5.1.12

Hermano (de José Luis Serrano)

No es el amor quien muere,
somos nosotros mismos.
Luis Cernuda

Con estos versos de Cernuda arranca uno de los capítulos de Hermano, la primera -y notable- novela de José Luis Serrano, conocido en los medios culturales 2.0 como elputojacktwist. Y son, precisamente, estos versos -no en vano escogidos por su autor- los que mejor resumen la esencia de esta novela breve -o relato largo: escojan ustedes- que tan bien se ajusta a los rasgos de la Novelle alemana y francesa. Novelle en la que, como exige el género, no pasa apenas nada -en realidad, vivir es algo muy parecido...- y, sin embargo, las emociones se suceden en ella formando un tejido tan espeso que resulta imposible no identificarse con el protagonista-narrador de este libro que parece escribirse a sí mismo y que, en un acto impúdicamente cervantino, nos cuenta su propio proceso creador.

Tras unas primeras páginas algo farragosas -donde el juego de referencias y narradores puede distraer del verdadero corazón de la obra-, llegamos al comienzo del viaje que nos propone su protagonista. Y enseguida nos damos cuenta de que -afortunadamente- no estamos ante un libro de viajes convencional, ni ante una novela sentimental, ni ante una obra de memorias. Estamos ante un yo que se decide a desnudar sus emociones en un exorcismo que cualquier lector con un mínimo de experiencia emocional podrá identificar. El exorcismo que exige toda despedida, toda ruptura, todo después. La muerte del amor de la que hablaba Cernuda y que nos obliga a construirnos de nuevo cuando sabemos que el yo que antes éramos ha quedado olvidado con la persona a la que hemos amado. A la que ya no podemos seguir amando.

El viaje en Hermano no es, por tanto, un elemento documental. Ni decorativo. Ni siquiera aporta grandes giros de trama: no se trata de eso. Se trata de caminar junto al protagonista, de enamorarnos -como él- de ese chico birmano al que construye desde el recuerdo y desde la nostalgia. De adentrarnos en los recuerdos de un viaje que, a modo de magdalena proustiana -otra de las referencias que se hacen explícitas de la obra-, desatan tanto los flash-backs del narrador como las sensaciones del lector de esta novela.

Tras las páginas de Hermano se percibe a un escritor que es, además, un gran lector. Y esa voracidad le hace, en ocasiones, sumar demasiadas notas a pie de página que quizá no siempre necesita para construir el mundo en el que consigue que entremos casi desde el principio. Y lo consigue porque la calidad de su prosa ya comunica, por sí sola y con la suficiente intensidad, la lucha interna del personaje, la agonía de quien se niega a empezar a ser y tiene, para ello, que asumir y revivir lo que se ha sido. Un viaje -interior- que acompaña al trayecto -exterior- que sostiene el argumento de un texto mucho más reflexivo que narrativo.

En el conjunto, solo me disuenan los monólogos de un personaje secundario -amigo del narrador- que, si bien contribuyen a cambiar el ritmo y el tono de la novela, no llegan a aportarme demasiado y, sobre todo, me interrumpen en medio de la contemplación voyeurística -y a menudo, muy empática- de los sentimientos del protagonista. En estos capítulos -escasos, por otra parte- se construye una voz fresca, divertida y con un sentido del humor muy próximo al mundo del primer Almodóvar o a las novelas de Mendicutti, pero no es una ruptura necesaria en una novela donde la densidad lírica no solo no cansa sino que emociona.

En cualquier caso, Hermano es una novela muy recomendable para quienes preferimos la literatura como un interrogante, como un encuentro con uno mismo, como un viaje hacia recuerdos que, como el protagonista, a menudo no sabemos dónde colocar. En caso de que prefieran vampiros adolescentes o psicópatas suecos, déjenlo. En Hermano hay mucho más del aliento de Muerte en Venecia que de Millenium.

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