29.4.12

La mujer de sombra

Lo más perturbador de la última novela de Luisgé Martín -La mujer de sombra- no son sus -espléndidas- escenas eróticas. Ni su capacidad para bucear -con una sensualidad desbordante- en los lados más sórdidos de nuestra sexualidad. Ni siquiera su talento a la hora de describir ciertos rituales y perversiones que pueden despertar más de un fantasma -reprimido o no- en la mente de sus lectores.

No, lo más turbador -y lo más terrible- de esta obra -heredera, en su forma y hasta en su justa extensión, de la mejor tradición del género de la Novelle- es que nos plantea la incómoda pregunta de hasta qué punto queremos saber la verdad de la gente que forma parte de nuestra vida. Y ese interrogante, aparentemente tan cotidiano, es lo que convierte a esta novela en un texto escandaloso y provocador, un texto en el que el perverso talento de su autor nos obliga a mirarnos en el espejo de nuestros propios miedos y a preguntarnos hasta qué punto necesitamos conocer -en su integridad- el alma de la persona amada. 

La pareja, la amistad, la familia... Todos son círculos conocidos y, a su vez, llenos de sombras tan afiladas como las que envuelven a la mujer del título. Porque aunque la que aquí se narra es, sin duda, una gran historia de amor -Eusebio y Julia, Segismundo y Marcia-, las dudas que atormentan al protagonista sobre la mujer con quien comparte cama se pueden hacer extensivas a cualquiera que forme parte esencial de nuestra vida, cualquiera de esas personas a las que creemos conocer y que, sin embargo, seguramente guarden tantos secretos como los que ocultamos sobre nosotros mismos. Como los que, muy a menudo, nos ocultamos a nosotros mismos.

Y así, en la búsqueda de respuestas por parte de Eusebio -en su creciente obsesión por hallar la auténtica identidad de la mujer de quien se ha enamorado- nos veremos abocados a compartir su enfermizo recorrido por una ciudad donde tendremos que elegir entre seguir viendo lo que sus habitantes nos dejan ver u optar por colarnos en esas habitaciones cerradas a cal y canto para averiguar todo aquello que ocultan. La duda, página a página, se vuelve más incómoda. Porque nos vemos reflejados en Eusebio. Porque a ratos compartimos su fiebre -y su morbo- y, a ratos, preferiríamos ignorarlo todo, conformarnos con la verdad que ya tenemos

¿Sabríamos -querríamos- respetar una parcela secreta de la intimidad de nuestra pareja? ¿Qué estaríamos dispuestos a admitir dentro de ese rincón que no compartiremos? ¿Cabe lo normal como adjetivo en esa zona de nuestra psique? ¿De nuestras pasiones? Y es que, si el sueño de la razón produce monstruos, el sueño de la verdad no solo los produce sino que, como le sucede a Eusebio, los libera... Incluso puede que el conocimiento absoluto y la felicidad sean incompatibles. Y hasta puede que todos tengamos un Eusebio y un Segismundo, una Julia y una Marcia, un Jeckyll y un Hyde en  nuestro interior. Sí, puede que por eso esta nueva novela de Luisgé Martín sea tan recomendable -y tan apasionante-, porque nos invita a un contemporáneo y faustiano descenso a los infiernos -el amor no es mucho más que eso- en el que ser voyeurs de la verdad que escondemos al otro lado del espejo.

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