear -con una sensualidad desbordante- en los lados más sórdidos de nuestra sexualidad. Ni siquiera su talento a la hora de describir ciertos rituales y perversiones que pueden despertar más de un fantasma -reprimido o no- en la mente de sus lectores.

No, lo más turbador -y lo más terrible- de esta obra -heredera, en su forma y hasta en su justa extensión, de la mejor tradición del género de la Novelle- es que nos plantea la incómoda pregunta de hasta qué punto queremos saber la verdad de la gente que forma parte de nuestra vida. Y ese interrogante, aparentemente tan cotidiano, es lo que convierte a esta novela en un texto escandaloso y provocador, un texto en el que el perverso talento de su autor nos obliga a mirarnos en el espejo de nuestros propios miedos y a preguntarnos hasta qué punto necesitamos conocer -en su integridad- el alma de la persona amada. 

La pareja, la amistad, la familia... Todos son círculos conocidos y, a su vez, llenos de sombras tan afiladas como las que envuelven a la mujer del título. Porque aunque la que aquí se narra es, sin duda, una gran historia de amor -Eusebio y Julia, Segismundo y Marcia-, las dudas que atormentan al protagonista sobre la mujer con quien comparte cama se pueden hacer extensivas a cualquiera que forme parte esencial de nuestra vida, cualquiera de esas personas a las que creemos conocer y que, sin embargo, seguramente guarden tantos secretos como los que ocultamos sobre nosotros mismos. Como los que, muy a menudo, nos ocultamos a nosotros mismos.

Y así, en la búsqueda de respuestas por parte de Eusebio -en su creciente obsesión por hallar la auténtica identidad de la mujer de quien se ha enamorado- nos veremos abocados a compartir su enfermizo recorrido por una ciudad donde tendremos que elegir entre seguir viendo lo que sus habitantes nos dejan ver u optar por colarnos en esas habitaciones cerradas a cal y canto para averiguar todo aquello que ocultan. La duda, página a página, se vuelve más incómoda. Porque nos vemos reflejados en Eusebio. Porque a ratos compartimos su fiebre -y su morbo- y, a ratos, preferiríamos ignorarlo todo, conformarnos con la verdad que ya tenemos

¿Sabríamos -querríamos- respetar una parcela secreta de la intimidad de nuestra pareja? ¿Qué estaríamos dispuestos a admitir dentro de ese rincón que no compartiremos? ¿Cabe lo normal como adjetivo en esa zona de nuestra psique? ¿De nuestras pasiones? Y es que, si el sueño de la razón produce monstruos, el sueño de la verdad no solo los produce sino que, como le sucede a Eusebio, los libera... Incluso puede que el conocimiento absoluto y la felicidad sean incompatibles. Y hasta puede que todos tengamos un Eusebio y un Segismundo, una Julia y una Marcia, un Jeckyll y un Hyde en  nuestro interior. Sí, puede que por eso esta nueva novela de Luisgé Martín sea tan recomendable -y tan apasionante-, porque nos invita a un contemporáneo y faustiano descenso a los infiernos -el amor no es mucho más que eso- en el que ser voyeurs de la verdad que escondemos al otro lado del espejo.

7.4.12

No más impunidad

Pueden obligarnos a mantenerles en nuestras aulas públicas. Pueden obligar a cancelar exposiciones que consideran "ofensivas". Pueden opinar despectivamente sobre cuanta cuestión social les venga en gana. Y, sobre todo, pueden insultar y alentar a la discriminación -homófoba y misógina- tal y como ha hecho esta misma semana el inefable obispo de Alcalá.

La impunidad de la iglesia no conoce límites mientras que el hartazgo de quienes sufrimos -una y otra vez- sus ataques ya toca techo. Tan delictivo -y execrable- me parece el imán que arenga al maltrato y la violencia de género como el sacerdote cristiano que invita a despreciar y marginar al homosexual. Tan enfermo es quien atenta contra la dignidad de la mujer como quien lo hace contra la dignidad de aquel cuya forma de amar no entiende ni comprende.

Jamás juzgaré la fe de nadie -cuestión privada en la que, como en todo lo que afecta a la esfera íntima de nuestra personalidad, no tengo cosa alguna que objetar-, pero sí me opondré siempre a la injerencia-inadmisible- de una institución tan retrógrada como la iglesia -y tan permisiva con sus propios delitos, esos a los que, lamentablemente, ni siquiera hace falta ponerles nombre- en la vida política y social.

Al menos, declaraciones tan aberrantes como las del obispo de Alcalá -retransmitidas por una televisión que pagamos todos: sí, incluso esos gays que tan enfermos y necesitados de curación andamos según este individuo- sirven para poner cada vez más de relieve la lejanía entre la iglesia -su doctrina e ideología oficial- y el pensamiento de los propios creyentes que dudo que comulguen -nunca mejor dicho- con tesis tan fascistas, violentas y alejadas del supuesto mensaje de paz y tolerancia que la iglesia debería promulgar si, en vez de tanto odio y tanta bilis, eligiera como banderas el progreso, la tolerancia y la coherencia. Nada que, en estos tiempos de benedictino oscurantismo medieval, parezca posible.

19.3.12

Los idus de marzo


Dos son los retos esenciales que supera, y con creces, el último film de Clooney como director. El primero, sortear el origen teatral de su guión -en el que radica la construcción, aguda y matemática, del thriller-, logrando quedarse con lo mejor del mismo para darle una lectura -y un punto de vista- auténticamente cinematográfico. El segundo, volver a contar una historia que ya conocemos sin que, sin embargo, perdamos jamás el interés, explicando bien las motivaciones de los personajes y evitando que el gran público se pierda por el camino en una intriga que sabe combinar el espectáculo -la elegancia formal, los giros de guión más o menos sorprendentes- con el análisis político.

Y, por supuesto, Clooney ha acertado -una vez más- en la elección del casting, dando el papel protagonista de Los idus de marzo a un inmenso Ryan Gosling -cuántos grandes papeles a sus (deseables) espaldas: Half Nelson, Drive...- y rodeándolo de un conjunto de secundarios de lujo -Philip Seymour Hoffman, Evan Rachel Wood, Marisa Tomei, Paul Giamatti, Jeffrey Wright...-, todos ellos capaces de dibujar con rotundidad -y enorme talento- sus personajes aprovechando, astuta y sagazmente, cada uno de los planos en los que aparecen.

Partida de ajedrez dialéctica y sofisticada -la puesta en escena tiene un aire deliciosamente clásico en el que la belleza formal contrasta con la miseria y la podredumbre moral de sus criaturas-, la película no cae ni en excesos de metraje ni en barrocas y herméticas controversias más o menos pedantes, sino que apuesta por un estilo mucho más ágil y directo, tan escéptico como -los tiempos mandan- también misántropo.

Lejos de los errores del último cine político de Redford -que se ha perdido por la pendiente de una rigidez formal excesiva que, esperemos, sepa romper para recuperar su firme pulso de antaño-, Clooney da la impresión de saber adaptarse a los tiempos -satisfaciendo así a un amplio espectro de espectadores- sin caer en una narración televisiva y regalándonos algún que otro -ponderable- hallazgo de puesta en escena. Aciertos como la elipsis de la conversación entre el gobernador y su presidente de campaña o algún esperado tête-à-tête que, gracias a las líneas de guión y al carisma de sus intérpretes, no decepciona, como la conversación en la cocina entre Gosling y el propio Clooney.

Una película reflexiva y, a la vez, llena de acción que concilia lo mejor del cine político americano -Pakula, Lumet o el mismo Redford- con la tradición del thriller y del género negro. Por eso, supongo, me gusta tanto el personaje de Evan Rachel Wood, porque aunque su presencia sea esencialmente funcional -y casi folletinesca, para qué negarlo-, me encanta ser testigo de cómo aprovecha cada uno de sus planos, convirtiéndose en una suerte de femme fatale nabokoviana, haciendo que salten chispas de pura química sexual entre ella y Ryan Gosling. Se agradece esa textura emocional -y sensual: de nuevo, el clasicismo formal de Clooney- en esta contundente fábula ética sobre la integridad y su -más que tangible- desintegración.

25.2.12

Cuando fuimos (mucho más que) dos


Cada novela, cada montaje teatral, cada pequeño o gran acto de creación es siempre un intenso viaje. Un recorrido en el que se suman experiencias y personas, en el que nos peleamos con nosotros mismos -y nuestros fantasmas- para poder sacar a la luz algo que sea verdad, algo que -bajo su apariencia de ficción- esté hecho con la honestidad que creo que es requisito sine qua non de todo acto artístico.

En Cuando fuimos dos ese viaje ha sido tan complejo -horas de trabajo, de esfuerzo, de lucha por conseguir condensar la vida de una pareja en ochenta minutos de función- como hermoso. Un viaje lleno de gente con un inmenso talento y que ha construido desde la aportación y la generosidad. Gente como mis dos fantásticos actores -Felipe Andrés y Doriam Sojo-, que no solo han enriquecido sus personajes -Eloy y César-, sino que los han dotado de vida propia, de una personalidad llena de guiños y matices, de giros y de vaivenes que los hace profundamente reales. Gente como Dani, mi ayudante de dirección entregado y entusiasta, tan vocacional en su trabajo como positivo y eficaz den sus resoluciones. Gente como Warko, un músico lleno de sensibilidad y magia en sus partituras, capaz de construir una banda sonora que se convirtió, desde el primer momento, en un personaje más de nuestra función. Gente como José Santiago, actor y, además, artista gráfico, que nos hizo de la cama que protagoniza la obra un cartel tan atractivo como para llenar -¡y con lista de espera!- la Sala Triángulo. Gente como Alfredo, cineasta joven que nos editó un tráiler que, de puro emocionante, nos hizo creer -si cabe- aún más en el proyecto. Gente como el fantástico personal de la Sala Triángulo -Fran, Melanie, Natalia, Pilar, José, Raúl-, con una paciencia infinita y un buen hacer excelente. Gente como quienes vinieron los dos días a acompañarnos en la Alternativa, quienes nos dieron su apoyo y su cariño -¡qué arropado me he sentido estos días!- y se sumergieron, sin prejuicios ni barreras, en la historia de César y de Eloy.

En mi caso, además, bucear en el mundo de estos dos personajes fue un proceso no demasiado fácil... Había que abrir heridas, o inventarlas, quitarle el polvo a fantasmas y monstruos supuestamente olvidados y aprovechar todo eso para llenar de verdad las frases y escenas de la obra (objetivo que, esté o no logrado, sí que me esforcé en conseguir). Construir Cuando fuimos dos -un texto que pretende ser cotidiano, sin apenas eventos climáticos, con la cercanía de lo real, de lo que todos conocemos amemos a quien amemos- no habría sido posible sin desnudarse mucho en cada minuto de la obra. Un desnudo que luego hicieron suyo los actores (¡cuánta generosidad en su trabajo!) y que, al final, ha permitido que la obra tenga vida propia, casi autónoma.

En lo que a mí respecta, esa dificultad emocional del texto -que intenté, espero que con éxito, manejar bien en los ensayos- no habría sido afrontable sin el apoyo de mi pareja, de la persona que lleva ya unos años conmigo -muchos, aunque a mí me parezcan, de puro hermosos, muy pocos...- y que tan bien sabe cuidarme y animarme cuando mi inseguridad -Eloy- ataca o cuando mi claustrofobia existencial -César- me aprieta. El viaje de esta obra no ha sido solo teatral, sino también -y sobre todo- ha sido íntimo. Viaje de pareja -qué reconfortante era y es sentirlte cerca, Juan, en cada etapa del trayecto: parafraseando a Salinas, sacas de mí mi mejor yo-, viaje de amistad -cuántas expectativas, cuánto optimismo, cuánta generosidad- y viaje teatral -experimentación, búsqueda y, a veces, hallazgos.

En cada novela, en cada estreno, siempre dejo -y pierdo- una parte de mí. Posiblemente, en los últimos años, esa parte de mí que se queda expuesta -y vulnerable- en las páginas de un libro -ya sea La edad de la ira, ya la nueva novela en que trabajo ahora- o en el escenario es cada vez mayor. Y más osada... Y, sin embargo, pese a que esa sensación me haga verme más frágil de lo que me gustaría, también me hace sentir más satisfecho y conforme con el trabajo realizado y, sobre todo, con el proceso recorrido.

Hoy sé que hay una parte de mí que se ha quedado, ya para siempre, entre la cama y las cajas de Cuando fuimos dos. En este montaje que -allá por junio- regresará a las tablas madrileñas. Pero también soy consciente de que hay otra parte de mí que se ha sumado -y construido- en esta obra. En estos meses. En este caminar junto a gente que -así lo siento- forma ya parte -luminosa y certera- de mi vida.


5.1.12

Hermano (de José Luis Serrano)

No es el amor quien muere,
somos nosotros mismos.
Luis Cernuda

Con estos versos de Cernuda arranca uno de los capítulos de Hermano, la primera -y notable- novela de José Luis Serrano, conocido en los medios culturales 2.0 como elputojacktwist. Y son, precisamente, estos versos -no en vano escogidos por su autor- los que mejor resumen la esencia de esta novela breve -o relato largo: escojan ustedes- que tan bien se ajusta a los rasgos de la Novelle alemana y francesa. Novelle en la que, como exige el género, no pasa apenas nada -en realidad, vivir es algo muy parecido...- y, sin embargo, las emociones se suceden en ella formando un tejido tan espeso que resulta imposible no identificarse con el protagonista-narrador de este libro que parece escribirse a sí mismo y que, en un acto impúdicamente cervantino, nos cuenta su propio proceso creador.

Tras unas primeras páginas algo farragosas -donde el juego de referencias y narradores puede distraer del verdadero corazón de la obra-, llegamos al comienzo del viaje que nos propone su protagonista. Y enseguida nos damos cuenta de que -afortunadamente- no estamos ante un libro de viajes convencional, ni ante una novela sentimental, ni ante una obra de memorias. Estamos ante un yo que se decide a desnudar sus emociones en un exorcismo que cualquier lector con un mínimo de experiencia emocional podrá identificar. El exorcismo que exige toda despedida, toda ruptura, todo después. La muerte del amor de la que hablaba Cernuda y que nos obliga a construirnos de nuevo cuando sabemos que el yo que antes éramos ha quedado olvidado con la persona a la que hemos amado. A la que ya no podemos seguir amando.

El viaje en Hermano no es, por tanto, un elemento documental. Ni decorativo. Ni siquiera aporta grandes giros de trama: no se trata de eso. Se trata de caminar junto al protagonista, de enamorarnos -como él- de ese chico birmano al que construye desde el recuerdo y desde la nostalgia. De adentrarnos en los recuerdos de un viaje que, a modo de magdalena proustiana -otra de las referencias que se hacen explícitas de la obra-, desatan tanto los flash-backs del narrador como las sensaciones del lector de esta novela.

Tras las páginas de Hermano se percibe a un escritor que es, además, un gran lector. Y esa voracidad le hace, en ocasiones, sumar demasiadas notas a pie de página que quizá no siempre necesita para construir el mundo en el que consigue que entremos casi desde el principio. Y lo consigue porque la calidad de su prosa ya comunica, por sí sola y con la suficiente intensidad, la lucha interna del personaje, la agonía de quien se niega a empezar a ser y tiene, para ello, que asumir y revivir lo que se ha sido. Un viaje -interior- que acompaña al trayecto -exterior- que sostiene el argumento de un texto mucho más reflexivo que narrativo.

En el conjunto, solo me disuenan los monólogos de un personaje secundario -amigo del narrador- que, si bien contribuyen a cambiar el ritmo y el tono de la novela, no llegan a aportarme demasiado y, sobre todo, me interrumpen en medio de la contemplación voyeurística -y a menudo, muy empática- de los sentimientos del protagonista. En estos capítulos -escasos, por otra parte- se construye una voz fresca, divertida y con un sentido del humor muy próximo al mundo del primer Almodóvar o a las novelas de Mendicutti, pero no es una ruptura necesaria en una novela donde la densidad lírica no solo no cansa sino que emociona.

En cualquier caso, Hermano es una novela muy recomendable para quienes preferimos la literatura como un interrogante, como un encuentro con uno mismo, como un viaje hacia recuerdos que, como el protagonista, a menudo no sabemos dónde colocar. En caso de que prefieran vampiros adolescentes o psicópatas suecos, déjenlo. En Hermano hay mucho más del aliento de Muerte en Venecia que de Millenium.