25.2.12

Cuando fuimos (mucho más que) dos


Cada novela, cada montaje teatral, cada pequeño o gran acto de creación es siempre un intenso viaje. Un recorrido en el que se suman experiencias y personas, en el que nos peleamos con nosotros mismos -y nuestros fantasmas- para poder sacar a la luz algo que sea verdad, algo que -bajo su apariencia de ficción- esté hecho con la honestidad que creo que es requisito sine qua non de todo acto artístico.

En Cuando fuimos dos ese viaje ha sido tan complejo -horas de trabajo, de esfuerzo, de lucha por conseguir condensar la vida de una pareja en ochenta minutos de función- como hermoso. Un viaje lleno de gente con un inmenso talento y que ha construido desde la aportación y la generosidad. Gente como mis dos fantásticos actores -Felipe Andrés y Doriam Sojo-, que no solo han enriquecido sus personajes -Eloy y César-, sino que los han dotado de vida propia, de una personalidad llena de guiños y matices, de giros y de vaivenes que los hace profundamente reales. Gente como Dani, mi ayudante de dirección entregado y entusiasta, tan vocacional en su trabajo como positivo y eficaz den sus resoluciones. Gente como Warko, un músico lleno de sensibilidad y magia en sus partituras, capaz de construir una banda sonora que se convirtió, desde el primer momento, en un personaje más de nuestra función. Gente como José Santiago, actor y, además, artista gráfico, que nos hizo de la cama que protagoniza la obra un cartel tan atractivo como para llenar -¡y con lista de espera!- la Sala Triángulo. Gente como Alfredo, cineasta joven que nos editó un tráiler que, de puro emocionante, nos hizo creer -si cabe- aún más en el proyecto. Gente como el fantástico personal de la Sala Triángulo -Fran, Melanie, Natalia, Pilar, José, Raúl-, con una paciencia infinita y un buen hacer excelente. Gente como quienes vinieron los dos días a acompañarnos en la Alternativa, quienes nos dieron su apoyo y su cariño -¡qué arropado me he sentido estos días!- y se sumergieron, sin prejuicios ni barreras, en la historia de César y de Eloy.

En mi caso, además, bucear en el mundo de estos dos personajes fue un proceso no demasiado fácil... Había que abrir heridas, o inventarlas, quitarle el polvo a fantasmas y monstruos supuestamente olvidados y aprovechar todo eso para llenar de verdad las frases y escenas de la obra (objetivo que, esté o no logrado, sí que me esforcé en conseguir). Construir Cuando fuimos dos -un texto que pretende ser cotidiano, sin apenas eventos climáticos, con la cercanía de lo real, de lo que todos conocemos amemos a quien amemos- no habría sido posible sin desnudarse mucho en cada minuto de la obra. Un desnudo que luego hicieron suyo los actores (¡cuánta generosidad en su trabajo!) y que, al final, ha permitido que la obra tenga vida propia, casi autónoma.

En lo que a mí respecta, esa dificultad emocional del texto -que intenté, espero que con éxito, manejar bien en los ensayos- no habría sido afrontable sin el apoyo de mi pareja, de la persona que lleva ya unos años conmigo -muchos, aunque a mí me parezcan, de puro hermosos, muy pocos...- y que tan bien sabe cuidarme y animarme cuando mi inseguridad -Eloy- ataca o cuando mi claustrofobia existencial -César- me aprieta. El viaje de esta obra no ha sido solo teatral, sino también -y sobre todo- ha sido íntimo. Viaje de pareja -qué reconfortante era y es sentirlte cerca, Juan, en cada etapa del trayecto: parafraseando a Salinas, sacas de mí mi mejor yo-, viaje de amistad -cuántas expectativas, cuánto optimismo, cuánta generosidad- y viaje teatral -experimentación, búsqueda y, a veces, hallazgos.

En cada novela, en cada estreno, siempre dejo -y pierdo- una parte de mí. Posiblemente, en los últimos años, esa parte de mí que se queda expuesta -y vulnerable- en las páginas de un libro -ya sea La edad de la ira, ya la nueva novela en que trabajo ahora- o en el escenario es cada vez mayor. Y más osada... Y, sin embargo, pese a que esa sensación me haga verme más frágil de lo que me gustaría, también me hace sentir más satisfecho y conforme con el trabajo realizado y, sobre todo, con el proceso recorrido.

Hoy sé que hay una parte de mí que se ha quedado, ya para siempre, entre la cama y las cajas de Cuando fuimos dos. En este montaje que -allá por junio- regresará a las tablas madrileñas. Pero también soy consciente de que hay otra parte de mí que se ha sumado -y construido- en esta obra. En estos meses. En este caminar junto a gente que -así lo siento- forma ya parte -luminosa y certera- de mi vida.